A estas alturas de septiembre, el asunto del referéndum del 1-O se ha convertido en un enorme culebrón donde estamos dilapidando prácticamente toda la energía política del país. Mientras la atención mediática se centra, semana tras semana, en el pulso Madrid-Barcelona, la corrupción sigue impune, la crisis sigue sin estar resuelta y el cambio climático nos muestra sus dientes en forma de una sequía atroz. Ni siquiera la enorme pérdida de tiempo de los debates políticos está sirviendo para realizar una reflexión acerca de la organización territorial y el modelo de estado que queremos (¡o confederación de estados, o lo que sea!).

Cada vez tengo más la sensación de que este país avanza en la dirección justamente contraria hacia donde debería ir. Quizá sea porque mi visión de la realidad está sesgada o quizá porque me empecino en buscar los caminos erróneos, pero, si no tengo la suerte de equivocarme, los que no tienen ni idea de lo que está pasando en el mundo y están haciendo todo lo contrario a lo que deberían son los líderes que nos gobiernan. Porque lo peor de todo lo que se mueve alrededor del Procés catalán no es el hecho de que Cataluña llegue a independizarse, sino cómo se llegue o no se llegue a ese resultado. El conflicto catalán lleva camino de convertirse en una tortuosa y larga agonía que absorba toda nuestra energía colectiva y haga que nos pasemos años, años y más años en una contienda que puede llegar a las más altas cotas de degradación moral o, incluso, convertirse en una guerra.

Estamos en años de decrecimiento, de cénit del petróleo y crisis ecológica global, años en los que ni siquiera los votantes de Trump pueden ignorar un cambio climático que se va a sentir con especial intensidad en un país del mundo: España, el frágil Mediterráneo. Los españoles no deberíamos ser tan tontos de perder el tiempo en discutir si se imprimen las papeletas de un referéndum, se compran urnas o se ponen las fronteras en un lugar u otro.

Sabemos bien que la transición a una sociedad más resiliente frente a la crisis climática y energética es posible. Sabemos que técnicamente podemos hacerlo, sabemos que hay ya experiencias de otras formas de vivir que nos permiten superar este capitalismo consumista que (también sabemos bien) no tiene recursos para durar muchas más décadas. Sabemos que vamos a tener que volver la mirada a esa tierra que tenemos tan abandonada, que vamos a tener que prestar especial atención a la agricultura porque es el sector clave para gestionar el cambio climático, es uno de los más afectados por la crisis energética y es vital para nuestro sustento. Sabemos que tenemos que prestar atención al mundo rural porque no podemos permitirnos el colapso demográfico de la España Vacía, sabemos también que tenemos que mantener la sociedad unida a base de solidaridad, equidad y respeto a la justicia y eso requiere extirpar el cáncer de la corrupción.

Pero para que todas esas cosas se hagan realidad hace falta el ingrediente básico, el más importante: voluntad política. Y ese ingrediente requiere la atención de una sociedad que debata sobre esos problemas, de unos medios que hablen de esos problemas, de unos políticos que se sientan presionados a actuar sobre esos problemas. Pero ¿dónde está la atención de los españoles y españolas, de sus políticos y de sus medios?: en el enfrentamiento de las dos macro-ciudades que absorben el poder, las miradas y los recursos. Muy lejos de la tierra que se está desertificando, de los pueblos que están muriendo, de los barrios populares sumidos en la resignación y la desesperación.

Y es que vivimos tiempos de colapso y los colapsos se pueden navegar más o menos aceptablemente, pero sólo si se es muy conscientes de los problemas y no se pierde el tiempo en tonterías. Y nuestra historia no nos da buenas noticas en ese sentido, la historia de España muestra que somos un país muy proclive a generar situaciones de colapso y muy dado a no saber resolverlas.

Un colapso es una caída brusca de la complejidad y nivel de consumo de una sociedad, y se debe a que ésta entra en dinámicas de sobrexplotación. Cuando una sociedad crece por encima de lo que le permite su base de recursos naturales y/o humanos, se convierte lo que llamamos coloquialmente un gigante con los pies de barro. Si, a mayores, la sociedad quiere seguir creciendo, sólo puede hacerlo a costa de destruir su propia base: haciendo crecer su “cabeza” (sus elites) a costa de deteriorar más y más sus “pies” (clases trabajadoras y ecosistemas). Esta sobrexplotación hace que la base social y ecológica se resquebraje y se produzca una caída súbita y dramática.

El imperio español es un claro ejemplo de colapso motivado por la sobrexplotación de su base social y el egoísmo de sus elites. En el siglo XVII el imperio asfixia su base campesina e industrial, especialmente en el reino castellano, para mantener sus posesiones en Europa y América y poder así competir con otras naciones europeas (naciones de suelos más fértiles que los de las frágiles Mesetas ibéricas).

La única manera de remontar un patrón de colapso es volver a alimentar la base social y ecológica. Esto es algo que no se consigue en España con los sucesivos intentos de reforma ilustrada, que tienen más o menos éxito en las ciudades, pero desprecian lo campesino y siguen poniendo la frágil economía de los pueblos al servicio de las ciudades. Tampoco durante los siglos siguientes se consigue cambiar la tendencia de las elites a sacrificar la base social para sostener la grandeza de la nación.

Esta España que nunca se ha recuperado a fondo de sus colapsos sigue repitiendo sus errores. Después del pinchazo de la burbuja inmobiliaria de 2008, el gobierno de Rajoy vuelve a repetir los patrones colapsistas. Salva a las élites a costa de las clases trabajadoras e ignora los factores que amenazan la base biofísica de la economía: el cambio climático y la enorme dependencia energética del exterior. España es, de nuevo, un país muy frágil que intenta mantener su estatus de gran país europeo a base de sobrexplotar a su población.

No es extraño que, en estos momentos, Cataluña busque independizarse de ese Estado-imperio y sus nefastas dinámicas. Sin embargo, hasta el momento, el Procés, sólo está sirviendo para convertirse en una trifulca monumental que eclipsa las iniciativas que intentaban desde 2011 combatir el egoísmo de las elites. De esta forma, al atacar sólo una de las tendencias (la centralización) y olvidarse de las otras (el egoísmo de las elites, la fragilidad biofísica), el Procés consigue alimentar esas otras dinámicas perniciosas y termina apuntalando al enemigo contra el cual lucha.

En estos momentos España necesita, sobre todo, huir de los patrones de colapso y para ello debemos cuestionar profundamente esa mentalidad imperial que tenemos grabada en nuestro ADN colectivo. Es preciso criticar el egoísmo de las elites y recuperar el respeto por el pueblo (lo cual implica escucharle y promover todo tipo de consultas); es preciso penalizar la especulación financiera y centrarse en la economía realmente productiva, la tierra, la energía y el medio rural. Esto no es nada fácil estando, como está, el gobierno en manos de un partido basado en los imaginarios de la grandeza imperial y con un Procés que estimula enormemente la tradicional bicefalia Madrid-Barcelona, esa bicefalia que sume en el olvido al resto de los territorios y desconoce lo que es el medio rural.

Huir de los patrones de colapso es vital y es bueno para todos. Es vital para los catalanes, que podrían embarcarse en un agotador proceso independentista que solo sirva para repetir, a menor escala, los vicios del imperio del que quieren huir. Es vital para el resto de España que ve cómo la lucha contra el independentismo catalán alimenta un nacionalismo español que usa la bandera para tapar la España trabajadora al borde de la pobreza, la España Vacía al borde del colapso demográfico y la España física al borde de ser tragada por el Sahara. Y, sobre todo, aunque no lo parezca, es vital para las elites, que están siendo muy irresponsables y deben tomar consciencia de su egoísmo y también de su necedad, porque su propio poder se basa en el bienestar de esa base social que están destruyendo.

Vayamos más allá del enfrentamiento y empecemos a reinventar una convivencia que no esté viciada de las dinámicas colapsistas imperiales. Para ello, como argumentaba José Luis Villacañas, podemos utilizar idea de recuperar la confederación de los reinos hispanos que fue anterior al imperio. Pero sería deseable que, en lugar de mirar al pasado medieval para construir esta nueva identidad (como hicieron las Autonomías), mirásemos esta vez al futuro: un futuro marcado por el reto del cambio climático. Volvamos la mirada hacia esas biorregiones que compartimos y debemos gestionar cooperando. El cambio climático no va a respetar las fronteras ni va a ser frenado por ninguna bandera. Dejemos de dar importancia a esas fronteras administrativas y políticas que nos hacen perder nuestras energías en luchas estériles y centrémonos en la cooperación frente a los gravísimos problemas ecológicos, energéticos y sociales que nos afectan a todos.

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