En «Marisa en los bosques» coexisten la imperiosa necesidad de quien realiza su primera película de volcar todo su potencial creativo ante la amenaza de que, si la apuesta no resulta, no vaya a haber una segunda oportunidad, junto con la sorprendente originalidad y frescura de la propuesta, que, pese a sus defectos, que los tiene, y no hay que ocultarlos, y sus evidentes referencias cinéfilas, compone un retrato generacional en el que se respira honestidad, virtuosismo, esperanza y vitalidad. Una película en la que un personaje asume, desde el primer momento, todo el peso de la acción y lo hace desde la absoluta revelación de encontrar a una de las actrices más prometedoras para el futuro del cine español, Patricia Jordá, conocida en los circuitos del off teatro madrileño pero que asume el absoluto protagonismo de la película hasta el punto de resultar imposible imaginar el resultado con otro rostro, con otra presencia, con otra dicción, algo que, también, provoca desajustes en el ritmo y en la credibilidad del conjunto porque casi ninguno de los demás intérpretes es capaz de dar una réplica del mismo nivel. Es más, quien escribe no acaba de comprender como esta mujer ha podido permanecer hasta este momento sin rodar más que una película previa, y cómo desde que comenzó la carrera por festivales de «Marisa en los bosques», su currículo permanece igual de vacío en cuanto a películas terminadas. Claro que, si a eso vamos, igual de desesperante y absurdo resulta que una película que viene siendo unánimente elogiada desde el festival de Sevilla del año pasado, casi un año después, permanezca sin estrenarse en nuestras pantallas inundadas, semana tras semana, de inmundicia o irrelevancia visual.

 

 

 

 

 

 

 

 

MARISA EN LOS BOSQUES.

España. 2016.

Título internacional: Marisa in the Woods.

Dirección: Antonio Morales.

Guión: Antonio Morales.

Intérpretes: Patricia Jordá, Aida de la Cruz, Mauricio Bautista, Carmen Mayordomo, Resu Morales.

Edición: Sergio Jiménez.

Fotografía: Dani Lisón.

Música: Mursego, Löpez, Palo Alto, Putirecords.

Marisa no deja de ser reflejo de una generación que se acerca rápidamente a la pérdida definitiva de la juventud sin haber conseguido los objetivos de la edad madura, sin trabajo, sin relaciones estables, con un optimismo vitalista (que emparenta su personaje con los fuertes personajes femeninos de Matías Piñeiro aunque la espontaneidad de los diálogos y situaciones recuerdan más al primer Almodóvar y a la comedia madrileña de los 80 que al juego intertextual metacinematográfico del director argentino) que choca con la realidad del día a día frente a la que sobrevive volcando su dedicación a ayudar, en este caso, a una amiga desengañada amorosamente por alguien que, en el pasado de Marisa, también introduce en ella el elemento culpabilístico a purgar. En esa dedicación personal Marisa oculta sus deficiencias, utiliza esa ayuda desinteresada para disimular sus carencias económicas, afectivas y laborales, de ahí que, tras una escena de complicidad íntima entre las dos amigas, donde Marisa le cuenta a su amiga Mina, somnolienta, la película que ya no puede seguir viendo y la muerte de Lillian Gish en pantalla, un hecho inesperado, doloroso y que vacía de sentido la vida diaria de Marisa trastoca su situación, y al tiempo, modifica la comedia amable, la tragicomedia donde lo cómico y lo serio se confunden, en una road movie urbana y peatonal con un personaje absolutamente desorientado a la búsqueda de un reencuentro consigo misma, aunque sea mediante el recurso surrealista y onírico de la magia, el sueño y el definitivo ajuste de cuentas que libere su mente de una carga demasiado pesada.

Fotograma de Marisa en los bosques.
Fotograma de Marisa en los bosques.

Marisa, acostumbrada al mundo de la representación, del artificio, de la palabra meditada para impactar al espectador, dramaturga sin escenario sobre el que representar, se encuentra, de la noche a la mañana, absolutamente perdida ante un escenario en el que ya no cabe representación alguna porque es necesario actuar de cara, lo que produce inestabilidad absoluta en sus reacciones. Por eso ese deambular madrileño por ambientes muy identificativos de ese «otro Madrid» alternativo, medio canalla, noctámbulo, festivo y colocado, que retrotrae a otras épocas, va sumiendo a Marisa en un estado melancólico depresivo a la vista de que su apuesta no consigue conectar con algo que la libere y la vuelva a reflotar. Dejarse llevar por las caricias de un desconocido es un plan atrayente que la realidad de una compulsiva comedora de gambas puede destrozar demostrando que la realidad siempre es más feísta que los sueños que podemos imaginarnos despiertos. «Estoy bien, sin trabajo, sin novio, sin perspectiva de futuro......estoy bien» es el modo con el que Marisa se enfrenta a su presente de manera elusiva, falsamente optimista pero en pie, porque hay, a su alrededor, una realidad que aún se percibe mucho peor, pero hay otra parte de esa realidad, la que desea acostarse con Marisa y con quien la joven tontea sin que la raya vaya a ser traspasada nunca que le dice la verdad, «eres una paciente (psiquiátrica) en potencia». Personaje confuso y confundido, su deambular errático por Madrid, vestida como si se dirigiera a las carreras de Ascott la conducen directamente a la marcha del orgullo gay tras deambular por el barrio de Chueca, incrementando esa sensación de pérdida, de abandono, de falta de rumbo, algo que Moralesconsigue perfectamente situando a la joven en medio de ese ambiente con el que no se la puede identificar y que provoca su extrañamiento. Ese progreso hacia la desconexión personal e íntima, Morales lo solventa con absoluta maestría, pues si durante 2/3 partes de la película ésta es reconocible, original sin renunciar a la referencia, autoparódica y sentimentalmente cómica, su tercio final desvela a las claras el potencial del director para pegar un giro radical a la historia eludiendo el lugar común y la fácil solución de autoayuda para embarcarse en un viaje onírico a plena luz del día, que asemeja esa conclusión a la evolución de narrativas como las de Damien Manivel o Paul Vecchiali, por hablar de dos ejemplos muy diferentes, y que emparenta a una adulta con la niña de «Nana» de Valerie Massadian, haciendo de ese encuentro entre niños y la joven de la mano de una maga en horas bajas, uno de los episodios cinematográficos españoles del último año más logrado, más conseguido y más emocionante desde la sencillez de hacernos creer que un parque madrileño puede convertirse en un bosque intrincado en el que cualquiera puede perderse definitivamente o encontrar la salida a los problemas personales que te bloquean. El camino de vuelta a casa se convierte así en un camino de baldosas amarillas en el que la despedida es seguir hacia adelante, escapar del peso negativo de un pasado para huir de la rutina empezando una nueva vida en la que, no es descartable, pueden volver a aparecer nuevos bosques. Recuerden estos dos nombres, Antonio Morales y Patricia Jordá, si no los vuelven a ver juntos o separados en las pantallas no será culpa de ellos ni de su falta de talento, sino de la miserable concepción que acerca de la cultura guardan muchos en este país.

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