Hubo un tiempo, no muy lejano, pero que desde la actualidad -plagada de exposición mediática y selfies por doquier- parece casi un tiempo mítico, rodeado de ese halo de misterio y solera que tienen las cosas verdaderas.

Una época en que una visitaba casa ajena y tenía muy claro quiénes eran importantes allí.

Al modo de los romanos con los lares - esas deidades domésticas que situaban en un lugar privilegiado de sus viviendas- en las casas patrias, lucían fotografías únicas e insustituibles. Fíjense que curiosamente nosotros heredamos de los latinos la palabra “lar” con el significado de hogar.

Retazos del acervo familiar. El bautizo del primogénito. La comunión del tío pequeño, vestido con un trajecito prestado por otro pariente. La boda de los abuelos que, vista desde nuestra óptica presente, parecería un funeral de tintes lorquianos por lo oscuro de la vestimenta. La puesta de largo de la Tita Lola, en los más pudientes… Los eventos esenciales acompañaban la cotidianeidad de las familias enmarcados con todos los honores.

¡Hay qué ver lo que ha cambiado nuestra relación con la fotografía! En un pasado reciente se veneraba cada instantánea que adornaba nuestra casa y ahora atesoramos cientos, miles, de imágenes que rara vez abandonan el disco duro del computer o la tarjetita de memoria de nuestro celular última generación. Permanecen atrapadas en un limbo tecnológico que no les reconoce su trascendencia, o si no la merecen… ¿Para qué las hacemos?

¿Recuerdan cuando usábamos cámara de carrete? No era como tener una Nikon y jugar a ser Annie Leibovitz, pero por lo menos sí pensábamos el encuadre antes de pulsar cada vez, se le concedía una importancia al momento de “disparar”. Al igual que después no se revelaban todas las fotos, había una selección, un valor en lo que se hacía.

Hace unos meses durante un concierto de Izal en el vallisoletano polideportivo Pisuerga, llamó mi atención la cantidad de lucecitas titilando en plena actividad. Todo el mundo queriendo capturar “El Temazo”. Sin embargo, se les escurría entre los dedos. Lo que deberían haber hecho es cerrar los ojos y respirar ese momento. Pero no, no podían, inmersos en esa ridícula cruzada que pretende registrar todo con medios técnicos, los mismos que impiden capturar con nuestros sentidos las vivencias. La única y genuina manera de vivir algo es esa, estar presente en lo vivido, con el olfato, la vista y la orientación bien despiertos, como tigrecitos alerta en medio de la sabana.

Y dejarnos de tanto compartir, exhibir, si no parece que no es vivido: mis vacaciones en Cancún, mi perro hace popó, mi hijo hace pipí, mi suegro se llama Pepe… ¡Ufff! Es soporífera esta retransmisión a tiempo real de nuestra existencia en rosa, pero ¿Quién nos creemos? ¿Una de las Kardashian?

Luego nos atiborramos a cursitos de Mindfulness en medio de esta aniquilación, esta patología desarrollada que impide disfrutar el presente, estos parpados quemados de tanto yermo pantalleo.

Cuanto más lo reflexiono, más pienso que debo de ser una mujer muy antigua, porque me siento conectada a valores y sentires un tanto trascendidos, parezco Juana de Arco en medio del fragor de la batalla 3.0.

El otro día leí en alguna parte “Se divertían tanto juntos que olvidaron hacerse fotografías”. Pues eso. Dejen que Annie haga su trabajo y limítense a respirar bien cada instante y abrazar a sus seres queridos. ¡Eso… sí!

¡Si hay una hecatombe que nos pille bien amarraditos y no con un palo selfie entre las manos por Dios!

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