Nuevo curso político y retorno al bostezo catalán, a la letanía de las afrentas que se remontan al pleistoceno y a los oídos sordos de un gobierno que no reconoce que la vertebración territorial del estado colapsa. La clase política española, nacionalista o no, es intelectualmente indigente y políticamente inane. Incapaz de sentarse y dialogar, sin apriorismos ideológicos. También es profundamente cobarde pues es insensible a los problemas reales de la ciudadanía y se esconde detrás de banderas, sean la senyera o la rojigualda. El 1-O se mal votará y tanto unos como otros dirán que han ganado. Los nacionalistas catalanes porque venderán que las urnas han salido a pasear y el gobierno porque venderá que la legalidad española no se ha quebrantado por un referendum sin virtualidad legal alguna.

Los nacionalistas plegarán velas, porque la participación no se aproximará ni por asomo al pírrico 35 % con el que se conforman los émulos de Guifré el Pilós y además no alcanzará la mayoría de los votos. El gobierno y el PSOE también estarán contentos y venderán el dicho castellano del “ya lo decía yo...” . Se pondrán de inmediato a ejercutar una labor de gatopardismo constitucional para que todo quede, por enésima vez, atado y bien atado. C's dirá que han sido los salvadores de la patria y Unidos Podemos ganará en cualquier caso su antipascaliana apuesta por no mojarse en nada. Luego volveremos a la filosofia del bostezo de una cláse política enfrascada en sus controversias “trinitarias” sobre la esencia de una España única e indivisa en muchas naciones diversas. Eso es lo que nos espera, una versión secularizada del concilio de Nicea con una neo-fórmula trinitaria de consenso; la susodicha tautología de la nación de naciones. Dejaremos de tener CCAA y pasaremos a tener naciones, lo que no dejaremos de tener seguro es paro, precariedad laboral, desesperanza, pensionistas desamparados, una educación de mierda y una sanidad que colapsa a pasos agigantados.

En los mundos de la política española rige la famosa interpretación cuántica del gato de Sschrödinger. Sustituyamos el gato y el veneno del experimento cuántico del famoso físico vienés por España y su desintegración y veremos que la política cuántica permite que quepan múltiples realidades políticas, contradictorias y simultáneas al mismo tiempo. Así en la España del decadentismo nacionalista (sea el español , el catalán, el vasco.....) puede darse simultáneamente la patria única e indivisible Rajoyana, basada en un puro normativismo kelseniano y una independencia virtual de las naciones “españolas”, que florecerán por doquier en esta nueva versión cuántica de la “nación para todos”. Al mismo tiempo Pedro Sánchez continuará con su ontología política platónica de cabecera sobre cómo resolver la famosa aporía que el filósofo de Atenas plantea en el Parménides, sobre si el uno o los muchos son o no son. Quizás llegue, como Badiou en su famosa obra El ser y el acontecimiento, a la conclusión de que sólo existe el conjuto vacio y una multiplicidad siempre infinita de multiplicidades que se presentan como una sin serlo jamá realmente. Unidos Podemos continuará con su deriva Perry Andersoniana cabalgando contradicciones en su particular visión del marxismo occidental y Albert Rivera conseguirá al final ser el superhéroe naranja de un proyecto tan desnudo como el mismo en su célebre instantánea nudista. Los nacionalistas periféricos vivirán su particular línea de fuga Deleuziana hacía su particular feudalismo posmoderno. Todos contentos.

Y ya que habremos jugado un rato a yugoeslavos sin matarnos, hagamos también nuestras las palabras de Don Tancredo en la famosa novela del Gatopardo “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie". "¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado". "…una de esas batallas que se libran para que todo siga como está".

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