El futuro es como una bomba de relojería que hace tic-tac en el presente [1] esto, aunque pudiera parecer lo contrario, no se refleja en los rebeldes de variado pelaje que pululan por entre los pudrideros políticos y congresos varios. Sus discursos, no hay más que oírlos, se realizan siempre en abstracto, robando a las novelas románticas los recursos que prometen siempre un final feliz para los desconsolados. Las declaraciones (cada vez más previsibles) que inventan después para el puto pueblo las construyen siguiendo al pie de la letra los patrones desarrollados por la literatura barata y de masas. Es decir, primero plantean un problema (banderas, pancartas, consultas) y después, acusan a ciertos grupos o individuos de culpables y antidemocráticos para, seguidamente, proponer supuestas soluciones desapegadas siempre de la realidad. Su discurso concluye casi siempre de forma tramposa eludiendo la inoperancia de quien lo suscribe y cargando las tintas sobre un tercero mientras plantea un objetivo tan “radical” como inalcanzable que convierte – convierte por arte de magia a estos rebeldes - en los más irreductibles y los coloca siempre en otro lugar por más que sinceramente yo sospecho que no están en ninguno.

Los hay también de otra clase. Rebeldes que rechazan cualquier iniciativa o intento de trabajar sobre el terreno porque la protesta al uso ya no les interesa. Pero tampoco les interesa otro tipo de protesta que no sea la de escribir panfletos sobre cualquier tema que se tercie. Por encima del bien y del mal su ubicación estratosférica es tan solo una coartada de su propia inoperancia. Creyendo situarse en las primeras filas de una contestación que dicen anhelar se asientan en realidad en la más recalcitrante retaguardia y solo producen textos militantes que bien podrían estar escritos por algún consumado idiota. Luegopasan sus textos a internet, último y definitivo foro para voyeurs, snobs y lameculos con el fin eso si, de evitar heroicidades anónimas que ni gozan de ningún rédito ni les lleva a ninguna parte, antes de volver a empezar.

Comprender algo – dice Susan Sontang – es comprender su topografía, saber cómo trazar su mapa. Y saber cómo perderse.

Sí, pero una vez comprendida esa topografía ¿Qué se hace? ¿Qué puede hacer una si el único mapa que te ves incapaz de trazar es el tuyo propio? ¿Quién va a encontrar la forma de perderse cuando casi siempre se anda perdida? La respuesta, como no, mañana.

[1] Stephen Spender: The year of the Young Rebels, 1969

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