Por culto a la personalidad se entiende la exaltación del líder revolucionario hasta los extremos de considerarlo la única fuente de verdad del acontecimiento revolucionario. La expresión cobró notoriedad durante el célebre vigésimo congreso del partido comunista soviético, celebrado en Febrero de 1956, que supuso el primer reconocimiento, por parte el PCUS, de los graves crímenes y desviaciones ideológicas del marxismo acaecidas durante la dictadura estalinista. El propio Marx, quizás consciente del componente escatalógico de la doctrina marxista, ya se refirió en una carta al camarada Wilhem Blos a los riesgos inherentes a la absolutización de las opiniones y deseos de los líderes revolucionarios que podían ocultar la perversión del líder de convertirse en un líder-autócratico con la excusa de preservar la “verdad” de todo proceso revolucionario. Decía Raymond Aron que lo que más detestaba Marx era el servilismo. No es casual que eligiera a Prometeo como figura mítica de lo que debe ser un revolucionario. Alguien que osa robar a los dioses el fuego para entregárselo a los oprimidos y explotados, con el fin de iluminar sus conciencias

Durante el estalinismo, como consecuencia del culto a Josef Stalin, se hicieron pasar por marxistas las filias y las fobias del personaje, así como su patológica paranoia personal que le llevó a perseguir implacablemente a todos aquellos que él considerase podían hacerle sombra en la dirección del partido comunista. Entre 1936 y 1938 se celebraron las grandes purgas, donde se hicieron simulacros de procesos judiciales de toda una pléyade de antiguos camaradas de Stalin, ahora bautizados como miembros del centro terrorista y sionista Trosky-Zinoviev. Acabada la II guerra mundial las conocidas purgas del estalinismo se trasladaron a muchos de los países satélite del nuevo imperialismo soviético, donde las desviaciones “troskistas, tioistas y sionistas” fueron severamente castigadas en nuevos ejercicios paródicos de justicia “popular” donde la delación, la tortura y la auto-inculpación fueron sus señas de identidad. Se han intentado presentar diversas explicaciones de la patología política que supuso el estalinismo.

Junto a cierto revisionismo histórico (Losurdo, Zizek,...) que tiende a “contextualizar” el horror estalinista, hoy en día hay un cierto revival del sovietismo estalinista en la autoritaria y homófoba Rusia de Putin, que tiende a engrandecer el imperialismo estalinista y la lucha patriótica por la liberación nacional frente a los nazis. No se trata de un fenómeno nuevo, ya en los años 60's y 70's el marxismo ortodoxo se dividió en dos bandos. Por un lado aquellos que denunciaban el revisionismo de Jruchev-Breznev (Hoxa, Mao, Althusser) defendiendo el estalinismo y por otro los que lo condenaban sin ambages (Tito, Marcuse, Garaudy). Afortunadamente esta visión monolítica y personalista del marxismo leninismo, que lleva a la instauración de verdaderas monarquías “rojas”, ha sido muy minoritaria, aunque eso sí, muy sangrienta y tiránica (Camboya, Corea del Norte..).

Aún cuando el estalinismo es un capítulo felizmente olvidado en la historia de las ideas políticas, ciertos tics autoritarios y cierta condescendencia (cuando no pura y simple pelotería) sigue subsistiendo en muchas organizaciones de izquierdas, donde la afinidad personal, la cercanía con el líder político de turno o la simple voluntad caprichosa del dirigente sigue pesando mucho más que la voluntad de la militancia expresada en las urnas. Afortunadamente ya no hay “campos de reeducación”, ni “destierros voluntarios” en las organizaciones de izquierdas, no obstante la practica de la “delación” del compañero, hacer la “pelota” al líder o la práctica “laica” de la “corrección fraternal” del militante siguen llevándose a cabo con bastante más frecuencia de la deseada. La discrepancia, el debate y la confrontación pública de pareceres son todavía vistos mas como ejemplos de deslealtad al partido, que como expresión sana de pluralismo de corrientes en las organizaciones. Resulta curioso, cuando no paradójico, que los mismos partidos que buscan regenerar la pluralidad y la democracia participativa, sean los primeros en ahogar la disidencia y el pluralismo en el seno de sus propias organizaciones. Más desleal que la crítica ideológica es el seguidismo complaciente del que busca situarse en la órbita del líder político, con el único fin de medrar. Al “cortesano” de la política lo delata su falta de originalidad (repite gestos, frases y poses) y su celo inquisitorial hacia los que considera que pueden amenazar su privilegiada posición frente a los ojos del “líder”. El partido, fiel a los dictados del único líder, se convierte en lo que Gramsci metaforizaba como el Príncipe moderno de reminiscencias maquiavelianas. Siempre existirá cierta tentación de entender el partido como una secta política, algo contra la que ya prevenía Rodolfo Mondolfo, "La colocación de un príncipe en el trono o en el altar de la veneración popular convierte a las élites políticas, burocráticas, tecnocráticas investidas de tal autoridad en dominadoras de las masas y de las conciencias. Esta vía sólo puede conducir al totalitarismo como en Rusia"".

Construir “partido” es como “construir” democracia: una tarea de tod@s. Una de los grandes males de la izquierda del siglo XX ha sido lo que Voegelin llamaba el marxismo gnóstico. La creencia en el partido como vanguardia, como custodio de las esencias y del pueblo como “rebaño” al que dirigir convenientemente". La democracia no es del líder, es de tod@s. Cuando la democracia es "secuestrada" por el líder y los pelotas que lo secundan, ésta se convierte en concepto teórico prostituido y sin virtualidad revolucionaria.

“Dedicado a Dani Garcia y todos los purgados por las burocracias inanes de los partidos del cambio que nunca cambian nada......”

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