Clasicismo, según la R.A.E. es “Tendencia o estilo artístico y literario que se caracteriza por la búsqueda de la serenidad, el equilibrio y la armonía de las formas propias de la tradición greco-romana”. Y comienzo este comentario por las ramas, un tanto cansado del uso del lugar común para definir algo, guste o no, intentando mediante una palabra, expandir su concepto tanto, como para que aquello a lo que se refiere sea inteligible para cualquiera. “Ha vuelto el clasicismo, es una película clásica, clasicismo de las mejores épocas”. Si sólo reivindicáramos el clasicismo o, “lo clásico”, la historia de la música hubiera acabado, si me apuran, con Brahms, y nos perderíamos a Mahler, a Shostakovich, a Part, a Miller, a Miles Davis….la lista sería infinita. Si en pintura reivindicáramos como valor referencial el clasicismo quizás nos ancláramos directamente en el Renacimiento. ¿Sería esto justo para el arte, los artistas y los consumidores de ese arte? Cuando en el cine se habla de clasicismo, ¿realmente queremos que vuelva el cine de John Ford, de Walsh, de Lang? Estoy convencido de que no, de hecho cualquier copia o remedo de los “clásicos” está llamada al fracaso y al olvido del público. Las películas se han hecho “clásicas” por perdurar en el tiempo y permitir su goce permanente, se vean cuando se vean, la forma no es lo que provoca el clasicismo, porque si fuera así sería muy sencillo conseguir el éxito que ahora la crítica parece conceder a Gray por reivindicar lo clásico. ¿Es el estilo de Ford el mismo del de Ozu, es Kurosawa equiparable a Tarkovski, puede compararse a Antonioni con Truffaut, Renoir y Buñuel serían Kiarostami o Losey? ¿Alguien puede negar la condición de clásicos a todos los mencionados? ¿Se parece en algo su cine salvo en su perdurabilidad? Y si confundimos lo “clásico” con lo “académico” aun la comparación sería peor, porque remitidos y constreñidos por lo académico ,jamás los genios del arte tendrían cauce de expresión ni resonancia, pues suelen ser los que rompen lo académico los que terminan perdurando. En la excepcional escena de Mr. Turner de Mike Leigh donde la “Academia” poco menos se burla del estilo del novedoso pintor, éste escupe sobre su propia obra para conseguir el toque de genialidad que le parece que falta. Con ese escupitajo, Turner lo estaba haciendo a la cara de los que se atrevían a criticarle por su “falta de academicismo”, así que no, los valores de la película de Gray no están en su clasicismo, sino precisamente en lo que se sale de la norma, más en lo que no vemos que en lo que vemos. Sus referencias a películas clásicas no le convierten ni en un clásico ni en exponente del clasicismo, el estilo de Gray no ha cambiado, incluso sus temas tampoco, pero nunca como en ésta el poder está en lo menos visible del relato.

LA CIUDAD PERDIDA DE Z.

The lost city of Z. Estados Unidos, 2016.

Dirección: James Gray. Guión: James Gray, David Grann (novela).

Fotografía: Darius Khondji.

Música: Christopher Spelman.

Duración: 141 minutos.

Productora: Keep Your Head / MICA Entertainment / MadRiver Pictures / Plan B Entertainment / Sierra / Affinity.

Montaje: John Axelrad, Lee Haugen.

Intérpretes: Charlie Hunamm, Robert Pattinson, Sienna Miller, Tom Holland, Edward Ashley, Angus Macfayden, Ian McDiarmid, Clive Francis, Pedro Coello, Matthew Sunderland, Johann Myers, Aleksandar Jovanovic, Elena Solovey, Franco Nero.

Porque si algo me parece la película del irregular, para mí, lo reconozco, director estadounidense es absolutamente anticlásica en su última media hora, en la excepcional mezcla, mental y física, que Gray crea para rodearnos de aventura, mística, realidad, deseo, hogar y pérdida en la culminación de la, hasta entonces, por momentos soberbia, por otros decadente, en ocasiones eléctrica y en otras rozando lo aburrido y también lo ridículo, historia del militar británico Percy Fawcett, quien fruto del azar pasa de vestir uniforme a vestirse de explorador al servicio de la Sociedad Geográfica Británica pero, en el fondo, al servicio de un Imperio que no busca sino extender su ámbito de influencia, ya no militarmente, sino mediante el control de las materias primas. Fawcett es el personaje ligeramente visionario que, como los “conquistadores” españoles, ve en la propuesta, una ocasión de honor y riqueza limpiando un apellido familiar que le impide progresar en la milicia. Para Fawcett, como para tantos otros, la llegada de una guerra no deja de ser sino la oportunidad de ascender, de acercarse a la cúpula militar que su apellido ha impedido. No pudiendo enarbolar la bandera de la lucha de clases, para Fawcett sólo la gesta, la hazaña, el logro individual y exclusivo podrá acercarle a conceptos como la gloria, el reconocimiento, la distinción, el poder en definitiva. No hay afán de aventura en las expediciones de Fawcett en la Amazonia, sino determinación hacia la gloria desde el convencimiento, y no desde el delirio. La belleza del paisaje, el sufrimiento de la enfermedad, el agotamiento del esfuerzo no son una droga que le obligue a embarcarse una y otra vez hacia lo desconocido, sino el deseo de perdurar en el recuerdo como alguien merecedor de honor y distinción.

Por eso el personaje de la película no es Mr. Fawcett, sino Mrs. Fawcett. Si el hombre es pragmático, expediciona por un objetivo nada oculto, para la mujer los viajes del marido son su única manera de experimentar lo que realmente desea, viajar a esos mundos inexplorados, inventarlos mediante la imaginación de quien está constreñida, por más que luche contra ello, por el convencionalismo social. En definitiva es Nina Fawcett (sorprendentemente bien interpretada por Sienna Miller) el eje vertebrador de lo que me interesa de la película. No me interesa la hazaña, no me interesa si se consigue el objetivo o si se sobrevive, no me parece importante el viaje del explorador sino el viaje mental de la esposa cada vez que el marido desaparece. Ella queda en un fuera de campo permanente, pero los ojos de Percy le permiten mirar lo que nunca va a ver como consecuencia de ese machismo evidente en el mundo de comienzos del siglo XX. Hasta un personaje retratado de manera abierta e igualitaria terminará sacando esa superioridad por razón de sexo en un momento determinado. Dos pinceladas son suficientes para retratar perfectamente el anhelo femenino, una muy mal diseñada escena en la que a la vuelta del primer viaje el militar intenta convencer a sus patrocinadores para que se embarquen en una segunda expedición permite colocar a la mujer en el papel que le estaba reservado en ese momento, otra, al final de la película, permite adivinar qué es lo que siente esa mujer que en su imaginación se pierde en medio de una selva que no deja de ser un jardín inglés urbano. Un mundo en el que a los hombres les está permitida la aventura, el reconocimiento, los vítores, y las mujeres están destinadas al hogar y la familia, un mundo que va cambiando a fuerza de mujeres como Nina, pero tan despacio que, aún hoy, siguen advirtiéndose esos desequilibrios sangrantes en los puestos directivos.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

Por eso esta película se engrandece en su última media hora, porque es cuando más presente está el personaje femenino y su realidad, porque es cuando se mezclan los pensamientos de ambos en un singular viaje hacia Sudamérica donde el travelling lateral pasa del andén de una estación al dormitorio conyugal, como escenas que se agolpan en la mente del hombre incapaz de olvidar que su destino siempre provoca insatisfacción. Poco importa si en la película se pueden obtener referencias implícitas, explícitas o casuales a El gatopardo, a Apocalipsis Now, a La legión invencible donde la cinta amarilla se sustituye por una vieja brújula, a La selva esmeralda de Boorman, a tantas historias precedentes que puedan tratar temas similares. Da lo mismo, porque ni son copias de las escenas ni pueden ser tomadas como gratuitos implantes separados del conjunto; un baile prometedor termina con un portazo que hiere orgullos y separa definitivamente las clases sociales como si Fawcett se transmutara en ese coronel Thursday de Ford que, mientras no consiga una hazaña, aunque sea lo último que se haga, no conseguirá traspasar esas barreras materiales e invisibles que le separan de lo que él cree su mundo, por eso la referencia fordiana nos resulta tan grata, o ese descenso final a un mundo de alucinógenos, noche y hogueras nos transporta a otro coronel, al Kurtz de Coppola, al periplo por el Mekong que ahora es el Amazonas; en ese tripulante negro vemos al artillero de la patrullera que transporta a otro Fawcett del cine, al capitán Willard. Incluso esa fugaz visión de unos relieves en la piedra nos acercan a los personajes clásicos del cine de aventuras, al Quatermain, al Indiana Jones, pero sin caer en el efectismo del salto al vacío, la trampa mortal y el animal imprevisto, la aventura acaba antes de lo fantástico y exagerado para volver a la civilización, una civilización que nos transporta a Lean, a Ivory, pero también a las luces de las últimas películas de Terence Davis. Son tantas y tantas las conexiones cinéfilas que esta película permite que solo pueden comprenderse olvidándose de ellas, aceptando que “The lost city of Z” es una película poderosa por sí misma y no por sus influencias, que en la grandeza de su última parte no debemos olvidar los defectos evidentes de lo anterior, sus caídas de ritmo, sus personajes secundarios tratados a brochazos con una irrupción explosiva y una desaparición tan sencilla como inexplicable, reconciliaciones producidas tan rápidamente como los conflictos que las han originado, un reparto un tanto discutible, no tanto en su protagonista, simplemente correcto, sino en su acompañante Robert Pattison, un tipo al borde de la anemia en cualquiera de sus apariciones, escenas masivas mal diseñadas que rozan el ridículo entre hombres de negro del stablishment, pero así y todo, el último recuerdo es el de la calidad del conjunto, que en sus imperfecciones consigue sobresalir, como en casi todo el cine de Gray, donde abunda la imperfección y la falta de redondez, salvo para mi gusto, en “Two lovers”, quizás la película menos Gray de todo su cine.

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