El diván del psicoanalista se convierte en un mueble indispensable para la vida en pareja. Sexo, dependencias, filias, fobias, odios, afectos, desafectos, egoísmos, reproches, se vierten sobre un extraño en vez de expurgarse en la intimidad matrimonial. Silencios opresivos que esconden lastres del pasado que se repiten cotidianamente en sueños extraños, ataques de pánico, enfrentamientos paterno-filiales que ocultan una marca indeleble y dolorosa que machaca la personalidad propia y provoca dependencias enfermizas en las que quien aparece más débil, ha de persistir en su debilidad para que otro pueda seguir adelante ocultando sus taras existenciales, forjándose una excusa moral de entrega desinteresada que funciona como bálsamo. Calin Peter Netzer vuelve a situar la familia en su eje narrativo, diseccionando nuevamente la estrecha relación entre amor y egoísmo, entre entrega y dependencia. Si en su anterior “Madre e hijo (Pozitia copilului), 2013” ese amor entregado giraba en las relaciones entre una madre posesiva y absorbente, y un hijo que trataba de despegarse como ser autónomo, asfixiado por el peso constante de la figura materna, en “Ana, mon amour” se utiliza el amor de pareja para reflexionar sobre sus bondades y sus enfermizas dependencias girando alrededor de dos personajes que, ambos, están necesitados de orientación y consejo, obcecados en no saberse escuchar y en no querer interpretar de dónde procede su dolor interno, y en la que, nuevamente, uno de los personajes intenta controlar, dirigir, mantener la dependencia absoluta de uno hacia el otro.

ANA, MON AMOUR. Rumanía. 2017.

Director: Calin Peter Netzer.

Guión: Calin Peter Netzer, Cezar Paul Bădescu, Iulia Lumânare.

Compañías productoras: Parada Film, Augenschein Filmproduktion, Sophie Dulac Productions.

Productores: Calin Peter Netzer, Oana Iancu.

Fotografía: Andrei Butică.

Montaje: Dana Bunescu.

Reparto: Mircea Postelnicu, Diana Cavallioti, Carmen Tanase, Vasile Muraru, Adrian Titieni.

Duración: 125 minutos.

Un nacimiento, sin embargo, produce el punto de fractura entre la cómoda, y al tiempo ingrata y entregada, postura adoptada por Toma, y la sufriente, dolorosa e inexplicable vida de Ana; el novio y posterior esposo absolutamente entregado al cuidado de una esposa con algún tipo de desequilibrio psíquico, que sufre constantes ataques de pánico sorpresivos, que ve afectado ese orden natural de las cosas cuando ella, pese a los consejos contrarios, decide no abortar y ser madre. Toma afronta el amor como una obligación de cuidado y vigilancia extrema, mientras la maternidad proporciona a Ana, poco a poco, y mediante el consejo de una psicoanalista, la entereza y confianza suficiente para retomar una vida en suspenso, atenazada por el miedo abstracto y anulada por su dependencia absoluta a Toma, Ana ha decidido recluirse, permanecer en estado constante de libertad vigilada, en un régimen de custodia en el que Toma hace las veces de marido, amante, trabajador, enfermero, médico, paciente, placebo, tranquilizante. La reafirmación de Toma en ese papel de entrega asegura su propia estabilidad, al tiempo que Ana se termina convirtiendo en un apéndice del hombre sin voluntad propia, sin vida propia, sin expectativas personales. Por eso Toma sería partidario de un aborto, porque sabe que una tercera persona en la relación puede terminar distorsionándola y afectando a su equilibrio personal, sin aceptar que Ana es susceptible de mejorar. La maternidad refuerza a Ana mientras Toma se debilita asumiendo un nuevo papel, el de criador en exclusiva. Manteniendo la posición mental de que Ana es incapaz de responsabilizarse de nada, asume el cuidado de ese bebé y de ese niño alejando a la madre de las responsabilidades que corresponden a ambos, pero mientras más insiste en ese papel absorbente y neutralizador, más va perdiendo a Ana por el camino, incapaz de comprender cómo ella está recuperando su libertad e individualidad, obcecado en creer que la situación de Ana era irreversible y permanente.

Esa ceguera de Toma y la necesidad de libertad de Ana están separados por la misma distancia que hay entre el sexo placentero y desinhibido del inicio de la relación y el coito abandonado a medias de ambos cuando todo se desmorona, si la cámara filma los rostros de ambos en permanente contacto visual cuando la relación de dependencia es absoluta, el tiempo y la evolución de Ana va separando sus miradas, se rehúyen, miran a distintos horizontes, se dan la espalda o, directamente, no se miran mientras la cámara les rueda de espaldas, en medio de una serie de reproches que duelen, pero que no dejan de ser reflejo de mentalidades enfermizas incapaces de asumir un mínimo ámbito de independencia y libertad sin incurrir en el error de la sospecha de infidelidades. Para Ana y para Toma, la familia, la infancia y la primera adolescencia han sido caldo de cultivo de sus respectivas carencias; los sueños y recuerdos que tratan de contar a sus psicoanalistas (en fuera de campo respecto a Ana y en primera persona con Toma, porque, en el fondo, “Ana, mon amour” es un relato unidireccional en el que Toma intenta transmitir un doble punto de vista anulando la versión de su compañera y por eso sólo podemos tener la versión que nos cuenta él, asumiendo dos vidas en sí mismo, asustado, como está, de la suya propia) equivocan al protagonista, porque situándose como personajes principales de esos sueños olvidan que están rememorando sucesos desagradables del pasado de los que han sacado conclusiones erróneas que les han llevado a ese estado de dependencia absoluta.

Fotograma de 'Ana, mon amour'
Fotograma de 'Ana, mon amour'

El director asume que estamos ante una historia opresiva, anuladora, castradora, en muchos aspectos, de la personalidad de ambos jóvenes a los que el paso de tiempo deja cicatrices estéticas enormemente profundas, desgastados por una vida en ansiedad continua en la que una va recuperando su estética mientras el otro se apaga de la misma manera que pierde el cabello y aumentan sus ojeras. Ana y Toma, como personajes únicos que conducen el relato, asumen un protagonismo absoluto en pantalla, sus rostros, en primeros planos, con los cuerpos muy enfocados y mostrados parcialmente, con una cámara encima de los personajes que nos elimina el espacio, el aire, donde apenas hay momentos para el respiro, como si el exterior no existiera o éste no dejara de ser una pequeña cápsula en la que los personajes se aíslan pese a estar en compañía de otros. El tiempo, así, se hace eterno, cualquier minuto se transforma en una hora en este estado de dependencia-vigilancia permanente, un gota a gota que va calando mediante saltos en los que el inicio de la relación, la consolidación, la maternidad y el desplome de la misma se van alternando, potenciando uno sobre otro segmento en función del propio desarrollo temporal del filme, y ello aunque sabemos, desde muy pronto, porque Netzer no intenta engañarnos, que toda esa apariencia de doble dependencia irrompible ha saltado por los aires. Diseccionando a la pareja el director, como muchos de sus compatriotas actuales, disecciona también a una sociedad rumana que no se desprende todavía de los rescoldos de la dictadura (presente en los padres de ambos) y que intenta modernizarse vigilada y controlada por una presencia de la iglesia, en lo público y en lo íntimo, muy poderosa.

“Ana, mon amour” es una historia de erróneas interpretaciones, de soledades necesitadas de afecto que se tiñen de amorosas cuando sólo la dependencia recíproca mantiene el hilo de unión entre ambos. La escena inicial, sin preámbulo, donde Ana y Toma hablan sobre la obra de Nietzsche y las aparentes malas interpretaciones de la misma, mientras el sonido de fondo son los gritos y jadeos de una mujer con su pareja, nos anuncia, de manera anticipada, la verdadera esencia de esa relación que se está gestando, la realidad y el deseo, la mutua atracción sexual de ambos que se dibuja en el hecho físico de un tercero y la realidad de que esa relación se va a fundamentar y va a desarrollarse sobre una mala interpretación de los sentimientos propios, el mal entendido concepto de “superhombre” de Nietzsche es trasunto de un mal entendido concepto de “amor” para Toma y Ana. Incluso el mismo título, “Ana, mon amour”, permite ser interpretado como la referencia explícita al amor de Toma por Ana como algo único y exclusivo, o a dos conceptos radicalmente diferentes y hasta opuestos, Ana por un lado y el amor por otro, porque el “mi amor” del título puede entenderse como el amor personal, puramente egoísta, interesado, dependiente, que Toma desarrolla por Ana para olvidarse de su lastre emocional procedente del pasado, llamando a esa necesidad amor cuando no deja de ser una terapia. Rodada con una luz apagada, como el estado de ánimo de sus protagonistas, la película concluye de una manera acelerada y equívoca, que quizás provoque más de un desconcierto en el espectador al mezclar el sueño con la realidad y ofrecer una interpretación psicoanalítica muy precipitada e inconclusa. Si Ana ha pasado muchos años en terapia, Toma no puede pretender obtener todas las respuestas en unos pocos meses, “eso lo hablamos el próximo jueves” con que se despide el psicoanalista interpretado por Adrian Titieni, uno de los rostros habituales del actual cine rumano, avanza que la solución para los problemas de Toma aún está lejana, pero al menos, ha empezado a entender el origen de sus miedos, el abrupto inicio del film se acompaña de otro no menos abrupto y abierto en su conclusión.

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