No todas las noches se sueña ni, cuando sucede esto, se tienen sueños fértiles. Las escasas noches en las que sueño, cuando despierto, me coloco frente a Freud y me pregunto por el significado de esas ensoñaciones, con frecuencia tan disparatadas como volátiles. Son sueños en los que enlazo largos discursos, entre filosóficos y literarios. Me cuesta recordar el sueño entero. Simplemente tengo la sensación de que he vivido una historia larga de la que solamente recuerdo el final. Mi buen amigo Ángel G. Chueca, persona comprometida como pocos con la democracia y los derechos humanos mientras vivió, soñaba en voz alta en los años finales de los sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, y lo hacía conjugando verbos en latín. Vivíamos juntos en un piso de estudiantes y, cuando se lo recordaba, él nunca se acordaba de haber tenido pesadilla alguna; pero aquellas conjugaciones de verbos latinos, fueran regulares, irregulares, defectivos, deponentes o semideponentes, constituían el mecanismo de defensa que había desarrollado por si algún día la policía franquista lo detenía: que al menos, mientras durmiera, no desvelara sus deseos secretos de democracia ni los nombres de las personas con quienes los compartía.

Solamente recuerdo, como me pasa con frecuencia, que he pasado la noche del día 3 al 4 de octubre hilvanando un discurso teórico sobre el significado del diálogo. Cuando me sucede esto -y me sucede con frecuencia-, me despierto con la intención de coger la pluma y reproducir ese proceso hermenéutico, pero siempre me sucede lo mismo: solamente me viene a la memoria una idea vaga, general, del entretenimiento que han tenido mis neuronas durante la noche y del final del mismo -¡qué razón tenía Leíbniz cuando descubrió el inconsciente!-. Sin embargo, tengo siempre la sensación de haber elaborado un texto largo, claro, analítico y bien estructurado sobre alguna cuestión, que, una vez despierto, soy incapaz de reproducir con la pluma. Si, al menos, declinara verbos latinos en voz alta y mi familia me lo recordara, podría reproducirlos sin dificultad alguna, pero es que estos sueños fluyen en silencio, en el secreto mundo de las sinapsis neuronales nocturnas, como el flujo fértil de un mundo de ideas que se han alborotado, cuando se han visto libres, y que se resisten a ser capturadas por la pluma y a permanecer visibles y estáticas en un papel. Pero las ideas o, mejor aún, los conceptos, que se transmiten como palabras, aunque puedan ir sumando acepciones distintas, se resisten al cambio. Son unidades vertidas hacia sí mismas, hacia su propia interioridad, mónadas sin ventanas, como las leibnizianas, con vida propia, que se diferencian de las demás. No hay más que consultar el diccionario para percatarse de que cada palabra tiene vida propia, significa algo, una entidad que es algo, una mónada, en sí misma. Cada una de las acepciones de cada palabra constituye una unidad significativa, algo que tiene sentido y significado, diferente de cualquier otra, a pesar de la proximidad que pueda tener con cualquiera otra. Vemos dos cantos rodados y, a pesar de su parecido, cada uno es diferente del otro: algo parecido les sucede a las palabras.

Tras el discurso del Rey Felipe VI del pasado 3 de octubre y tras las críticas que ha recibido por no haber hecho un llamamiento explícito al diálogo, aunque habló de entendimiento y concordia, algo que parece que ha pasado desapercibido, he pasado la noche dando vueltas al concepto de diálogo. Lo he imaginado etimológicamente, que tanto en latín (dialogus) como en griego (διάλογος) significan conversación, flujo de las palabras entre las personas, intercambio de opiniones, algo que me ha parecido insuficiente. Inmediatamente he recordado que es “un acto de conversar, discutir, preguntar y responder entre personas asociadas en el interés común por la investigación” (Aristóteles), uno de los caminos para encontrar la verdad (Agustín de Hipona). Lo he recordado, además: como acción comunicativa dirigida a otros con el fin de buscar acuerdos (Jürgen Habermas); como parte fundamental del sistema de garantías, reconocimiento y expectativas que tienen los ciudadanos en una democracia y, por consiguiente, como el recurso fundamental que tenemos para la coexistencia pacífica (Norberto Bobbio). Y, cuando he llegado aquí, la voz de la razón -no podía ser otra sino ella- me decía que, para dialogar, los interlocutores deben sentirse todos ellos en un plano de igualdad y tener confianza y respeto mutuos; que deben pretender compartir las ideas, su concepción de la realidad, sus preocupaciones y defenderlas con y fundamentarlas en argumentos sólidos; que deben tener la actitud de escuchar, es decir, que, en el proceso dialogal como sucede en la música, el silencio es fundamental, porque quienes dialogan deben oír y reflexionar conforme oyen a los demás -que es lo que significa escuchar- y, en última instancia hablar para aportar ideas nuevas, y algo importante -porque esa voz interior que me hablaba lo ha hecho ahora con más énfasis, subrayando lo que veía a continuación- que deben estar realmente dispuestos a ser convencidos por sus interlocutores. He despertado y, en ese momento, me ha venido a la memoria el cuadro de Francisco de Goya Duelo a garrotazos. ¡Cuánto habrían adelantado quienes alzaban su cayado el uno contra el otro si se hubieran sentado a dialogar o, al menos, a hablar! El habla, el simple acto de hablar constituye la condición mínima exigible para que exista comunicación; el diálogo requiere el habla, pero no se identifica con ella.

Desde que en 1689 John Locke publicó su Carta sobre la tolerancia (Epistola de tolerantia) sabemos que la tolerancia es el valor, la actitud mínima, que hace posible la convivencia en paz. No está mal la tolerancia como valor político, pero mejor nos iría aún si superáramos la tolerancia, que con frecuencia traducimos como soportar, sufrir, padecer o aguantar al otro, y ésta fuera sustituida por el respeto, entendido como miramiento, consideración y deferencia (DRAE), que tiene únicamente connotaciones positivas respecto de la dignidad del interlocutor y que nos coloca a todos en un plano de igualdad. El respeto requiere la existencia de tolerancia, pero no se identifica con ella. Sabemos desde siempre que el diálogo es el único instrumento que posibilita el entendimiento y la concordia, que permite llegar a acuerdos y, por tanto, a compromisos comunes -compartidos- y llevar una vida en paz. Sabemos también que las libertades de pensamiento y de expresión exigen la existencia del diálogo, sin el cual aquéllas se convertirían en armas arrojadizas contra los otros, en instrumentos de agresión y dominio. Conocemos los caminos que conducen a la armonía y la paz. Sabemos que los prejuicios y los mitos junto, entre otras cosas, al individualismo, el egocentrismo y el deseo de poder, que conforman esa parte oscura del ser humano que nubla la razón y los sentimientos positivos, cortan los senderos de la convivencia en paz. Seguramente la mejor siembra que podemos hacer y recibir a través de la educación sea el aumento y acrecentamiento de la actitud de lucha contra la propia oscuridad (Albert Camus).

Ahora que, una vez despierto, me he puesto a pensar y a buscar en el reservorio de la memoria, me percato de que también se sueña despierto: ¡qué larga es la mano de la retórica, los prejuicios y los mitos! ¡Qué nefasta la propaganda y la manipulación educativa! La memoria me coloca ante el problema del independentismo catalán y siento en mí mismo, como ciudadano, los garrotazos de la oscuridad de la que hablaba Albert Camus en El hombre rebelde, frente a la que no cabe contestar con sus mismas armas sino con las que provee la racionalidad y el Estado de Derecho. Algunos piden ahora diálogo, como si el Estado de derecho tuviera que ponerse al mismo nivel que el delincuente y confunden diálogo con el hecho de hablar o con una transacción; lo confunden con sentarse a una mesa y, como mucho, con ponerse de acuerdo para realizar un trato, un convenio o un negocio, o todo a la vez. Seguramente, para seguir viviendo en paz, haya que transigir, es decir, haya que consentir en parte con lo que no sea justo y convenir en algún medio que parta la diferencia de la disputa (DRAE); pero nunca debería hacerse con quienes han puesto en riesgo la convivencia, roto el pacto social y se han erigido por encima de la constitución y del estatuto de autonomía. Con ellos podremos hablar, pero, mientras persistan en su acción delictiva, nunca deberemos pactar y menos aún dialogar: la justicia sabrá lo que tiene que hacer con ellos. Estoy seguro de que hay muchos catalanes dispuestos a tender puentes en aras de una convivencia y un futuro común y en paz. Quienes nos han puesto al borde del abismo piden ahora intermediación, algo que el Estado de derecho no necesita. En todo caso: ¡hablemos! A ver si la palabra abre cauces a la razón.

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