Me refiero, claro está, a Emmanuel Macron. Su doble triunfo en las presidenciales y en las legislativas francesas ha pasado, comparativamente hablando, casi desapercibido. La atención mediática ha respirado aliviada por el fracaso de la Sra. Le Pen y se ha olvidado casi del tema; es decir, lo festeja, pero no entra en detalles.

Por ejemplo: uno lee un día que el 56% de los diputados de “En Marcha” no provienen del mundo de la política. ¿De dónde provienen entonces?¿De los círculos financieros, como el propio Sr.Macron, socio de la banca Rotschild y principal negociador de la compra por Nestlé de la división de alimentos infantiles de Pfizer, por la fruslería de 8000millones de euros? ¿Son, como él, “enarcas”, nombre que en Francia designa a los titulados de la prestigiosa École Nationale de Administration y que es la habitual proveedora de altos cargos a la administración gala? ¿Hay entre los nuevos electos alguien que provenga del activismo social? No lo sé, ni he podido leer nada al respecto. Alguien habrá escrito sobre ello, supongo, pero, como casi todo lo que parece relevante sobre el Sr. Macron, no parece fácil de encontrar. No sé con qué programa electoral se presentaron, ni siquiera si se molestaron en escribir alguno, ni cómo se determinaron las candidaturas. Supongo que fueron decididas por el ya presidente, con su equipo de asesores, que tampoco sé quiénes son. Por el contrario, me he topado con el relato de la poco convencional historia de amor del Sr. Macron y su mujer no menos de una docena de veces. No digo que este tipo de aspectos humanos no sean un ingrediente importante en la construcción de ciertos personajes “carismáticos”, pero parecen poca cosa para entender el fenómeno.

Hace año y medio, Macron era un perfecto desconocido fuera de Francia. Allí se le consideraba uno de los inspiradores del giro a la derecha en la política del Sr.Hollande, anterior a la “toma del poder” en su gobierno protagonizado por ese inquietante personaje que es el Sr. Valls. De hecho, cuando nuestro protagonista abandona el gabinete, anunciando su propósito de concurrir a las elecciones presidenciales a la cabeza de su propio partido, el hecho no pareció despertar gran expectación. Se especuló con que se tratara de una maniobra del sector socioliberal del PSF, asustado por el descenso electoral de éste y disconformes con el perfil autoritario del Sr.Valls. En aquel momento, todo el mundo daba por hecho que Valls sería el candidato del partido socialista. Al final, en las primarias de su partido quedó el último. Luego, cuando se declaró dispuesto a ofrecer su experiencia política a “En Marche”, su oferta fue educadamente ignorada.

En fin, que la escena política francesa ha cambiado muchísimo. Es cierto que ésta, en Francia y en todo el mundo desarrollado, cada vez recuerda más al mundo de la farándula, en que los asesores de imagen han sido sustituidos por los diseñadores de perfiles. La pregunta es ¿aciertan siempre? Y si no lo hacen, como el ejemplo del Sr.Rivera parece probar ¿qué factores determinan su éxito o fracaso? Incluso si sus diseñados llegan, ¿de qué depende el que se consoliden o les pase como al Sr.Renzi, la “gran esperanza europea” que parece haber vuelto a la irrelevancia?

La primera pregunta es ¿Qué tienen en común estas tres figuras políticas, además de su imagen “kennedyana” (ahora habría que decir “obamiana”) y ese esfuerzo constante por transmitir dinamismo?

Además de las características de estilo, yo señalaría dos coincidencias importantes.

En el terreno del discurso político, el énfasis en la idea de las oportunidades frente a la de los derechos. ¡Que ningún talento se desperdicie! ¿Quién puede estar en contra de ello? Los eternos descontentos preguntarán luego qué va a ser de los empleados de la limpieza y de las camareras de piso, empleos que sin duda seguirán existiendo aunque ningún talento se pierda, …pero sus preguntas no las recogerán apenas los medios.

En lo que se refiere a su ubicación en la escena política, el común denominador es la autocalificación como “europeístas”, lo que les permite pasar fluidamente de declararse “socialdemócratas” a hacerlo como “liberales” sin desperfectos mayores. Su emergencia se da cuando el sistema de partidos tradicional en su país está en crisis, devaluando las etiquetas clásicas y abriendo oportunidades para nuevos actores.

Vayamos con las diferencias. El Sr.Rivera y el Sr,Renzi heredan partidos preexistentes. En el primer caso se trata de Ciutadans de Catalunya, que arrastra un historial de alianzas con la extrema derecha y cuenta entre sus impulsores a buena parte de la intelectualidad cuñada del país. En el segundo, el legado es más ilustre: el Partido Democrático es el heredero del Partido de la Izquierda, que a su vez lo era del PCI. Bien es cierto que los valores de izquierda de éste se hallan ya tan diluidos en “consenso general”, es decir en neoliberalismo europeísta, que, como a los medicamentos homeopáticos, sólo les queda la memoria de los antiguos principios. El PD ha adquirido, eso sí, buena parte de los vicios endémicos de la clase política italiana: el perpetuo fraccionamiento en grupos de intereses y la tendencia a la conspiración interna. De hecho el Sr.Renzi llega al gobierno gracias a una de ellas.

Por el contrario Macron crea un partido para su proyecto político. Para que no quepa duda le bautiza con sus propias iniciales. No creo que haya celebrado ningún congreso ni que a nadie le preocupe eso. Para encontrar ejemplos parecidos de partidos que son puro aparato logístico de un líder, en Francia tenemos que remontarnos a De Gaulle, y para hallarlos en la historia reciente de Europa referirnos a Putin y a Berlusconi.

En todos los casos el proceso ha tenido éxito si ha sabido interpretar una anxiedad profunda de buena de sus conciudadanas/os, que los partidos tradicionales no eran siquiera capaces de reflejar. De Gaulle se convierte en la figura política más importante de Francia en el siglo XX por que ofrece al país la posibilidad de pasar página del desastre colonial sin condenarle a la absoluta irrelevancia en el nuevo mundo de las dos superpotencias. Putin representa para los rusos la oportunidad menos arriesgada de vivir en un país en que los sueldos y pensiones se paguen, la moneda no se devalúe continuamente y que justifique su condición de miembro permanente del Consejo de Seguridad. El caso de Berlusconi es bien distinto y por ello su éxito más breve. En principio refleja el cansancio de un país tras los años de catarsis que habían dinamitado el sistema tradicional de partidos en Italia, y también el miedo de los sectores conservadores a que los partidos (que habían sido) de izquierda aprovechen dicho vacío para llegar al poder. Pasado ese miedo, la suerte política del Sr. Berlusconi decae y sus esfuerzos se centran en ir consiguiendo inmunidad en espera de que prescriban los múltiples delitos económicos de los que fundadamente se le acusa.

Y volviendo a nuestro protagonista ¿a qué preocupación colectiva francesa responde Macron? No tengo una respuesta concluyente, pero creo que el punto crucial es el cada vez mayor desequilibrio del eje franco-alemán en la UE. Cualquiera que se pasee por Internet, se sorprenderá de la cantidad de artículos de autores franceses sobre los desequilibrios comerciales entre su país y Alemania, sobre la caída de la competitividad de sus exportaciones o sobre los efectos distintos que tuvo para ambas economías la integración de los países de Europa oriental. De hecho, el fracaso de los propósitos de izquierda de Hollande es vivido más como un retroceso ante el poder del Bundesbank que como un triunfo del “neoliberalismo con rostro humano” que defienden los socioliberales del PSF.

¿Se consolidará en el gobierno Macron? Nadie puede asegurarlo, pero tiene desde luego la situación institucional más sólida que hubiera podido desear. Renzi, para consolidar su poder, tuvo que plantear un referendo constitucional, que perdió. Macron ha conseguido, ayudado eso sí por el sistema electoral francés, hacer de las elecciones legislativas su referendo de consolidación. Con una participación muy baja, pero con un resultado final que la da más poder que el que nadie ha tenido en Francia desde De Gaulle.

Ciertamente, una cosa es predicar (optimismo) y otra cosa es dar trigo. La política económica del presidente Macron va a ser la del ministro de Economía Macron con más poder. Que el descontento que genere fortalezca al Sr. Mélenchon o a la Sra. Le Pen es una de las claves fundamentales del futuro de la izquierda europea.

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