1.165.000 kilómetros después te encuentras en la casilla de salida. 53 años, viviendo con tu madre, con tres hijas independientes, algunos fracasos sentimentales a tus espaldas y una empresa de transportes que naufraga. Te enfrentas al «planning» de trabajo mensual y el esquema está lleno de casillas en blanco, y de los pocos servicios contratados, algunos se cancelan a última hora. Va siendo hora de retirarse y, al menos, dejar de sufrir las angustias de un trabajo que no llega, recoger lo poco que quede y contemplar la vida aunque sea transformando un garaje en un improvisado frontón que devuelve todo lo que lanzas, pero lo devuelve en direcciones distintas a las que tu esperas. Una vez más, aunque la prensa generalista y el público no se sienta identificado con este tipo de premios ni cine, el cine español vuelve a ser premiado en Cannes, el festival de festivales que, según quienes han asistido a sus proyecciones, vive unos años de escaso riesgo en sus propuestas y un agotado recurso al nombre consagrado por el propio festival, cuando no al cine de quincallería comercial directamente abominable. Talento hay en este país para el arte, luego la falta de conexión entre el cine español y su público más cercano no es culpa de los creadores. Como solo es rentable aquello que los demás deciden que lo sea, en España hacer cine solo es rentable en la medida que, o lo financia una televisión, que asume una campaña publicitaria gratuita para vender su producto, sea cual sea la calidad final del resultado, o directamente se ofrece al espectador mera basura consumista que atrae, de manera inexplicable, a millones de personas dispuestas a seguir siendo lobotomizados con imágenes. Luego quedan pequeñas excepciones, algún «outsider» por temporada que consigue colarse entre tanto desperdicio, pero no es lo normal.

Los desheredados.

España. 2017. 18 minutos.

Actores: Pere Ferrés, Mari Álvarez.

Productora: Valérie Delpierre, Inicia Films.

Productora ejecutiva: Valérie Delpierre.

Directora: Laura Ferrés.

Guión: Laura Ferrés.

Música original: Joe Crepúsculo.

Dirección de fotografía: Agnès Piqué.

Montaje: Diana Toucedo.

Dirección de sonido: Alejando Castillo

Este año es Laura Ferrés, el año pasado J.Giménez y Oliver Laxe; triunfar en Cannes no es nada fácil, y acudir sin apoyo institucional da mayor importancia al resultado. Son noticias que agradan a una parte del sector, que malvive en condiciones de producción inasumibles para un trabajo estable, y a una pequeña parte del público que nos reconocemos en este tipo de historias que trascienden los formatos habituales a los que el espectador se ha acostumbrado a fuerza de consumir televisión. Y algo se estará haciendo bien en Cataluña, y en concreto en la ESCAC (ojo ahora con las promociones que salen de la UPiF, que ya han dado ejemplos como «Las amigas de Agata» y «Julia ist»), y además algo se estará haciendo bien en políticas de igualdad cuando el cine femenino catalán es mucho más interesante y abundante que el masculino; Carla Simón, Carla Subirana, Mar Coll, Judith Colell, Roser Aguilar, Elena Trapé, Neus Ballús......... forman parte de ese grupo de directoras catalanas muy bien valoradas por la crítica pero que, entre una película y otra, tienen que esperar años para conseguir una financiación que les permita seguir adelante con su obra creativa. Ahora se incorpora Ferrés con una historia que tiene mucho de biográfico, no en vano el protagonista es su propio padre y, episódicamente, su abuela. Personas en una edad en la que intentar comenzar otra vez un proyecto de vida se antoja casi insuperable pero que, al menos, pueden permitirse ser dignos hasta el final.

Fotograma del corto.
Fotograma del corto.

Porque acostumbrados, como estamos, a la ignorancia y pasividad del poder, resulta mucho peor ser humillado o maltratado por tus iguales, o casi iguales. Sobreviviendo de mala manera dedicándose los fines de semana a trasladar a grupos de jóvenes que celebran despedidas de soltero, llega un momento en que el dinero que se necesita no es bastante para aguantar la mala educación, la falta de respeto, que el cliente te considere como un subordinado que no tiene derecho a opinar ni a exigir. Al personaje le queda abandonar, como último acto de protesta y dignidad, a esas personas en mitad de la nada, un castigo y una enseñanza que no reporta más que la satisfacción del desahogo, de no dejarse pisar por nadie más. Liquidar la empresa no es liquidar la vida, es afrontar un momento nuevo, aunque temible, el de los días al sol, el fumarse un cigarrillo pensando en el «¿y ahora qué?», dejar transcurrir las jornadas sin orientación a la espera de un golpe de fortuna o aceptar que tu vida laboral ha acabado y ahora empieza el tener que ocuparse de uno mismo sin excusas y sin la droga del trabajo. Pones punto y final a tu actividad al lado de un cubo de basura, metáfora de tiempos difíciles, que siempre lo fueron, para quien arriesga por si solo o para quien trabaja para otro, los relojes de tu casa y de tu oficina marcan horas diferentes, están desajustados a fuerza de tanto contratiempo, pero al final puede que ese sol que te deslumbra en las primeras horas del amanecer, cuando devuelves a la gente festiva a su casa, borrachos como cubas e insensibles a lo que les rodea, sea el mismo sol que te va a calentar y mantener alegre el resto de tu vida, aunque para eso tengas que lanzar una bola de nieve, a traición, a tu propia madre. Sencilla y cercana, la película de Ferrés habla de la situación de cientos de miles de españoles que han sido tratados como desechos por la maquinaria de los grandes números estadísticos, personas que no sólo se dedican a trabajar, sino que a su alrededor sostienen, o sostenían, familias, casas, empresas, actividades, y ahora deben contentarse con ver el amanecer sin la dictadura del despertador.

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