El fútbol, como deporte y ocio, ha perdido peso frente a la grande masificación que se torna sobre él. Ya no manda el aficionado, sino el capitalismo.

Esta no es una historia cualquiera, sino la pérdida de identidad de un deporte construido para la sociedad del cual, en este punto, mandan las grandes fortunas de dinero. Un cambio tan brusco en sus más de cien años de realización que se ha convertido de un ocio romántico hacía un negocio bastante rentable. Una burbuja que no tardará en explotar, con sueldos estratosféricos, publicidad masificada y un circo mediático en torno a sí mismo en los medios que se acerca más al sensacionalismo de prensa rosa que a la información pura y dura de los que amamos este deporte. Importa más perseguir a Cristiano Ronaldo detrás de su coche de gama alta que las diferentes historias que rodean el bello deporte, cuentos de superación y de valentía. Hemos perdido el romanticismo.

Un deporte creado por ingleses, culpables de esta explotación mercantil en busca de una competitividad ante otras ligas europeas, la cuna del fútbol. La atracción es clara: ofertan sueldos prohibitivos y grandes sumas de dinero para la contratación de jugadores, desde el equipo más laureado de Inglaterra hasta el mediocre de Segunda División. Algo que le ha salido un duro competidor desde el exótico oriente, con Qatar y China explotando el mercado. Con la idea de mejorar su nivel futbolístico para su público, se gastan altísimas sumas de dinero para conseguir que el mundo del fútbol mire para ese lado del mundo, donde la pasta se impone al sentimiento. Hemos perdido el romanticismo.

El fútbol ha dejado de ser un deporte para ser un negocio, y tanto los propios clubs como casas de apuestas lo saben. Mafias internacionales que se dedican a comprar resultados y jugar con la sensibilidad del aficionado por unos cuantos euros, jugadores que les importa más su cuenta corriente que el hacer bien su trabajo o entrenadores que, por presiones externas o internas, hipotecan las ilusiones de su equipo en función de cuánto van a cobrar al final de mes o en un evento concreto. Una muestra de que el dinero, y no los sentimientos, manejan el fútbol. Hemos perdido el romanticismo.

Una presión acrecentada por los medios dirigida a los más grandes, a los de las fortunas más voluminosas, empequeñeciendo al débil y rompiendo esa tradición del fútbol antiguo, donde el amor por los colores de tu equipo pasaba por generaciones familiares y no por el bombardeo constante de los medios a 2-3 equipos españoles. Ya no se ve al abuelo llevando al nieto a presenciar el partido de fútbol del equipo de su ciudad, apoyando al unísono ganen o pierdan. Ahora es el dinero quien manda. Lo dicho, hemos perdido el romanticismo.

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