En una noche de verano un grupo de niños juega en la calle. Todos nos dan la espalda menos uno, cuando éste se acerca a la niña más próxima a la pantalla intenta provocar su movimiento para eliminarla del juego. La niña mira hacia el cielo oscuro y deja caer los brazos desinteresada repentinamente en lo que estaba participando, ha quedado eliminada pero su mente se encuentra mucho más lejos de ese lugar, mira hacia donde se supone que alguien puede escucharla pero nosotros todavía no lo sabemos, mira esos fuegos artificiales que iluminan la noche mientras el compañero de juegos suelta una enigmática frase que irá alcanzando todo su significado hasta el final de la película, «¿y tu porqué no lloras?». Sutil, delicada, llena de sentimiento, humanidad, humanismo, vital y al tiempo desgarradora, la primera película de la directora catalana Carla Simón revela no sólo una madurez compositiva envidiable, sino un convencimiento claro de lo que se quiere contar y cómo contarlo. Guardada como una de las perlas de la temporada, incrementado el deseo de verla tras su recopilación de premios festival tras festival por el que ha ido siendo presentada, «Estiu 1993« no se merecía un estreno tan tardío y en fechas tan alejadas de un propósito comercial como es el verano, pero al tiempo, esa coincidencia estacional entre el estreno y la época del año en que se desarrolla la película, ayuda, aún más, a que el espectador conecte con la historia de Frida, su pequeña prima Anna y el nuevo universo familiar que la rodea tras un brutal cambio de su situación personal a lo largo de ese verano donde el juego y las interminables tardes calurosas se ven zarandeadas por un terremoto interior que trastoca la vida de toda una familia.

ESTIU 1993.

España.

Dirección: Carla Simón.

Intérpretes: Laia Artigas, Paula Robles, David Verdaguer, Bruna Cusí, Fermí Reixach, Isabel Rocatti, Quimet Pla, Montse Sanz.

Productoras: Valérie Delpierre, Maria Zamora.

Productora ejecutiva: Valérie Delpierre.

Guión: Carla Simón.

Dirección de fotografía: Santiago Racaj.

Montaje: Ana Pfaff, Dídac Palou.

Dirección de cásting: Mireia Juárez.

Dirección de producción: Mireia Graell Vivancos.

Dirección de sonido: Eva Valiño

Diseño de sonido: Roger Blasco.

Sonido directo: Eva Valiño.

Dirección artística: Mónica Bernuy.

Ayudante de dirección: Nuria Herrera.

100 minutos.

Un cuidado guión en el que la palabra se vuelve secundaria y las miradas y silencios dicen mucho más que la verborrea vacía de unos adultos tan superados por la situación como la propia niña protagonista (¡qué hallazgo la presencia infantil en la pantalla!, una niña en una película española que recuerda, por su espontaneidad y la franqueza inocente de su mirada, a aquella mítica Ana Torrent de «El espíritu de la colmena»), proporciona al espectador una de las más logradas joyas del reciente cine español, del que sólo el prejuicio hacia lo catalán y el catalán puede impedir que el público de fuera de Cataluña abarrote las salas para dejarse mecer por esta historia veraniega alejada del cliché lacrimógeno, del ideario audiovisual televisivo y de la moralina de sobremesa. «Estiu 1993« es un puñetazo que hace que una mano invisible agarre tus entrañas y te sujete a la pantalla en un estado latente de tensión con la esperanza de que el paso del tiempo solucione lo que para esa niña es un trauma irreversible e inexplicable. Desde ese principio en que Frida, impotente, contempla mirando hacia atrás cómo se va alejando de su vida pasada para empezar de cero en una masía de la Girona interior, la delicadeza de la cámara evita en todo momento introducirnos en una pornografía del dolor para acompañar a una menor que pasa por todas esas etapas conocidas de negación, dolor, resignación, aceptación y catarsis; un proceso de adaptación a un nuevo entorno en el que las caídas y recaídas, el miedo y la sensación de soledad, los celos y la rabia, la maldad mal calculada, la ausencia de risa y el ensimismamiento, no sólo afectan a la personalidad de la pequeña, sino al entorno adulto que intenta recogerla y asumirla como una más de una familia que, de la noche a la mañana, pasa de tener una única hija a tener dos.

En el juego cinéfilo de las resonancias entre películas, muchas de ellas fruto de un ejercicio egocéntrico de falsa erudición cinematográfica en el que casi todos terminan cayendo, viendo «Estiu 1993« siento el latido lejano, como un eco sordo que se magnifica en la película de Simón, de otras dos maravillosas historias donde la muerte y la ausencia llegan de repente a la infancia y no son fáciles de asumir ni de interpretar. De «Nana» de Valerie Masadian a «La idea de un lago» de Milagros Mumenthaler, las raíces que las impregnan terminan aportando, o confluyendo ocasionalmente, en la confección del personaje de Frida en «Estiu 1993«, (cuentan las crónicas que inspirado en la infancia de la propia directora), tanto por tener que enfrentarse de manera prematura a la realidad de la muerte cuando aún apenas se llega a discernir su carácter definitivo e irreversible, como por tener que asumir las consecuencias de una ausencia (una escena nocturna en la que Frida termina azotando simbólicamente una imagen religiosa como respuesta a un silencio y abandono que no podía creer que iba a terminar siendo absoluto, conecta a «Estiu...» con aquella otra escena en la que la joven protagonista de «La idea......» juega en un bosque a un escondite nocturno que tiene más de ensoñación y onirismo que de verdadero juego) y alcanzar la convicción de que la sustitución ofrecida es creíble y real y no va a volver a ser abandonada ni por la aparición de una enfermedad, casualmente son tres películas realizadas y diseñadas por mujeres, probablemente sea algo más que casualidad su especial manera de relacionar sentimentalmente los espacios del dolor y la pérdida sin caer en meras historias autodestructivas que dejan a sus personajes sin salida y sin respiro.

Un momento de rodaje de la película.
Un momento de rodaje de la película.

El cuidado diseño de sonido de la película (Eva Valiño) con ese bosque silente pero lleno de ambiente que acompaña las escapadas de Frida hacia su espacio de intimidad, su necesidad de huida aún en medio de un grupo de personas subiéndose a los árboles como un lugar al que nadie más va a acceder, la fotografía exquisita de Santiago Racaj y la presencia en la producción de Valerie Delpierre y su Inicia Films, ayudan a que el guión de la propia Carla Simón, y su dirección, mantengan un elegante pulso que eleva esta historia íntima a la categoría de excelencia por la vía de la sencillez, tanto en la economía de medios como de contenido, limitándose a seguir un hilo argumental muy definido pero no por ello simple o esquemático. No puedo concluir este merecido elogio a la película sin una pequeña pero combativa referencia a alguna crítica leída en estas semanas que cargan la valoración negativa de la película en algo tan extracinematográfico como un invisible, y sólo producto de la paranoia provocada por otras situaciones que se viven en Cataluña, proindependentismo de la película. Toda crítica es subjetiva y no tiene mayor argumento de autoridad por más cine que se haya visto o más técnica audiovisual que se domine que el de cualquier espectador, pero falsear lo que se cuenta en aras de unos intereses que se antojan delirantes sólo demuestra que quien afirma tal barbaridad ha acudido al visionado de la historia lastrado por prejuicios personales de insondable naturaleza, porque si algo brilla por su ausencia en esta historia es el componente militante o de reivindicación política en una historia puramente íntima y de sentimientos. Afirmar que en la Cataluña de 1993 no era posible asistir a un monopolio linguístico como el que se disfruta en la película con el uso del catalán es, indudablemente, una afirmación gratuita por indemostrable, seguro que alguno de los lectores podría afirmar que esa realidad se vivía en su propio entorno, pero es además el ejemplo claro de no haber entendido nada de lo visto o, incluso, que no se ha visto la película entera. No entender que el ámbito en el que se mueve la historia es un ámbito de intimidad familiar de una familia catalanoparlante es de una estrechez de miras asombrosa, pero faltar a la verdad es aún mucho peor. Hay tres escenas en que se oye el castellano, en una las niñas ven dibujos animados en castellano, en otra las dos niñas cantan una canción veraniega en castellano y, por último, en la verbena previa al momento culminante de catarsis del personaje infantil, el grupo que actúa canta en castellano, esa crítica a la ausencia de un bilingüismo cae por la propia fuerza de las imágenes. Allá cada uno con sus opiniones y sus propósitos, es muy legítimo mostrar disparidad de criterios afirmando las razones por las que una película no gusta, pero inventarse argumento tan torticero para intentar desacreditar una exquisitez cinematográfica como ésta, define al personaje que lanza el infundio y cuyo nombre no voy a decir porque no merece publicidad alguna. «Estiu 1993« es una de las películas del año y no hay excusa que valga para no ir a verla, sobre todo cuando, por fin, se distribuye una película fuera de su comunidad autónoma en la lengua en la que se ha rodado, porque el catalán, como el vasco, o el gallego, son idiomas oficiales en parte de nuestro territorio y es una pérdida y un error absoluto despreciar lo que se desconoce.

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