Hemos sido afortunados. Nacer a este lado del mundo es lo que tiene...

No somos refugiados de Siria ni nos han obligado a trabajar en la infancia ni nada por el estilo. Nuestros traumas –como norma general- tienen más que ver con el afrontar la muerte de un abuelo, lo que ello implica en esta orilla de “resort kármico”, o que nuestra madre no meciese la cuna con suficiente soltura. Disculpen la hipérbole, pero sólo acotando entenderán lo que debo contarles.

Como buena escritora, miro mucho y veo… ¿Qué observo? Gente de una cierta edad con todo a medias. Me explico, ni estabilidad laboral, ni emocional. Mucha incertidumbre, mucha vida de adolescente, mucho rollo “Me visto de guapo los findes”, me envaino el gin-tonic y ya estoy listo para salir a batirme con el mundo. Y así no…

Abbiamo una certa. Una cierta edad para tener familia, o gatos, o algo por lo que preocuparnos, con lo que comprometernos a fuego. Si no… ¿!qué triste, no!?

Y no me refiero a que todos debamos procrear, no es eso -dejar nuestra semillita en este planeta no tiene nada que ver con criar un par de mocosetes- estoy hablando de actitudes que reconozco en el panorama circundante como síntomas de una falta total de arraigo, motivación, una cierta trascendencia que ya debería acompañarnos a estas alturas del periplo.

No sé… enrolarse en una ONG, ayudar a un desconocido en plena calle, sonreír a la señora de la limpieza, organizar un cursito de alfabetización digital para los viejetes de mi bloque… ¡qué se yo! Las posibilidades son múltiples.

En resumen, hacer la clásica y buena acción del día. Sin este empeño, luego los domingos -de resaca- lloramos, o nos vamos al fútbol a dejarnos los nódulos…

El asunto es delicado porque “El enemigo” lo tenemos en casa. Ese ser que nos impide madurar, posicionarnos, evolucionar, hacer las cosas de manera diferente para obtener resultados diferentes, ¡cortar el cordón umbilical de una dichosa vez!

La estabilidad económica está complicada y es harina de otro costal, admitiremos como eximente. Esa porquería de “minitrabajos” que algunos deben de acometer para sobrevivir, no ayudan mucho a engrandecer el espíritu la verdad…

Se ha dicho muchas veces, pero no por ello ha perdido vigencia: estamos sobradamente preparados… para la nada. Nada en la nevera es duro. Nada en la nevera sumado al nada en la nevera de nuestras emociones es adicción al prozac asegurada, o al fútbol, o al tinder, o a lo que sea... Nos convertimos en yonkis que sustituimos una carencia por otra con soltura y sin transición.

Tengo un título, “un titular” que diría una amiga periodista: “El libro del Desasosiego”. Y no me refiero al de Pessoa obviamente, si no a ese que todos deberíamos tener en la mesilla de noche para apuntar todas y cada una de la putaditas que nos va regalando nuestra vida, esa existencia de occidentales suertudos pero con derecho a la pena y la pataleta.

Un nuevo e incipiente amor no correspondido por la típica cantinela de la falta de “lo que hay que tener”, la humillación en un curre de mierda que te comes con patatas y sin cubierto de plata, no encontrar al padre de tus hijos, que se te esconda la madre de los tuyos, que te follen y no te quieran, que no sepas cómo demonios vas a pagar la hipoteca este mes, que tus días estén en un permanente standby….Uff … ¡Menuda escenografía!!!

Suma y sigue, y no te quejes, al fin y al cabo no eres un refugiado de Siria ni has sido obligado a trabajar… blablabla… ¡¡¡Y un carajo!!!

Todo el mundo tiene derecho a un trabajo digno… artículo tal… a que le follen con amor, a generar las agallas para comprometerse con alguna buena causa, y sobre todas las cosas… a un AMOR con mayúsculas.

He dicho.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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