“El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Samuel Johnson

Decía Ortega que el problema de Cataluña no se podía “solucionar” tan solo “conllevar”, lo que implica una cierta dosis de resignación ante un problema aparentemente tan irresoluble, como fue el descubrimiento de los números irracionales por parte de los pitagóricos. “Conllevar” el problema catalán consiste en aceptarlo como algo consustancial a la falta de vertebración territorial histórica del estado español. A diferencia de otras naciones modernas surgidas fundamentalmente del racionalismo romántico del siglo XIX, España no es una nación en el sentido nacionalista del término, pero sí que es una entidad política común con varios cientos de años de historia. “ Conllevar”, en el sentido ortegiano del término, es aceptar que todos los hitos fundantes de la nación española no son más que mitos, creados políticamente con el fin interesado de hacer funcional un grupo humano, muy heterogéneo, que puebla la península ibérica desde hace miles de años.

Ni la hispania romana, ni la hispania Visigoda, ni los reyes católicos, ni el centralismo borbónico o la guerra de la independencia crearon una nación española en el sentido nacionalista del término. Simplemente crearon entidades políticas más amplias que aglutinaton unidades políticas menores que funcionaban más o menos autónomamente. El gran drama de España es haber sido un estado antes de ser una nación. “ Conllevar” es aceptar que Puigdemont no tiene razón con su pretensión de justificar la independencia de Cataluña sobre la base de un hecho diferencial radical que separa, irremediablemente, el noreste de la península ibérica del resto de sus vecinos, pero es también aceptar que Rajoy tiene una visión ideal y uniforme de un estado cuya sustancia política y cultural es muy diversa. “ Conllevar” no es evitar un choque de trenes sino más bien aceptar que ambos trenes siempre van a circular por distintas vías. La “solución” ortegiana a lo que Sánchez Albornoz llamaba el enigma histórico de España, es un mero compromiso dilatorio de un problema en esencia irresoluble pero que siempre estará presente.

Perfectamente podría ocurrir también que el problema catalán no sea más que lo que filósofos analíticos llaman un “pseudo-problema” derivado de un uso ambigüo del lenguaje. Conceptos como “soberanía” o “estado” surgieron en un contexto histórico-político determinado, el comienzo de la Edad Moderna, que poco tiene que ver con el globalismo transnacional en el que vivimos inmersos ahora , donde son las grandes corporaciones y ciertos grupos de poder económico los que realmente gobiernan el mundo. La soberanía política dice bien poco sobre quien gobierna realmente el mundo. Es el poder económico transnacional el que dicta el curso de la historia. El “Imperio” al que se refiere la dupla Negri-Hardt no es por lo tanto lo que el análisis marxista clásico indentificaba con el imperialismo. Hardt y Negri, en su visión globalista y superadora del estado-nación como lugar preferente de la lucha política, contraponen dos formas de entender la biopolítica que caracteriza la política de la posmodernidad. Por un lado se encuentra lo que ellos llaman imperio (una suerte de orden neo-liberal hegemónico) que busca la opresión y el freno de los movimientos migratorios. Por otro lado la multitud (conjunto de oprimidos por el sistema) llamados a realizar una verdadera democracia global, concebida en términos absolutos, más allá de las limitaciones de la democracia representantiva burguesa y del llamado estado de derecho puramente formal.

Al final tanto Rajoy como Puigdemont viven de espaldas a esa realidad imperial a la que intentan sustraerse con sus respectivos nacionalismos. Se mueven en coordenadas más propias de Bodino que de Mark Zuckerberg. Mientras Rajoy y Puigdemont aparentan luchar “por el poder absoluto y perpetuo”, términos en los que Jean Bodin definía la esencia de la soberanía, los estados cada vez cuentan menos en la escena mundial. La filosofía del “management” , del I+D+i , de la flexibilidad laboral, el libre comercio, la democracia de pluripartidismo formal, la privatización de los servicios públicos etc... son los “soberanos” hoy en día en todo el mundo.

Hay gente que desde la izquierda, con cierta buena voluntad y no pocas dosis de ingenuidad, cree ver en el establecimiento de una república catalana una oportunidad de configurar un estado verdaderamente social y demócratico, capaz de iniciar una senda de transformación que se extienda al resto de territorios del estado, como si de una especie de efecto domino se tratase. La CUP sólo es tácticamente útil para el nacionalismo catalán. Sin embargo estratégicamente la CUP es irrelevante en el devenir de una hipotética Cataluña independiente. El “sueño húmedo” de Puigdemont y del nacionalismo burgués catalán sería la de poder reproducir, a escala ibérica, lo que significó la conservadora y axfisiante Croacia de principios de los años años 90s, gobernada con grandes dosis de autoritarismo por el lider ultranacionalista Franjo Tudjman. El futuro de esa hipotética república dominada por el PDCAT sería el neoliberalismo económico y nacionalismo excluyente en lo cultural y lo político. No se realizaría el socialismo en un sólo país que persigue la CUP y que defendiera Stalin en su controversia contra Trostky, más bien se impodría el nacionalismo catalanista en un sólo país. Sin embargo, no es menos cierto que Puigdemont es perfectamente consciente de los altos costes que una declaración unilateral de la independencia tendría para la viabilidad política y económica de Cataluña, de ahí que toda esta escenificación nacionalista, que recuerda a los peores excesos del nacionalismo balcánico, sólo persiga ocultar una negociación con las élites españolas que mantienen a flote el sistema del 78.

Gatopardismo es lo que se oculta a la opinión pública por lo tanto, en una especie de teatro de los sueños calderoniano, donde nada es lo que parece. El gobierno interpreta un papel de “duro” y de “centralista” para el consumo interno de una parte de su electorado, que es nacionalista español. Al final aceptarán cambiar algo para que la sustancia del régimen, injusto y podrido, permanezca.

Cabe, no obstante una tercera opción: afrontar el problema. Hay tres maneras fundamentales de intentar resolver el desafío territorial. La primera es la declaración unilateral de la independencia. El modelo escogido por la pequeña ex-república yugoslava de Eslovenia, que en Diciembre de 1990 votó en un referendum, no reconocido por el gobierno federal, abrumadoramente en favor de la secesión de la montañosa república. Al final , como decia Schmitt, la autoridad política reside en una decisión fundante de un orden que se proclama soberano. Frente a esta facticidad no caben leyes, ni constituciones que puedan impedir que un pueblo asuma su destino. La vía unilateralista conlleva la posibilidad de una violencia fundadora de ese nuevo orden institucional. La mayor o menor violencia dependera de la fuerza relativa de los contendientes y sobre todo de consideraciones de orden geopolítico. Mientras que la vía de hecho eslovena a la independencia fue relativamente incruenta ( un breve conflicto armado de diez días en Junio de 1991 con varias decenas de muertos), la vía croata dio lugar a una sangrienta guerra que se prolongó durante cuatro años . La segunda sería la resolución del conflicto dentro de los propios cauces institucionales del estado. Mediante una reforma constitucional (limitada según el procedimiento del art 167 o de amplio calado con la vía del art 168). Esto requeriria de amplios consensos políticos y básicamente no alteraría en demasía las bases en las que descansa el sistema de 1978, pues aunque la constitución española no contiene contenidos irreformables en teoría, en la práctica ciertos poderes fácticos no permitirían cuestionar cosas como la monarquía o la indisolubilidad de la nación. La otra opción que plantean algunos es acudir al artículo 92 de la constitución para dar cobertura legal a una consulta sobre el estatus político catalán. Es muy discutible jurídicamente la constitucionalidad de dicha aplicación del art 92 para la consulta catalana además de ser políticamente ineficaz, en la medida en que el resultado de dicha consulta no sería vinculante, lo que sería una forma de engañar políticamente a los que participaran en ella .

Sólo serviría como térmometro del nivel de desafección de buena parte de la sociedad catalana con la vertebración territorial del estado. Algo por otra parte ya bastante evidente sin necesidad de celebrar esa consulta.

La única manera de salir del bucle al que nos condenan las filosofías que sustentan lo que llamé en mi anterior artículo, el bostezo catalán, es optar por la política en mayúsculas. Si ninguna organización política es capaz de reclamar un proceso constituyente verdadero, que no parta de líneas rojas infranqueables, deben ser los ciudadanos los que así lo demanden, a través de movilizaciones sociales que pidan elecciones constituyentes en todo el territorio del estado y donde el pueblo decida sobre todas las cuestiones; políticas (república), territoriales (federalismo asimétrico, confederación, derecho de autodeterminación, centralismo.............) económicas (alternativas al capitalismo, socialismo democrático, economía colaborativa, decrecimiento, estado del bienestar o neoliberalismo).

La única manera de resolver un pseudo problema, derivado de un uso oscuro e interesado del lenguaje, es plantear el debate en los términos más claros posibles, para que sea la ciudadanía con su voto la que se erija en arbitro de la problemática de esa España invertebrada que decía Ortega.

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