Vivimos un tiempo caracterizado, entre otras cosas, por la permisividad, los populismos, el relativismo y la vulgarización. Son corrientes que se han instalado entre nosotros y que, en el caso de la R.A.E., no ha sido capaz de filtrar. No hay más que mirar las decisiones que ha tomado en los tiempos más recientes. Ahí están, por ejemplo, la aceptación de vulgarismos con la consiguiente vulgarización del lenguaje, la aceptación de la ambigüedad en el lenguaje, que parece que responden a una actitud populista, precisamente por no enfrentarse al uso inadecuado de la lengua y aceptar lo que parece que hace y dice el “conjunto de la sociedad”, si es que esto es algo, olvidándose del lema que preside la Academia desde su fundación: limpia, fija y da esplendor.

Es cierto que el lenguaje lo construimos entre todos, pero también es cierto que la vida en general la construimos entre todos y, sin embargo, hay normas que impiden que sobrepasemos unos límites determinados. Hurgar en el verbo, como acaba de hacer la R.A.E., aceptando el infinitivo como imperativo, supone abrir la puerta a la destrucción del pilar fundamental de la lengua, el sintagma verbal, el núcleo fundamental de la proposición. Aceptar el infinitivo, “iros” o “amaros”, por ejemplo, como imperativo supone abrir la puerta a la aceptación también de las terminaciones en “-ao” del participio de los verbos de la primera conjugación, por ejemplo, que es un uso generalizado en la sociedad; o en “-au”, como lo forma mucha gente. O, como sucede en grandes zonas de España, la construcción de las proposiciones condicionales, potenciales e irreales, no con el pretérito imperfecto y el pluscuamperfecto de subjuntivo respectivamente sino con el potencial. “Si haría…”, “si habría hecho…”, por ejemplo, en lugar de “si hiciera…” o “si hubiera hecho…”. La aceptación de cambios en el verbo, junto a otras medidas, que suponen aceptar la ambigüedad, que se tradujo, por ejemplo, en la aceptación del “solo” sin tilde, la desaparición de la tilde en los pronombres -esta o aquella, por ejemplo-, o la desaparición de la tilde en otros términos -como o cuando, por ejemplo- a pesar de su uso interrogativo (indirecto) socavan los cimientos del español.

Me parece extraña e inadmisible la postura de la R.A.E., cuando dice que no acepta algo, sino que lo consiente. Es tan extraño, en el caso de la lengua, como si en el ámbito social no se aceptara el robo pero se consintiera, y quien dice el robo, dice cualquier otra acción dañina o delictiva y castigada por el código penal. ¿Qué le pasaría a la convivencia y de qué serviría el código penal? ¿Qué harían los maestros y profesores de Lengua Española en sus clases? ¿Qué se enseñaría y cómo nos entenderíamos? La mejora de la lengua y de la vida viene de la mano de la cultura y no de su vulgarización. No enfrentarse a los usos incorrectos de la lengua suena a una actitud populista y supone una relativización del lenguaje (y de las normas) que viene de la mano de una Real Academia que parece colonizada por personas que son sin duda competentes pero que actúan de una forma dudosamente responsable respecto del cuidado de la lengua. No dudo de su competencia ni de su insipiencia -¡faltaría más!-, pero sí de su responsabilidad. Esta es la cuestión fundamental. Exigir a los alumnos que acentúen adecuadamente, exigir a la población española desde la niñez que escriba correctamente, exigir que hablemos correctamente no es un canto a la dictadura sino, antes bien, un elogio al buen gusto y al buen hacer: es un ejercicio de responsabilidad cívica e histórica. Asimismo, aceptar y exigir formas o modos que enriquecen el lenguaje es un elogio al buen gusto y al buen hacer. Aceptar los vulgarismos supone exactamente lo contrario. Ahí estamos. Su aceptación o su permisión parece que nos conmina diciéndonos: “¡vulgaricen ustedes!” La permisión de vulgarismos no supone un ejercicio democrático, ni un acercamiento de la R.A.E. a los ciudadanos sino contribuir a la devaluación del lenguaje. Mientras tanto, aquellos que en su día tuvimos que aprender la lengua y usarla de manera adecuada -tres faltas de ortografía, entre las que contaban los acentos, en la prueba de ingreso al bachillerato suponía no poder cursarlo-, quienes pasamos por esas pruebas, ahora mismo, si seguimos escribiendo como nos enseñaron y exigían acentuar y hablar, suspenderíamos aquel examen, si los profesores siguieran para su corrección las normas nuevas de la R.A.E. ¡Gracias, pues, por mi suspenso! No está mal. Tendré que recuperar desaprendiendo, aunque no sé si podré hacerlo para septiembre, porque tengo que desaprender mucho, cosa que no es fácil y, además, dudo que sea razonable y conveniente. Gracias por el suspenso que me pone la R.A.E., pero, como me opongo a los populismos, al relativismo y a la ambigüedad, prefiero cargar con su suspenso a zaherir un bien tan sustancial como el lengua española, expresión y vehículo, como todas las lenguas, de la racionalidad, instrumento fundamental para la hominización, la inculturación, y el entendimiento y la convivencia. Prefiero mi suspenso a la chabacanería, la degradación y la pérdida de capacidad de claridad y precisión mía y del lenguaje.

Pertenezco a ese grupo de españoles que se resiste a aceptar algunos de los cambios acordados por la R.A.E.: continúo escribiendo “sólo” con acento cuando es adverbio, los pronombres demostrativos (éste o aquél) acentuados y me niego, entre otras cosas, a aceptar el leísmo y el yeísmo.

Cuando era un niño, los maestros y los profesores de Lengua Española nos decían que la Real Academia tenía como lema “limpia, fija y da esplendor”. La consecuencia de esto era que debíamos pulir nuestro lenguaje, abandonar los vulgarismos, enriquecer nuestro vocabulario y expresarnos oralmente y por escrito no sólo con respeto hacia la propia lengua, sino procurando depurar nuestra manera de expresarnos, es decir, el estilo. Vistas las decisiones que ha tomado la R.A.E. desde hace ya algún decenio, me da la impresión de haber perdido el tiempo. Si se corrigieran los exámenes que hicimos en su día con la gramática nueva, ni yo ni ninguno de mis coetáneos aprobaríamos; Bastaría que aparecieran en ellos tres palabras de las actualmente consideradas bisílabas que han perdido la tilde, como por ejemplo: “rio”, del verbo reír; “guion” y el adverbio “solo”, que debíamos escribir hasta hace poco como “rió”, “guión” y sólo”, y cuya escritura con tilde contribuía -y contribuye- a expresarse con precisión, es decir, sin ambigüedad.

Me pregunto por qué la R.A.E. no acepta “preveer”, “preveyendo”, “agua” con género masculino, los numerales con género femenino -¡cuántas veces no oímos “las miles de personas…”!-, los participios acabados en “-ao”, expresiones comenzadas por “mismo” o “misma” sin artículo. Me pregunto por lo que va a tardar la R.A.E. en eliminar los numerales ordinales de la gramática y del diccionario, porque no se utilizan, o en prescribir -bueno, dirán los académicos tomar nota o, en el mejor de los casos, aconsejar- la formación del plural de las palabras acabadas en –i, jabalí, por ejemplo, añadiendo sólo una “-s” al singular -. De hecho, “esquí” figura en el Diccionario (D.R.A.E.) con la forma “esquís” como su plural-. Si la Academia hace simplemente de notaria del uso que hacemos de la lengua, ya ni pule, ni fija, ni da esplendor y ha perdido el norte. Se ha convertido en una madre o en un padre -que ¡tanto monta!- permisiva y liberal, que procura descargar de trabajo y esfuerzo a los estudiantes y deja a la ciudadanía de habla española a su libre albedrío y sin un marco normativo gramatical de referencia. La lengua va camino de convertirse en el paraíso de la desregulación. Seguramente François Lyotard no pensó llegar tan lejos.

Me gustaría una R.A.E. laica o, al menos, aconfesional, que no comience y finalice sus sesiones rezando antífonas y oraciones de la liturgia católica. Lean, para su sorpresa, el artículo 24 del Reglamento de la R.A.E. del 26 de junio de 2014. Produce muchas dudas una institución que se resiste a aceptar que vivimos en una sociedad aconfesional, e implora al Dios cristiano en el que busca la garantía de su inspiración y de su buen hacer técnico, mientras en su seno habrá habido y habrá ahora mismo más de un ateo, más de un agnóstico y hasta alguien que profese una religión distinta a la católica. De existir una R.A.E., quiero una Academia que me corrija, que esté atenta a la vulgarización o al mal uso de la lengua y me corrija, o sea, que me ayude a ser más culto, no que se congracie conmigo cuando maltrato a la gramática o al diccionario; que sea pedagoga y vigile y arbitre y prescriba; que tire de las orejas a escritores, profesores, famosos y periodistas, ya políticos y ciudadanos cuando nos lo merezcamos. No estoy interesado en que se me aplauda, cuando merezca un tirón de orejas o me comporte como un borrico. No quiero una Academia que espere a los bárbaros (C. Kavafis), que haga bueno aquel “antes la barbarie que el aburrimiento” de Th. Gautier. No quiero una Academia convertida en una especie de internado de jesuitas, en la que, como decía Camilo J. Cela, se trabaja como en un seminario. Me gustaría una R.A.E. -y una ciudadanía- que ame las fuentes puras (F. Hölderlin) y que se refiriera a la lengua española como lo hizo Jorge L. Borges respecto del alemán: “[…] / Tú, lengua de Alemania, eres tu obra / capital […]”; una Academia y una ciudadanía que entendan que “[…] las innovaciones en el idioma siempre obedecen a una necesidad, sea o no necedad” (F. Lázaro Carreter).

Por cierto, conforme a los cambios aceptados por la R.A.E. desde hace un tiempo, en este artículo hay unas cuantas tildes que sobran. Perdonen mi osadía, pero como dicen los académicos que ellos sólo recogen, como si fueran notarios, lo que se hace con el lenguaje entre la ciudadanía de habla española, insistiré en mi osadía ¡a la espera de que recojan el fruto de mi rebeldía lingüística! Aunque sé que he perdido la batalla de antemano, porque el guión de los tiempos viene de la mano de la permisividad, el populismo, el relativismo y la vulgarización.

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