Fotograma de la pelicula.
Fotograma de la pelicula.

Hay círculos de los que uno no puede salir, en los que queda encerrado en su interior, o forma parte de su diámetro, sin poder romper la imaginaria línea que los configura. Hay círculos como la familia, como la nación, como la religión, que terminan siendo asumidos sin crítica y a los que se pertenece desde la sinrazón del sentimiento sin cuestionamiento. El círculo de la familia chechena que refleja el director argentino es asfixiante, pero también lo es aquello que está fuera del círculo y lo comprime de tal manera, que aún refuerza más la sensación de grupo, de resistencia, que enardece y refuerza los lazos invisibles que configura una cultura muy tradicional donde la religión, y la familia, se constituyen como ejes esenciales de su razón de ser. Cualquiera hubiera utilizado el testimonio a cámara desgranando crímenes y represalias de todo tipo para reflejar los últimos 20 años de sufrimiento del pueblo checheno. Solá utiliza un esquema efectivo y magnético para que la palabra ceda espacio al movimiento, para que la palabra se convierta en secundaria sumergiéndonos en el rito, y a través del rito acercarnos a ese estado de trance en el que los danzantes del «Zkir» llegan a caer consecuencia del movimiento sincopado, del ritmo y del grupo que forman, nace así un conjunto a partir de los individuos.

Cartel de la pelicula.
Cartel de la pelicula.

La palabra, o el silencio, es el espacio que queda entre danza y danza. Danzas rodadas de diferentes maneras pero que dicen mucho del sentimiento común de este pueblo, unos ritmos que progresivamente se aceleran, en los que el cántico y el palmeo acompañan al movimiento. El movimiento circular que recuerda a los derviches turcos pero en donde el movimiento no se individualiza ni se coreografía, sino que forma parte del movimiento total de los participantes, círculos concéntricos que giran al unísono en direcciones contrarias, o danzas estáticas en las que los pies apenas se despegan del suelo y lo que se mueve es la cabeza y el tronco hasta la exasperación y el agotamiento, empapados de sudor las mentes se vacían, dejan de pertenecer a esos cuerpos y sufren, no tanto por el dolor físico del esfuerzo continuado como por el recuerdo de lo que esa ceremonia comunal significa, una reivindicación de una nación frente a otra que la sojuzga y la persigue. En las danzas ceremoniales sufíes de este pueblo del Cáucaso se fortalece la comunidad al tiempo que se mantiene vivo el recuerdo del dolor, una retroalimentación que no sana las heridas, sino que las mantiene muy abiertas y sangrantes.

Solá usa la cámara para retratar, no para dar una visión amable o partidista. En la familia de Midaev Abubakar (la familia chechena del título) hablar de Rusia es hablar de muerte, y no sólo desde los 90, sino ya desde 1944 cuando Stalin deportó masivamente a los chechenos a Siberia para trabajar forzadamente, un camino y una estancia que diezmó a este pueblo, y que en los 90 se desangró en una guerra regional en la que el vecino todopoderoso desplegó toda su capacidad de horror humano sin que el rival se atuviera a las normas internacionales de la guerra. Chechenia es sinónimo de barbarie reciente, y el director no lo oculta, pero no se regodea en esa realidad, sino que nos muestra una «sensación» de pertenencia a un grupo que, en cuanto habla, termina refiriéndose al espectro que ha marcado sus últimas décadas de vida. Pero ese sufrimiento no puede ocultar otras realidades, como la desigualdad entre hombres y mujeres fruto de esa invasión religiosa que todo lo domina y lo impregna. Son dos mundos, hombres y mujeres, que en la película apenas se mezclan, actividades diferentes, ceremonias separadas, ventanas y puertas que separan el mundo de la mujer dentro de una casa y el exterior. Rostros femeninos que nos sonríen como quien se para delante de una cámara antiquísima y eterniza su presencia en este mundo, generaciones siguiendo tradición tras tradición con la mira puesta en hacer crecer esa reivindicación de pertenencia.

Fotograma de LA FAMILIA CHECHENA

Solá rueda esas danzas, que suponen el centro del relato, como un partícipe más, en medio del grupo o inmediatamente fuera, pero aportándonos la fisicidad del momento, el mareo del movimiento perpetuo, el plano incompleto de quien entra y sale del encuadre continuamente. Llega un momento que la incomodidad de esos enfoques se convierte en acompañamiento, que el ritmo termina penetrando en el espectador y empieza a sentir la fuerza interior que desprende esa ciega participación en la ceremonia. En la acumulación reside el éxito, como en lo religioso la repetición del movimiento, y así la continuidad de la cámara, sin cortes estridentes ni elipsis de reportaje, ayuda a sentir, aun mínimamente, el fín que se pretende con esa danza. Mientras los hombres se distorsionan, entran en el paroxismo de la exageración, el mundo de la mujer se refleja como el mundo del silencio y la tranquilidad, incluso su danza parece más elaborada, más participativa, más solidaria entre todas ellas sin necesidad de competir para ver quién alcanza antes el éxtasis o se derrumba de emoción. Después de tanta ceremonia conviene reposar, un paseo nocturno por las calles de Grozni aporta el relax necesario, pero sin olvidar que en esas mismas calles han caido las bombas, se han suicidado con explosivos personas parecidas a las que acabamos de ver, se ha ejecutado a mujeres y niños. Por eso el canto del muecín es premonitorio, y la presencia iluminada de mezquitas sobresaliendo sobre los edificios civiles, un símbolo de que por encima de un gobierno civil hay otro poder mucho más influyente.

LA FAMILIA CHECHENA. Argentina. 2016. Dirección y Guión. Martín Solá. Fotografía. Gustavo Schiaffino. Edición. Lorena Moriconi, Martín Solá. Sonido. Jonathan Darch. Producción. Martín Solá. 62 minutos.

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