Está llegando. Y no nos referimos al invierno precisamente. Hablamos del fenómeno televisivo que lleva desde su estreno, allá por el 2011, en primera línea de repercusión socio-mediática.

Servidora es rara avis, confieso que soy una recién llegada al universo “Juego de Tronos”. Como espectadora estoy verde, pero resulta imposible escapar a su influjo y todos estos años he asistido -desde un autoexilio elegido- a los aconteceres que rodeaban la superproducción: que si buscan extras delgados y sin tattoos en España, que si resucita “Jesús” Nieve, que si la literaria villa de Urueña podría convertirse en localización para los últimos episodios… bla bla bla.

Sin embargo ahora, a punto de finalizar mi visionado de la sexta temporada, ya casi estoy lista para poder disfrutar -como el resto de los mortales- con la séptima entrega.

Un buen amigo mío siempre dice que la humanidad se divide en dos: los que aman "Juego de Tronos" y los que no.

El caso es que mi proceso de “enganche” al serial ha sido como si de un enamoramiento al uso se tratase. Empieza una a lo tonto, sin entender mucho el objeto de admiración y pensando: ¡Vaya culebrón con estilazo que se han marcado! Confieso que necesité un “tutorial" los primeros capítulos, e incluso pedí ayuda en las redes, para comprobar que no era un asunto mío exclusivo: árboles genealógicos circulaban por doquier para que ningún televidente se perdiese.

Además del complicado entramado de casas familiares, otra cuestión que llamó mi atención fue la cantidad de mandobles por capi, y fiambres, mucho fiambre. Y uno en concreto que desconcierta súbitamente cuando ya creía “pescar” algo. ¡Era Ned Star! OH MY GOD!!!

No entender el objeto de admiración -les decía- pero comenzar a necesitar verlo cada día un ratito más, hablar cada semana un poco más sobre el temita y pronto apercibir que… ¡Una no puede vivir sin él…! Intentar poner límite a “las citas”: una, dos, tres entregas diarias en vena… ¡Esto no puede continuar así!... Perder el apetito y ganar en necesidad… ¡Un enamoramiento en toda regla ya digo!.

En uno de los últimos episodios escuché a la Reina Margaery reconocer que había perdido mucho tiempo en parecer buena cuando realmente no lo era. Me sentí identificada. ¡Todos somos Margaery! Aunque pretendamos alcanzar la santidad, nos quedamos en aprendices, por eso quizá nos mantengamos ojipláticos ante la pantalla.

Esta serie nos retrata. Todos somos la reina consorte, aunque quisiéramos ser Jon Nieve o soñásemos con encarnar en una iluminada, cañera y buenorra “Madre de dragones”, en esta vida nos ha tocado representar a los progenitores de un par de mocosos al borde de la adolescencia en plena guerra civil por el mando a distancia (¡Uff, menos mal que ellos también se han enganchado…! ¡Cómo no!)

La cuestión es que todos podemos ser -llegado el caso- un monarca borrachín aficionado a la caza mayor y “menor”, una princesita de melena bermellona que descubre -a base de palos- que es mejor estar sin príncipe que mal acompañada, un ambicioso arribista proxeneta y pendenciero, una aprendiz de sabiduría místico-marcial con tintes muy bélicos, una guapérrima prostituta de indescriptible y encantador acento finolis, una fiel escudera con más testosterona y hombría que muchos hombres, una temeraria y cruel leona real en defensa de sus cachorros, el freaky de la clase que se recicla en el prefe de la líder….. un suma y sigue de roles a cual más interesante.

Esta serie es un icono perfecto para la era de la globalización, porque “le toca” a todo el mundo, gracias a esa pluralidad de caracteres tan magistralmente dibujada por los guionistas, provoca que cada uno encuentre su referente. Habita en ella una máscara perfecta para cada personalidad.

Para mayor gloria, los personajes no son lineales, poseen un gran arco que se diría en argot interpretativo. Esto es lo que más nos encandila, porque la vida es así. Uno inicia siendo un bastardillo repudiado y, con perseverancia y mucho brillo personal, puede rebautizarse en el pilar fundamental de "LA FAMILIA".

Y luego está la cuestión de vivir el momento. Ellos lo hacen. Demasiadas espadas surcando el aire de los 7 reinos como para no… ¡Son una magistral lección de Carpe Diem!

¡¿Y qué me dicen de ese pedazo mantra?!: “Lo que está muerto no puede morir”. ¡¡¡Guau!!! Nos sentimos más vivos que nunca, empatizando con el precipicio constante vivido por cada uno de los protas.

¿Y la llegada del crudo invierno como metáfora? Simple pero muy efectiva... ¡Sí Señor!

El caso es que sea como fuere, tengo un mono terrible y no se llama Amedio. ¡Espero como agua en mayo este 17 de julio!

¿Saben que tengo una primita que se llama Arya? ¡Marcando nuevas generaciones y todo! ¡Yeah! ¡Menos mal que mi hijo ya está bautizado!

Calla, que aún estoy a tiempo de hacerme un tatoo... ¡Invernalia forever! O no… mejor aún: “Amor de Madre… de dragones”. ¡Por supuesto!

Estimados lectores: me declaro tronista y no de las de Telecinco precisamente.

7 reinos, 7 razones.

7 notas, 7 colores…

¡Sólo faltan 7 días!

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios