Festival Alcances 2017
Festival Alcances 2017

A partir del 15 de septiembre y durante una semana, Cádiz vuelve a convertirse en capital del documental español, fundamentalmente, pero no sólo. Hacer un festival de cine implica una declaración de intenciones, o te vendes al cóctel, al canapé, al político local y programas para contentar al público de las salas comerciales, o te lanzas a buscar un mercado, un segmento, una temática que te identifique. «Alcances» está plenamente contrastado, cualquier cinéfilo sabe qué es y qué se puede ver durante su semana de cine. El documental, que no el reportaje, es un género cinematográfico de dificil definición pero que desde luego está muy alejado del producto televisivo. Acercar la realidad al espectador incorporando técnicas narrativas que se presumen reservadas a la ficción, innovar para llegar al núcleo de verdades que suelen hacer daño, y además jugando desde la territorialidad, limitando la apuesta al cine español en sus secciones oficiales de cortos, mediometrajes y largometrajes, es lo que es Alcances y lo que hace más complicada la labor del equipo que dirige Javier Miranda. Alcances es uno de esos lujos locales que empiezan a extender su capacidad de influencia por todo el territorio, como Punto de Vista, como Documenta, como DOCMA, Filmadrid, DOCX3, Márgenes, territorios de resistencia llenos de gente con mucho amor propio y de aparente fortaleza anímica como para sobrevivir y crecer en un sector demasiado poco visible.

Es verdad que en el mundo de los festivales se produce un continuo deambular de obras que se mueven por ellos como si de un circuito comercial se tratara, cuanto más reducido es el ámbito al que se dedica el concurso más aumentan las posibilidades de que las obras se hayan visto en otros festivales precedentes, y por eso conseguir productos inéditos incrementa su dificultad, y al tiempo sorprende la aparición de los mismos, Alcances tiene de las dos opciones, lo que ya ha sido testado y reconocido en otros festivales, y lo que asombra desde la novedad y el increíble acierto de sus creadores, y después, de sus programadores. Cuanto más corto es el vuelo parece que mayor es el ingenio para conseguir llegar al espectador, quizás donde mayor calidad se de sea en el apartado de los cortometrajes, donde el jurado va a tener que escoger, menuda papeleta, entre más de una media docena de absolutas genialidades para quien escribe, entre las que se encuentran el rotundo retrato de cualquier ciudad del tercer mundo realizado por Nayra Sanz en «Sub Terrae», equilibrio doloroso entre un cementerio prácticamente abandonado y el plano desolador de un vertedero en el que hombres, mujeres y niños revuelven entre la basura y corren hacia los camiones que llegan en la creencia de que, entre la nueva basura, llegará algo de valor, «The fourth kingdom» del tandem Aliaga-Lora, en medio de una planta de reciclaje neoyorkina que, al tiempo, se transforma en reciclaje de personas inmigrantes, desubicadas, trastornadas, «Sin título», segunda parte de un recorrido por la Colombia bogotana de la mano de Lamaña y Perea, en el que imagen y palabra se complementan desde la diversidad en medio de un cementerio para retratar las incoherencias de los vivos y la imposible desaparición de los muertos, «Homes» de Diana Toucedo, ejemplo de resistencia, de agarrarse a la vida aunque sea como un fantasma marcado para siempre por el recuerdo de los hombres ausentes, «Hombre negro sin identificar» de Javier Extremera, camino que conduce a la frustración en medio del intento desesperado de identificar a los cadáveres que el egoísmo europeo produce en el Mediterráneo a través del recuerdo de un detalle que permita saber el nombre de un nicho con un número, «El mundanal ruido» de David Muñoz, soberano homenaje a un filmador de tradiciones en la serranía malagueña, el filmador filmado, con ironía y humor, con un uso del tiempo especialmente elogiable y un giro final de absoluta maestría, «El becerro pintado» de David Pantaleón, recreación del episodio bíblico a lomos de un becerro y de un dron manejado para epatar, lo religioso tamizado por lo profano, «Dies de festa» de Clara Martínez Malagelada, rotundo ejercicio de exorcismo familiar y personal para el que es necesario disfrazarse de Mary Poppins y dejarse llevar por el viento y «Rapa das bestas» de Jaione Camborda, duro retrato del rito iniciático, deslindar la bestia del hombre sin llegar a saber quien es la verdadera bestia. El premio para cualquiera de estos cortometrajes estaría más que justificado, por eso digo que no me parece cuestión sencilla ni agradable decidir entre tanto producto de gran nivel.

En la sección, más reducida, de mediometrajes, 8, resaltaría 4 de ellos, «Expo Lío 92« de la incombustible guerrillera María Cañas, envuelta en una polémica absurda en los últimos días y que puede beneficiarla más de lo que se la ha tratado de perjudicar, collage de imágenes en el que, utilizando material ajeno, tanto de noticieros, videos personales, videos musicales, películas......Cañas desmonta varios mitos desde la ironía y la mala leche, el fundamental el mito de la modernidad en Sevilla desde la Expo del 92, y de paso la leyenda de que descubrimos algo en 1492, «Un padre» de Victor Forniés, donde lo que parece una búsqueda de un retrato de un padre, el del director, buscando las razones de sus silencios, de sus palabras limitadas, termina convirtiéndose en la consecución de la fotografía que su padre no ha podido conservar del suyo como consecuencia del olvido de este país a los represaliados de la dictadura franquista, «Ozpinaren sindromea» de Aguilar y Rodríguez, un largo camino circular que comienza en un volcán y concluye en otro mientras las mujeres se convierten en el símbolo de Guatemala para no olvidar, para no perdonar, para seguir buscando a sus desaparecidos y a los responsables del genocidio indígena y político, y «25 cines por segundo» de Luis Macías, doble derrumbe, personal y social, el del cineasta que va comprobando como se trata de impedirle el control sobre su obra mientras recoge material de la desaparición de los espacios físicos de los cines, en concreto un cine de Barruelo de Santullán. Otros cuatro largometrajes merecen especial consideración de la sección a concurso, el contrastadísimo «Converso» de David Arratibel, retrato familiar entre el ateismo militante y la fe inquebrantable del converso para llegar a una entente cordiale en el que la música amansa a las fieras, el simpático y cabezón comportamiento del protagonista de «Donkeyote» de Chico Pereira, empeñado en viajar con su burro, con cerca de 80 años de edad, a los EEUU para recorrer la ruta de una tribu india expulsada a una reserva, el desalentador retrato de un barrio marginado y alejado de Madrid en «Una vez fuímos salvajes» de Carmen Bellas, presente tumefacto que sólo la infancia consigue alegrar y proporcionar un mínimo de esperanza, y el deslumbrante ejercicio de memoria de «Esquece Monelos» donde el mapa de una ciudad se transforma, esconde sus orígenes, oculta sus miserias como la mente humana tiene sus túneles y sus opacidades. En definitiva un sobresaliente ramillete de obras, con una equilibrada presencia de hombres y mujeres tras las cámaras sin necesidad de hacer ciclos especiales destinados a la mujer cineasta, algo que en definitiva es la culminación del reconocimiento del fracaso de cualquier festival si tiene que dejar un espacio reservado a la mujer, sobre todo cuando hay tantas y tan capaces como sus compañeros masculinos para competir por los primeros premios en este país escasamente dado a reconocer lo cultural.

Las secciones oficiales se complementan con secciones paralelas como la selección de documentales que formaron parte del ciclo dirigido por David Varela y Chema González, «Sin refugio» para el Museo de Arte Reina Sofía sobre las nuevas migraciones del siglo XXI, con obras de Avi Mograbi, Abbas Fahdel y Sylvain George entre otros, la película de clausura, «Pizarro» de Simón Hernández, retrato del líder guerrillero colombiano del M19, aspirante con grandes posibilidades de ser presidente de la república y sospechosamente asesinado en pleno vuelo en la campaña electoral que podía dar un vuelco al país, o el ciclo «Exilios de ida y vuelta» en colaboración con el festival de cine español de Toulouse, en el que se da cabida a la memoria histórica republicana, material que, de no recogerse, tenderá a desaparecer sin remisión. En definitiva, un auténtico festín para el amante del cine y una muestra evidente de que el cine español está muy vivo y muy interesante pese a que las carteleras comerciales se empeñan en demostrar lo contrario. Sólo falta conseguir los espacios suficientes para que creadores y pequeños distribuidores tengan oportunidad de hacerse visibles, pero entonces estaríamos hablando de otro país.

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