Sin leer las verdaderas intenciones del director surcoreano no creo que nadie pueda afirmar con seguridad absoluta que su última película deja claro en todo momento si estamos en el mundo de la realidad mezclada con lo deseado, si el papel femenino opta por desembarazarse de su pasado para recrearse desde un hipotético cero inicial, o si, incluso, estamos ante una actriz que interpreta a dos mujeres diferentes, o que miente sobre su identidad para intentar hacer creer a los demás que nadie la conoce. Porque el cine de Sangsoo es sólo aparentemente sencillo, su estética sin aparatosidades, sus encuadres domésticos, sus periódicos «zooms» que nos acercan y nos alejan de las situaciones, sus espacios reiterados en interiores de domicilios, bares y terrazas, sus conversaciones alrededor de una mesa con comida y soju engañan nuestro ojo haciendo parecer simple aquello que no deja de traducir uno de los aspectos más complejos de nuestra vida, las relaciones humanas y su permanencia, la inestabilidad del amor y, a la par, la íntima necesidad de mantenerlo. El cine de Sangsoo suele ser circular y repetir la historia con ligeras variaciones dos, o tres, veces, para conseguir un efecto completamente distinto con pequeños cambios, pero esta vez decide describir una órbita elíptica que, cuando está a punto de regresar al punto de partida, sufre el efecto de una fuerza interna que desplaza el movimiento hasta disgregar la materia de la que se compone el relato comenzando de nuevo sin olvidar lo anterior en una única historia sin saltos atrás. La paradoja del cine de Sangsoo se ha fabricado mediante reiteraciones de un modelo en el que la película siguiente se parece a la anterior, pero nunca terminan de ser iguales, son variaciones con repetición de elementos comunes, y no por ello sus películas son repetitivas. Con «Lo tuyo y tú» se hace un amago de repetir el modelo, pero ese amago es la fuerza centrífuga del objeto fílmico para desplazarle hacia otra dimensión.

LO TUYO Y TU

Título coreano: Dangsin Jasingwa Dangsinui Geot.

Título original internacional: Yourself and Yours.

COREA DEL SUR. 2016.

Dirección: Hong Sangsoo.

Intérpretes: Kim Joohyuck, Lee Youyoung, Kwon Haehyo, Yu Junsang, Kim Euisung.

Guión: Hong Sangsoo.

Fotografía: Park Hongyeol.

Música: Dalpalan.

Montaje: Hahm Sungwon.

Producción: Jeonwonsa Film Co. Production.

Viendo las películas del director coreano (prolífico y complicado de saber cuál sea su última película y si tras lo que se anuncia como última película no habrá rodado ya otro par de ellas) se siente la comodidad del territorio conocido, de saborear una bebida agradable y placentera cuyos efectos secundarios esconden verdaderos terremotos emocionales. Es un cine donde siempre hay cuerpos que se atraen con la misma fuerza que otros se repelen, o que los mismos cuerpos pasan de atraerse a repelerse. Repensando el modelo, Sangsoo carga el peso del relato en esta ocasión sobre el personaje femenino de Minjung que es la novia de Youngsoo, con quien tras una discusión fruto de la falta de confianza, rompe y abandona la convivencia. Pese a que a partir de entonces el foco dramático parece centrarse en el cuerpo visible del pintor Youngsoo (esta vez el protagonita masculino central no es un director de cine cansado de la industria y que se dedica a la docencia o a explicar su obra), esa órbita sobre la que se mueven el resto de personajes es la del personaje femenino, ya para perseguirlo o para criticarlo, pero incluso cuando la acción está con otras personas, el fuera de campo alude siempre a Minjung y su forma de actuar, precisamente eso que la mujer trata de hacer olvidar a todos, incluído ella misma (soberbia escena en la que intuimos que ésta está en un bar bebiendo y los clientes y el dueño conversan sobre ella y su comportamiento con Youngsoo, pero no vemos nunca a la actriz).

Y ese personaje femenino huye de su pasado y de su presente, tres hombres se acercarán desde el recuerdo de un pasado más o menos íntimo, más o menos fugaz con ella; incluso el resto de personajes de relleno hablarán de ella sin dudar en un solo momento que Minjung es Minjung. Pero, ¿puede el espectador realmente asegurar lo mismo? Porque si una de las grandes virtudes de esta película merece aplauso y admiración es la capacidad de Sangsoo para crearnos desasosiego y extrañamiento mediante la duda. Cuando Minjung niega una y otra vez ser ella, inventándose otras identidades o eludiendo reconocer que conoció previamente al escritor o al director de cine que se le acercan en la noche de un bar y bajo los vapores del licor, el espectador siente el mismo desconcierto que Minjung o los otros dos hombres, incapaces de asumir que ese personaje femenino tiene derecho a cambiar de vida o a hacer la vida que ella quiera más allá de los recuerdos personales de los hombres. Es más, ese desconcierto trae la duda, ¿realmente es otra mujer o miente?, lo que recuerdo como vivido, ¿lo fue o lo he inventado como le pasa a Youngsoo cuando cree ver a la mujer correr hacia él o abrazarlo y pedirle perdón? La reivindicación de la libertad femenina de la película de Sangsoo produce, paralelamente, el retrato caricaturesco y decepcionante del género masculino, asentado en la primariedad de sus deseos y en el encasillamiento de sus clichés inamovibles, y puntuado con una impresionista y cómica banda sonora. Para Minjung reconocerse como tal es asumir también sus errores del pasado, por eso hay una decisión interna muy fuerte pero muy dificil de llevar a cabo porque no solo depende de lo que ella quiera sino de lo que los otros estén dispuestos a asumir ya que nunca pueden dejar de ver en Minjung la Minjung que ya conocen. En la afirmación no habrá promesas, no hay recuerdos, no nos conocemos, es la primera vez, Minjung busca al «nuevo príncipe»; aunque ya se conocieran antes para Minjung todo es nuevo porque ella no es la misma. Si los hombres se desesperan porque no consiguen recuperar a la Minjung conocida, la mujer sufre el efecto de no conseguir huir del pasado, ya sea porque se lo recuerdan, se lo recriminan o porque ese pasado termina alejando definitivamente de ella a los dos nuevos pretendientes que, precisamente, en el pasado, encuentran el leit-motiv necesario para poner fin a un enfrentamiento inminente.

Estamos ante un cine que refleja la insatisfacción producida por la dificultad de las relaciones de pareja, por las absurdas etiquetas que imponemos al comportamiento ajeno, por nuestra imposibilidad de disfrutar de algo parecido a la felicidad o al bienestar a golpe de rumor o de querer cambiar la forma de ser de los demás, por nuestra tendencia a romper fidelidades o aumentar los secretos. Casi todo el cine de Sangsoo deja abierta la puerta al humor y a una cierta esperanza en el futuro, la escena final de «Lo tuyo y tu» así nos invita a pensar, aunque esos esguinces emocionales a los que somos tan aficionados esperan a saltar sobre nosotros en cualquier momento. La cojera repentina que sufre el personaje masculino desconocemos dónde o cómo se produce, apenas dejamos al mismo en la cama discutiendo con la mujer, y a la mañana siguiente le vemos intentando caminar con dos muletas dirigiéndose al domicilio de Minjung; es un esguince más emocional que físico, es la constatación de la ausencia de una parte fundamental que te sostenía en pie y que, hasta que no lo recuperes, te obligará a arrastrar un peso de tu anatomía del que no eras consciente, en parte también es la carga de culpa que no quieres reconocer y que te resulta más fácil achacar a tu pareja. Youngsoo es el representante masculino del cine de Sangsoo, patético, bebedor, incapaz de asumir sus propios errores, volátil y muy poco fiel que, en esta ocasión, se enfrenta a un rival femenino dispuesto a no aceptar ese modelo sin nada a cambio. «Todos los hombres sois patéticos, pensais que somos todos diferentes pero somos todos iguales» dirá una amiga a la pareja de amigos sostenida por no se qué lazos creados por el paso del tiempo más que por la afinidad y la confianza. Que distribuidoras pequeñas españolas como Good films o La aventura, hayan empezado a traer el cine de Sangsoo a España sólo exige del espectador que se esfuerce por pagar su entrada, verlo y disfrutarlo para que la senda se mantenga por nuestro bien ante tanto subproducto de inteligencia mínima que copa nuestras pantallas. Y que llegue a Valladolid, claro.

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