Ahora que las valoraciones de una gestión se ofrecen públicamente desde el gestor al ciudadano y no al revés, como si los balances se convirtieran en verdades inmutables e incontestables y siempre positivas, la cinefilia de la ciudad tiene razones más que poderosas para continuar descontenta con los poderes públicos de la ciudad. De la comunidad autónoma y su gobierno mejor no hablar, de algo que resulta inexistente en cualquier agenda cultural autonómica no se puede hacer más valoración que el cero rotundo permanente; buena muestra de ello es la filmoteca regional que languidece, si es que puede languidecer lo que lleva cadavérico desde su constitución, con una nula actividad de fomento del cine y su exhibición, ni en el territorio ni en su propia sede de Salamanca.

El modelo cultural de la ciudad ofrece una bipolaridad alarmante, mientras hay actividades que se han potenciado, como las literarias, aunque sea bajo el formato de “evento” que tanto gusta al político deseoso de que el sector de la hostelería prospere en la ciudad pero que, por lo menos, ha acercado al lector y al autor con mesas redondas o charlas alejadas de la aburrida y estéril “firma de ejemplares”, otras que se han reforzado, como el festival de Teatro de calle pero manteniendo el modelo, y alguna a la que se ha dado la vuelta completamente en gestión y concepto como es el Museo Patio Herreriano, instalación sobredimensionada por el anterior equipo de gobierno y absolutamente desaprovechada, que, por lo menos se ha abierto al público y se ha renovado con exposiciones de primer nivel, lo que tenemos que aplaudir y felicitarnos; el modelo escénico, que mantiene bastante insatisfecho al mundo teatral de la ciudad y el modelo cinematográfico siguen siendo claramente mejorables porque mantienen lo peor de la “herencia recibida” y no se perciben cambios de ningún tipo a corto plazo.

Que la gestión de la Seminci no debía gustar al actual equipo de gobierno quedó claro desde el momento en que, aunque tarde y mal, se sacó a concurso la plaza de director del festival. Que había razones y motivos, no solamente técnicos y cinematográficos para no mantener a Angulo al frente del festival es de sobra conocido, motivos incluso de índole económica que han salido publicados en medios de comunicación alternativos de la ciudad y denunciados por grupos políticos del propio equipo de gobierno, pero silenciados por los medios de comunicación más asentados en la ciudad. Convocar un concurso cuyo tribunal carece de conocimientos en la materia, salvo su afición, o no, por el cine, no deja de reflejar igualmente un error de concepto, algo así como que cualquiera sirve para valorar el trabajo cultural de un especialista. De hecho el modelo de concurso para escoger director de festival está dando momentos gloriosos a las políticas municipales en los últimos tiempos; Sevilla, Gijón y Valladolid han optado por rozar, y en ocasiones incurrir, en el ridículo a la hora de la selección. Luego no es de extrañar que el festival de turno se resienta.

Valladolid permanece anclado en un modelo absolutamente finiquitado de festival. Se ha vuelto a perder otro año y salvo las loables actividades universitarias y el germen de un cineclub privado como es el Cineclub Casablanca, la ciudad es un desierto cinematográfico. La implicación del equipo directivo de la Seminci con la ciudad es nula, ni una sola actividad de difusión del festival más allá de los 8 días de rigor en octubre, un esfuerzo más destinado al papel couché local que a crear un verdadero espíritu de cinefilia local. Ni una publicación, ni un ciclo, ni una conferencia, ni una master class, ni una exposición. Una ciudad que presume, inmerecidamente, de su amor al cine, se permite gastar un presupuesto importante, aunque algunos lo consideren insuficiente para competir, con un único objetivo, llenar una semana de agenda al año sin generar ningún tipo de raigambre; si hoy desapareciera la Seminci el cinéfilo local no podría sentir un vacío insustituible, hace más de una década que el festival dejó de descubrir o de ofrecer cine que luego no pueda verse comercialmente, su labor de riesgo cedió por la labor de promoción.

Una ciudad que quiere el cine pero que no tiene actividad pública en relación con este arte durante todo el año, una ciudad que no cuida al espectador ni trata de formarle ni acercarle a nuevas formas de lenguaje cinematográfico, una ciudad “cinéfila” sin filmoteca (la promesa electoral de Valladolid Toma la Palabra parece más que olvidada) en la que rescatar tanto al clásico como al contemporáneo que no se estrena es imposible sin apoyo institucional, una ciudad que hace siglos que no puede disfrutar de los pioneros del cine, de directores olvidados por la avalancha digital y el cine palomitero. Una ciudad que desperdicia (o desprecia) dos espacios compatibles con las nuevas formas de expresión cinematográfica como son el LAVA y el Museo de arte contemporáneo, porque parece que en esta ciudad nada que no sea traído de la mano de una distribuidora de tipo mediano o grande puede tener cabida en nuestra vida cultural. Apenas a 130 kilómetros de distancia un espacio museístico similar al potenciado Patio Herreriano, como es el MUSAC, ofrece mensualmente ese ejemplo de cine para minorías que ni en la SEMINCI encuentra su espacio, Avi Mograbí, Bruce Elder, Nele Wohlatz, Albert Serra……han pasado este año por León de la mano del Grupo de Diálogo sobre cine contemporáneo, mientras en Valladolid nadie se ha enterado ni parece que se entere.

Los niños de la ciudad se utilizan para aumentar ficticiamente estadísticas de asistencia al cine durante el festival, pero el resto del año el mismo festival que los usa, ni los cuida ni les enseña a ver cine. El panorama cinematográfico público en Valladolid es un desierto, mucha culpa la tiene quien dirige un festival que vive de espaldas a la ciudad que lo acoge y no tiene la más mínima inquietud por extender su influencia durante el resto del año, pero también quien ha decidido que siga al frente de la institución debe asumir su gran parte de culpa y que el público de siempre de la Seminci, que ahora ya es minoría, y la crítica, decida dar la espalda a un monumento paleolítico absolutamente ajeno al riesgo y a la experimentación. Gracias a la arterioesclerosis de dinosaurios a extinguir como la Seminci pueden crecer propuestas más pequeñas, mucho más humildes y honestas, pero infinitamente más atractivas, que saben lo que pretenden y apuestan por ello. Punto de Vista, Márgenes, Alcances, Documenta, D,A de Barcelona, Filmadrid son el ejemplo de festivales pequeños, selectivos, especializados, cuyos equipos directivos acceden al puesto ofreciendo con claridad cuál va a ser su intención y apuestan por ello sin perder el apoyo del público ni de las instituciones. Eso si, no hay alfombra roja, no hay fotografías con los políticos, no hay grandes galas ni embajadas invitadas, no hay salón de espejos ni catas de vinos, no hay bodegas ni pinchos, sólo hay cine, son dos modelos, uno episódico y frívolo, otro que intenta acercar el arte imposible de ver de otra manera y que el espectador reconozca que hay otros lenguajes. Valladolid ha optado, y continúa, por el mismo modelo de festival, así que el balance municipal en materia de cinematografía mantiene el suspenso como seña de identidad.

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