Muchas, algunas, la mayoría… habitamos silenciosamente nuestro cuerpo y nuestro lenguaje y los hacemos cómplices de nuestra relación con el mundo exterior para poder seguir viviendo y buscando explicaciones al trabajo diario e invisible que todos los días hacemos y los demás constantemente deshacen.

Muchas, algunas, no todas… nos sometemos a un cuestionamiento continuo porque sentimos la necesidad de probar justamente lo contrario de lo que estamos viviendo, es decir, que somos –también – seres humanos con ideas propias, sentimientos propios y posibles realizaciones independientes fuera de la familia hasta que un día cualquiera nos echamos al monte y nos ponemos a escribir poemas o a hacer películas.

Muchas, algunas, casi siempre… aprendemos en los libros lo poco que sabemos y reconocemos que son precisamente los libros – a falta de otras experiencias - los que nos ayudan a reconocernos y a defendernos.

Muchas, algunas, la mayoría sabemos que mientras escribo esto, en la España del siglo XXI,  la lucha por la verdadera igualdad (y no me refiero a la “legalización” de la igualdad) se enfrenta a los mismos opositores que en su día tuvo la lucha por el voto, las mismas milongas: Intereses económicos que desean mantener a las mujeres como fuerza de trabajo barata y se sienten amenazados por su independencia económica; periódicos y cadenas de televisión que sacan réditos ventajosos de los anuncios y la publicidad sexista;  el ignorado pasado histórico y político de las mujeres – ¿pero qué más quéreis? – que hace que cada nueva generación de feministas parezca la de unas locas marginadas de su tiempo e incluso el mismo feminismo trivializado a veces por las propias mujeres (prefiero no dar nombres, pero quizá la “revolucionaria” Andrea Levy  pueda comentarnos algo sobre el asunto) algo que constituye por cierto uno de los obstáculos más serios con los que nos encontramos pues existe la tendencia –perfectamente identificada – a recibir nuestras demandas como si salieran de la nada, como si cada una de nosotras no hubiera vivido, pensado y trabajado con un pasado  histórico y un presente de lo más actual agobiadas entre otras cosas por la violencia machista; las leyes (leyes, sí, pero putrefactas); la falta de verdadera voluntad política para cambiarlas (un bla, bla, bla incesante en todos los idiomas); La influencia de las religiones patriarcales (todas); El poder (macho) y el miedo (hembra) y, por lo mismo, el miedo de los unos y los otros como fórmula de controlar a una sociedad esencialmente pasiva (“la pasividad radical de los hombres” como la calificaría Mary Daly).

Hasta llegar por fin al NO ES NO.

Y cuestionarlo todo. Y recordar hasta lo que nos prohibieron siempre mencionar, esforzarnos en reinterpretar con nuestras propias palabras y nuestro propio pensamiento la historia, pero también, las pinturas de las Cuevas de Altamira, todas las Bellas Artes, el paisaje lunar o la contaminación de los huevos de las gallinas francesas. Por diferentes razones, muchas de nosotras, casi todas, algunas, la mayoría nos aferramos a este NO y por más que esta cultura de la pasividad que nutre las raíces de la violencia, mata niñas, mutila mujeres y hace desaparecer a docenas de jóvenes y niñas se oponga a nuestro derecho a decidir activamente sobre nuestras vidas, no nos callaran: NO siempre ha sido NO. ¿Qué es lo que resulta tan difícil de entender en esta simple palabra?

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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