“El motor de la historia es ….................la cerveza”. Así rezaba una pancarta confeccionada ad hoc para agasajar el “bodorrio” cuché a un conocido Apparatchik de una coalición del cambio a peor.

Esta forma neo-pop de entender el meollo del materialismo histórico, además de ser una anécdota un tanto frívola de paleto nuevo rico, es también síntoma de cómo entienden la política algunos de los dirigentes políticos que se presentan con las credenciales de “comunistas pata negra”.

Insustancialidad y soberbia son una combinación perfecta para conducir a una organización política hacia la completa irrelevancia. Rodearse de “pelotas” y de “superficiales” permite al político consolidar un liderazgo mal entendido, que empieza a configurarse de manera semejante a la “infalibilidad papal” romana.

Diseñar una comisión de garantías para que te garantice la “infalibilidad” es más propio de teocracias vaticanas que de organizaciones políticas en las que se supone que el debate y la pluralidad es un activo esencial. Reproducir los vicios de los partidos de siempre, PP y PSOE, no creo que haya sido la razón del surgimiento de los partidos de unidad popular. Garantizar la elección de nuevas élites extractivas permitirá “rejuvenecer” la gerontocracia del 78, pero desde luego que no cambiará nada sustancial. Parece que estamos abocados a una versión intermedia entre el “gatopardo y sensación de vivir" con estos nuevos políticos que nos está tocando padecer.

Si los ciudadanos deciden optar por la nueva política será porque desean recuperar para sí el llamado poder constituyente, secuestrado por los poderes fácticos en las democracias formales neoliberales. Con la idea abstracta del poder constituyente se intentaba resolver el problema conceptual que se plantea al retirar la soberanía al monarca absoluto. Según esta doctrina la legitimidad del orden político debe proceder de un decisión soberana y vinculante del pueblo, que obliga al legislador ordinario. Esta noción se entronca, en el constitucionalismo, con la propia idea de constitución, en la medida en que sólo es verdadera constitución la que se ha elaborado con un mandato explícito popular. La “práctica” de la noción se la debemos al constitucionalismo americano, aunque la teoría es obra de teóricos franceses como Sieyès (1748-1836), Marie-Jean de Caritet , marques de Cordorcet (1743-1794) y de Thomas Paine (1737-1809 ). Éste ultimo pone de manifiesto, en su obra Los derechos del hombre (1791), que una constitución no es la obra de ningún gobierno (poder constituido), sino que es obra de un pueblo que crea dicho gobierno, al dotarse de una constitución. La formulación más célebre y técnicamente precisa del concepto es del abate de Sieyès, que distingue entre poderes constituidos, los emanados de la constitución, y el poder constituyente, del que emana la constitución y que él atribuye a la burguesía (el tercer estado). La versión radical de dicho principio, que lo entronca con una visión democrática radical es la del marqués de Cordorcet, que admite un gobierno representativo, siempre que el pueblo se reserve el derecho de aprobar y cambiar las constituciones, mediante referenda en los que exprese su parecer.

La nueva izquierda radical (Negri) hace un uso radicalmente democrático de esta idea, originariamente burguesa. Negri (El poder constituyente), haciendo una lectura radical del monismo ontológico de Spinoza y del republicanismo de Maquiavelo, considera el poder constituyente la expresión más palmaria del poder popular.

Un poder absoluto (que no absolutista) que, a diferencia de lo que ocurre en el constitucionalismo de cuño burgués, se resiste a verse “fosilizado”, mediante complejos procesos de reforma constitucional, que o bien lo limitan en el tiempo (poder de revisión o poder constituyente constituido) o en cuanto al contenido (cláusulas de intangibilidad). El poder constituyente es pura “potentia” que se resiste a ser conceptualizado como mera “potestas”. Es un poder que irradia posibilidades de apertura absoluta (Foucault), un puro acto de liberación al margen de “determinaciones, es un “agencement vital” en terminología de Deleuze, una línea de fuga desde la que eludir la colonización de la realidad social molecular por parte de lo molar-institucional

El verdadero poder constituyente es revolucionario en esencia. Las constituciones que se “blindan” frente al poder constituyente, como es el caso de la española de 1978, traicionan el verdadero espiritu constitucional, que es el que otorga “parte a los sin parte” (Rancière).

El concepto de revolución en política ha seguido una curiosa evolución. Se empezó usando en la ciencia, en la obra de Copérnico De revolutionibus orbium celestium, para connotar un orden previsible. De hecho, los primeros usos políticos del término tenían un sentido conservador y hacían referencia a la restauración de una regularidad perdida. Es durante la revolución francesa, como bien apunta Hannah Arendt en su obra Sobre las revoluciones, cuando el término comienza a usarse en el sentido de nuevo comienzo, origen de algo nuevo sujeto a la exclusiva voluntad humana. Nada más lejos de la idea revolucionara que mimetizar lo que ya existe, aunque sea una versión “juvenil”, “pop” y “refrescante”.

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