Qué mal sientan a la democracia las mayorías absolutas, en las que el partido mayoritario se siente como un césar: alza el dedo y decide vida, esclavitud y hasta muerte, lo que quiera que sea, para la sociedad. En cambio, qué bien les viene a los niños, especialmente a los niños malcriados, salir al patio del recreo o ir el parque, donde tienen que compartir con los demás los juguetes, pactar las reglas del juego y respetarlas. Qué bien les viene tener que compartir la bicicleta, el columpio o los juguetes; les viene bien para darse cuenta de que existen los demás; de que esos, “los demás”, son como él, personas que tienen sus mismas necesidades y unos deseos semejantes. En todo caso, qué bien le viene al niño no ser un niño egocéntrico y malcriado para darse cuenta de que el territorio no es su propiedad privada, sino el espacio que tiene que compartir con los demás. Qué bien les viene tener que hablar y pactar con esos otros las reglas del juego, y qué bien les viene que esos otros, cuando quiera cambiarlas unilateralmente, se enfrenten a él y le recuerden que las reglas del juego son las pactadas, y le exijan su cumplimiento, que no valen unas ahora y, cuando no le convienen, las contrarias. Qué bien le viene al niño toda esa compañía y compartir, para darse cuenta de que él es algo más que un mamífero que está ahí para defender su territorio y sobrevivir como sea a los demás. Con unos niños que comparten, con unos niños no mamíferos, razonables, respetuosos, dialogadores, con unos niños que se percatan de que el patio del colegio no es su territorio sino el espacio compartido; con unos niños que son capaces de mirarse a los ojos y de decidir conjuntamente lo que quieren no tendríamos ley mordaza, una reforma laboral lesiva para los trabajadores y, por consiguiente, para los ciudadanos, recortes tan drásticos en sanidad, educación y servicios sociales ni habríamos sufrido tantos reales decretos, tantas modificaciones legales que han ninguneado al parlamento y han hecho de España un país bien diferente al que soñábamos y en el que pensaron los legisladores en el momento de la transición; con unos niños así, que esperan compartir, hablar, respetarse, no tendríamos ministros ni fiscales reprobados, ni presidentes de gobierno silenciosos y dontancredistas, a la espera de declarar ante los tribunales, ni tramas eólicas, ni casos Gürtel, Lezo o Palau, ni polígonos industriales fantasmas, ni pelotazos urbanísticos, ni comisiones de investigación a puerta cerrada como sucede en las Cortes de Castilla y León y seguramente tampoco nos amenazaría el problema del independentismo, el catalán y el que se avecina en el País Vasco, que todo llegará. Ya hay por ahí señales a ese respecto.

Desde la antigua Grecia sabemos que a las personas nos constituye la palabra, que somos palabras (Emilio Lledó) y que a la democracia la constituye la palabra; sabemos, además, que las personas somos sociales por naturaleza –πολιτικόϛ, ciudadanos, decía Aristóteles-. Por eso, somos los ciudadanos quienes hablamos y pactamos, pues sólo se puede pactar hablando, compartiendo las ideas, tratando de llegar a acuerdos y llegando a ellos.

Qué mal le sientan a la democracia las mayorías absolutas; qué mal le sientan cuando el partido que la tiene, el PP en la legislatura del 2011 de infausta memoria, prorrogada por la incapacidad de algunos para pactar, se erige en el dueño del patio del recreo, y cómo esta estrategia -y las actitudes correspondientes- pone en riesgo a la propia democracia, porque considerarse dueño del patio del recreo lo pone en la tesitura de legislar por encima de los demás y hasta contra ellos, a decidir por ellos y de espaldas de ellos, abre la espita de la corrupción a la vez que inclina a las organizaciones políticas a financiarse de manera extraña o ilegal, sacando dinero de debajo de las piedras, para que fluya por las alcantarillas con el fin de que no se vea; se favorece a los amigos, se reparten prebendas y se hacen amiguetes para comprar silencios y para que todo funcione con el do ut des; ya sabes, tienes obra, concesiones, contratos públicos pero ya sabes que la balanza se tiene que contrapesar y en nuestra cartera, en la mía en particular, tiene que seguir cayendo tanto y tanto hasta llegar a ser un Bárcenas o un Pujol, aunque sean todavía presuntos, la lista es muy larga, porque la sombra de la corrupción es muy ancha y alargada, y su hedor muy profundo. En todo caso, qué mal le sienta a la democracia que se deje la política en manos de la economía y que sean los economistas o, más bien, los empresarios y los economistas conjuntamente quienes decidan por los demás, los ciudadanos -πολίτης, ciudadano-, lo que políticamente nos conviene, olvidándose de que, en definitiva, ellos están ahí para administrar los recursos económicos, no para otra cosa. En todo caso, qué mal le sienta a la democracia que las nuevas tecnologías invadan el espacio privado, el más personal; qué mal le sienta: la corrupción, la subyugación de la política a la economía, los populismos, la personificación del poder y los caudillismos, la desigualdad económica y social, la ausencia de intelectuales en la política, la pérdida de las ideologías, el acercamiento de la democracia a la anarquía o, según decía N. Bobbio, el exceso de democracia, la reducción de la democracia a su aspecto puramente formal, la militarización del poder, la presencia escasa de los ciudadanos en la vida política y la difuminación, si no el desleimiento, del propio concepto de ciudadano (Paolo Flores d’Arcais), el alejamiento del concepto de democracia liberal respecto de los valores, la extensión generalizada e incontrolada de la robotización, la desinformación y la ausencia de medios de información y comunicación libres y veraces (Amartya Sen), el alejamiento y la indiferencia de los ciudadanos respecto de los asuntos públicos (G. Sartori), el inmovilismo o el anclaje a la tradición –a la que G.K. Chesterton llamaba democracia de los muertos.

El patio del colegio, la democracia, se ve amenazado constantemente por elementos que, querámoslo o no, escapan con frecuencia al control de los ciudadanos, porque las decisiones políticas dejan el poder en manos de las empresas y de organizaciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo, de los dueños de las nuevas tecnologías, la robótica o de Silicon Valley. El patio del colegio es, para algunos, como el patio de su casa, que es particular; cuando llueve, se moja... Pero para la lluvia están los paraguas. La democracia tiene unos paraguas maravillosos: la división de poderes, el Estado de derecho, la soberanía que recae en el pueblo, entre otros. Tres pilares fundamentales. Pero el patio de la casa de la democracia no es particular y, cuando llueve y se moja, compartimos los paraguas, es decir, nos cobija el Estado de derecho, la división de poderes y la soberanía del pueblo y eso hace que el patio de la casa esté florido; que en abril se llene de lilas, que en mayo esté pletórico de rosas, que en junio las rosas y la vegetación, la pluralidad, lo llenen por completo de luz y de color. El patio de mi casa, el patio del colegio, está lleno de ciudadanos capaces de hablar; del logos que aporta no sólo la palabra física sino sobre todo racionalidad, que es lo que significa también el logos.

La democracia se encuentra amenazada por todas partes. Son los paraguas, el fuste de la democracia, y sobre todo la convicción y la fuerza con la que los ciudadanos defiendan esa idea, lo que hará que la democracia perviva y no sólo perviva tal y como está, que siempre es imperfecta, sino que mejore y se perfeccione, porque la democracia no deja de ser una idea, un proyecto; una idea que definía María Zambrano (Persona y democracia) como “[…] la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona”. Eso es la democracia, una idea y una responsabilidad compartidas, una utopía con un horizonte alcanzable, cimentada en valores universales. ¿Dónde hemos visto un patio de colegio sin alguna pelea? En la democracia que tenemos se mezcla el horizonte de los sueños con el barro de la vida y en ella hay tensiones. No hay paz ni democracia donde hay espadas en alto y discursos amenazantes, ni patrias “[…] en pie / sobre la mutilada / blancura de la nieve / […]” (J.Á. Valente). Donde hay tensiones, cabe hablar y, junto a la palabra, debe imponerse el logos: podemos hablar, mirarnos a los ojos, darnos la mano y hasta conseguir los acuerdos necesarios para que ese patio del colegio sea lo más parecido posible a un jardín con la lozanía y la fragancia de la primavera. Todo depende de los ciudadanos.

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