Miguel, como casi todos los niños del pueblo, tenía mucha curiosidad por el fútbol, ese deporte de corta vida que en Orihuela era un acontecimiento social cada domingo de encuentro. Compaginaba su interés por el fútbol, con su devoción por la lectura y por ese don de juntar letras que mostraba desde pequeño mientras pastoreaba su ganado. A veces, tan inmerso en sus pensamientos, que las ovejas pastaban a su placer sin ser vigiladas por el bueno de Miguel. Pero, como todo muchacho, también le entusiasmaba el buen vino al calor de los amigos o participar en un guateque dominguero bailando con las jóvenes del pueblo. Miguel tenía un sueño, el ser poeta, tan vocacional que ni él mismo se daba cuenta del tiempo cada vez que tomaba un bolígrafo; para él nunca era en vano, aunque las musas no siempre visitasen a su puerta. Pero también gozaba de una ambición, o más bien hobby, que le arrancaba una sonrisa cada fin de semana.

Aficionado del Orihuela, cada domingo era uno más alentando a su equipo hacia la victoria. Si bien el fútbol profesional no existía, el amateur tenía un gen competitivo que lo convertía en todo un evento de masas. El fútbol había llegado a España; estaba de moda. Tan de moda que Miguel y su cuadrilla fundaron un equipo para disfrutar del noble deporte del balompié. Lo llamarían La Repartiora, quien sabe si por esa camaradería de sus integrantes que gustosamente repartían lo poco que podían conseguir (o hurtar bajo el escondite de la noche en las huertas del barrio), o por esa idea del bien común que merodeaba en la cabeza de nuestro protagonista y que años después le costaría su apreciada vida.

Quiso Miguel tomárselo en serio, mucho más en serio que sus pastoreos ovinos, cosa que su padre odiaba. A él no le gustaba que su hijo leyese, y mucho menos que escribiese o perdiese el tiempo detrás de un balón en pantalones cortos. Su trabajo era que las ovejas no se desperdigaran, lo mismo que la mente del poeta cuando acompañaba al venerado animal de los Hernández. Al poeta lo bautizaron como "el barbacha" por su corpulencia y su buen juego. Era buen jugador, pero algo lento y paciente, como su escritura. Obligaba a sus compañeros a hacer gimnasia para estar más fornidos y, cuando podía, llevaba leche de sus cabras porque en aquella época, la alimentación era pésima. También fue secretario del equipo e incluso compuso un himno para que sus jugadores cantasen a viva voz en el recorrido desde sus casas al estadio de Los Andenes, casa del Orihuela F.C., cada domingo de fútbol.

«Vencedora surgirá,
porque lo ha mandado el “Pá”,
la terrible y colosal Repartiora.
Por las calles marchará
y el buen vino beberá
porque siempre victoriosa surgirá.
En la tasca habrá de ver
la ilusión con que al vencer
mostrará siempre en su cara lisonjera.
Todo el mundo la verá
bulliciosa y “descará”
porque siempre surgirá.
Grande es la triunfal defensa,
el Rosendo y el Manolé,
Pepe, Paco y el Botella ,
todos formidables, saben convencer.
Ya la Repartiora
vence con gran poder,
mientras que el otro llora
por no poder vencer.
Salta ya Paná,
brilla el moscatel,
que el vinillo está
que parece miel.
Ya venció la Repartiora,
su canción cantando va.
Surge clara y triunfadora
con su voz sonora
ya casi “apagá”».

Una bella oda al fútbol amateur, de un amante de las letras y pastor que muy pronto, lento pero seguro (como su fútbol), se convirtió en uno de los mayores literatos del país hasta que la guerra se lo llevó. 75 años después de su muerte, Miguel Hernández seguirá donde esté animando a su Orihuela, compartiendo vasos de vino con sus camaradas y cantando con solera un himno que, además de poeta y pastor de ovejas, alguna vez le hizo sentir también futbolista.

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