El PPSOE, Cs y un no adscrito se han hecho hoy trampas al solitario de la Memoria Histórica en la ciudad que “en la jornada del dieciocho de Julio (de 1936) (…) dio resonancia guerrera al primer eco azul de las camisas falangistas y de los uniformes militares y de las fuerzas de orden público, aplastando la resistencia del notable foco marxista que venía preponderando en la ciudad”.

Cosas de esas sin importancia por las que a una ciudad entera le regalaban en tiempos de una dictadura no siempre condenada una laureada para el escudo. Y que escurra la sangre hasta que se seque. Y una vez seca, para qué quitarla si hay que frotar conciencias.

Debatir a estas alturas si es o no ignominiosa la concesión de una distinción franquista en forma de laureada acaba siendo una excusa gratuita para consentir un fariseo acto de contrición del partido fundado por los herederos de la dictadura.

Es puro equilibrismo intelectual caminar por el argumento de que se puede repudiar con profundo dolor un regalo sin devolverlo del todo. El alambre es demasiado fino. Como el papel con el que algunos se la han cogido hoy (Charo Chávez, dixit) para intentar hacer creer que los significados en la memoria colectiva que pide verdad, justicia y reparación, se pueden borrar con un ctrl.+alt+sup .

El regalo franquista debería desaparecer del escudo de la ciudad. No porque hoy con dignidad y razón lo hayan pedido Toma la Palabra, Sí se Puede, la ARMH y los vecinos. Sólo para hacer cumplir la ley. Porque si estuviera cumplida, no haría falta tapar una laureada manchada de sangre con necesarios bautizos discrecionales de nuevas calles en unos casos, a mayor gloria del párroco en otros.

No es que los tiempos estén como para que el laurel te arruine el guisote nacional, pero, dicen, conviene no dormirse sobre él.

Es verdad que una laureada de San Fernando no la tiene cualquiera. Sólo hay que leer los requisitos. Te la dan (entre otras muchas cosas muy difíciles y muy patrióticas) por “un servicio realizado que suponga una superación excepcional del deber, al implicar significativos sacrificios y riesgos, incluso la pérdida de la propia vida”.

Si no fuera porque estoy convencido de que hoy Rafaela Romero, Rafi, literalmente, no se ha jugado la vida, abriría una cuenta de esas pidiendo firmas para que se le concediera. Estando los partidos como están, sabiendo como se las gasta y lo caro que venden algunos un gramo de sacrificio, la única concejala socialista del Ayuntamiento de Valladolid que ha votado a favor de borrar del símbolo el significante que tanto debiera significar para quien milita según dónde, cómo y para quién, se lo merece.

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