El Conde D. Mariano era deliciosamente capullo y se regodeaba aplastando las esperanzas y los sueños del joven y ferviente aspirante Don Predalves (Sanchez para los amigos). ¿Conocen algún tipo así? Alguien tan pagado de sí mismo por tener la genialidad y el talento de haber nacido como hijo predilecto de una buena familia de probos funcionarios que cuando balbucea se le cae –literalmente – la baba; Que da por hecho que merece ser presidente por haber ganado las oposiciones a Registrador; Que cree merecer los aplausos que le dispensan sus acólitos por cada ingenioso trabalenguas que se inventa; Que da por hecho que ganar elecciones dopadas, es un mérito; Que se cree que las mujeres de su cuadra le lisonjean muertas de gusto como el macho alfa que evidentemente nunca ha sido, no es y nunca será? Oh, Dios! ¡Y pensar que le conozco desde cuando niños jugábamos a las canicas! Cierto, ya entonces apuntaba maneras, pero - lo digo en serio - nunca pensé que podría llegar tan lejos. Nunca pensé que podría convertirse en un ser tan inconmensurablemente estúpido. Ahora, claro, en lo único que pienso es en tirarlo del caballo (al fin y al cabo, es de cartón) con un golpe a poder ser grande, ruidoso y satisfactorio. Pero si somos realistas tengo que reconocer que va a ser que no, que ni siquiera voy a tener esa oportunidad pues D. Pedralves, el ferviente aspirante, vuelve por donde solía y mentira va mentira viene, de la Moción de Censura no sabe no contesta. Estoy penando que no vamos a tener más remedio que volver a las plazas. Entre tanto, me dedico a imaginarlo. Me reconforto sadisticamente y en silencio por el hecho de que, en algún momento, es posible que esté allí para verlo. Ver como su elegante caballo da otro paso en falso y tropieza por centésima vez y entonces podré al fin ver su cara justo antes de golpearse abruptamente contra el suelo mascullando lo de “cuanto peor, mejor” etcétera, etcétera y eso, vecinos, será lo más de lo más, todo cuanto hubiera podido desear .

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