Cuesta abrir el periódico cada mañana y permanecer tranquilo. La realidad, tanto la circunstancial como la histórica, es tan fuerte que resulta complicado no dejarse arrastrar por ella y caer en un pesimismo ciego y hasta en la inactividad, consecuencia del sentimiento de impotencia y derrota. Para no caer en este estado, es preciso realizar un ejercicio de autorreflexión y autocontrol que no resulta fácil. Aunque este sentimiento no es nuevo, en los tiempos que corren parece que se ha generalizado al menos en España. Es un sentimiento que viene de lejos. Gabriel Celaya, por ejemplo, ya se hacía eco de él en Tranquilamente hablando (1947), cuando decía: “Todas las mañanas cuando leo el periódico // me asomo a mi agujero pequeñito […] / Y escucho. No lo entiendo.” [Porque] “hay mañanas que resultan / excesivamente luminosas // […] Me dolían los ojos de tenerlos abiertos”, afirmaba en otro poema. Yendo un poco más allá en el tiempo, nos encontramos, por ejemplo, con los artículos de Mariano José de Larra o con la preocupación, si no el pesimismo, que José Ortega y Gasset manifestó, por ejemplo, en España invertebrada. Pero el hecho de que no sea nuevo no significa que no duela ni preocupe el tiempo que nos toca vivir. Parece que los rigores del verano que hemos padecido, ha nublado la mente a más de uno. ¡Qué premonitorio aquel “Fiat umbra! Brotó el pensar humano” de don Antonio Machado (Juan de Mairena)!

Qué reveladora es la lectura de don Antonio Machado y de Luis Cernuda, y de los grandes poetas. Su lectura ayuda a conocer lo que acontece y, en concreto, el pasaje arriesgado por el que transitamos España y los españoles. Es lo que sucede con los clásicos, que permanecen vivos precisamente por su visión intemporal de la realidad. Cuando escribo este artículo, no sabemos con certeza si en Cataluña han aprobado o no la declaración unilateral de independencia, un riesgo, el de la D.U.I., que me hace pensar en aquellas palabras de don Antonio Machado premonitorias del franquismo, que siguen siéndolo ahora mismo y que permiten ver lo poco que hemos aprendido de nuestro pasado más difícil y cruel: “[…] Fue un tiempo de mentiras, de infamia. A España toda, / la malherida España, de Carnaval vestida / nos la pusieron […] / Mas cada cual el rumbo siguió de su locura; / agitó su brazo, acreditó su brío; / dejó como un espejo bruñido su armadura / y dijo: ‘El hoy es malo, pero el mañana… es mío’” (A. Machado, “Una joven España”). Nos hemos olvidado de que la democracia, se fundamenta en el diálogo y de que “para dialogar, / preguntad primero; / después… escuchad”, enseñaba el propio Antonio Machado. En medio de un posible choque de trenes definitivo entre los independentistas catalanes -que no es lo mismo que Cataluña- y el resto de España, nos preguntamos qué es España y de qué país somos, de la misma manera que se lo preguntó Luis Cernuda, un poeta de la Generación del 27 que vivió en el exilio, donde murió (México, 1963), veinticinco años de su vida: “De qué país eres tú, / Dormido entre realidades como bocas sedientas, / Vida de sueños azuzados, / Y ese duelo que exhibes por la avenida de los monumentos, / Donde dioses y diosas olvidados / Levantan brazos inexistentes o miradas marmóreas. // […] El país es un nombre; / Es igual que tú, recién nacido, vengas / Al norte, al sur, a la niebla, a las luces; / Tu destino será escuchar lo que digan / Las sombras inclinadas sobre la cuna. // Una mano dará el poder de sonrisa, / Otra dará las rencorosas lágrimas, / Otra el puñal experimentado, / Otra el deseo que se corrompe, formando bajo la vida / La charca de cosas pálidas, / Donde surgen serpientes, nenúfares, insectos, maldades, / Corrompiendo los labios, lo más puro. // No podrás pues besar con inocencia, / Ni vivir aquellas realidades que te gritan con lengua inagotable. / […]” (Luis Cernuda)

Tras la aprobación de la constitución, la superación del 23-F y la entrada de España en la Unión Europea, los españoles habíamos creímos que nos habíamos garantizado la estabilidad y la paz política. Hasta hace poco, en realidad hasta el desafío soberanista catalán, los españoles vivíamos confiados en que habíamos garantizado la estabilidad y la paz. El anuncio del cese definitivo de la violencia armada por parte de ETA (20-X-2011) vino a aportar un balón de oxígeno a esa actitud de los españoles. Pero la confianza, o sea, la esperanza o la seguridad que uno tiene en algo o en alguien es una actitud puramente subjetiva; no deja de ser un “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea” (D.R.A.E.). Durante mucho tiempo pensamos que España era el problema y Europa la solución, como decía José Ortega y Gasset antes del verano de 1914. Pero parece que “la vida del hombre es una lucha contra la malicia del hombre” (Baltasar Gracián, El arte de prudencia, § 13). No tenemos bastante con lo sucedido en España en nuestra historia reciente, desde las guerras carlistas (1833-1876) a la guerra civil (1936-1939): ¡cuatro guerras civiles en cien años! Ojalá hubiera acertado Cicerón cuando dijo que la historia es testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria y maestra de la vida (De oratore), porque, para el español doliente, nuestra historia es “cansada tierra” (J.L. Borges).

Quizá las tensiones producidas por el nacionalismo catalán hayan provocado la obsolescencia de Puigdemont -y de los puigdemont- y, por qué no, también de Rajoy, y la necesidad de la regeneración del Partido Popular; aunque, en este caso último, la duda seguramente se quedará en deseo y frustración para muchos españoles. Puestos a expresar deseos, ojalá ahora se cumplieran los de Santiago Ramón y Cajal, cuando decía, poco antes de su fallecimiento: “Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculte que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante más de tres decenios por la pasión o prejuicios seculares, son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas”. (Santiago Ramón y Cajal, 1934). En la actualidad, la CUP está haciendo el trabajo sucio que perseguían los independentistas al menos desde Valentí Almirall (1841-1904) y Enric Prat de la Riba (1870-1917), si no desde los catalanistas Próspero Bofarull y Mascaró (1777-1859), que manipuló le edición del Llibre del Repartiment del Regne de València, con el objetivo de engrandecer el protagonismo de los catalanes en la conquista del reino de Valencia por parte del ejército de Jaime I, y de su sobrino Antonio Bofarull y Broca (1821-1892), que manipuló el relato histórico de la Corona de Aragón sustituyendo el concepto de “Corona de Aragón” por el de “Corona Catalano-Aragonesa”, aunque Cataluña nunca fue un reino.

Si la lectura sirve para algo, cuántos quebraderos de cabeza nos habría evitado la lectura reposada de Baltasar Gracián: porque algunos nunca llegan a ser cabales y otros tardan en hacerse (Arte de prudencia, § 6). “Pero si la sabiduría y la mala voluntad se juntan en una misma persona, producen una monstruosa violencia. La intención malévola es un veneno que daña tus perfecciones y, ayudada del saber, la maldad es mayor” (Ibídem, § 16). A quienes se han creído el producto de tanta manipulación informativa y de la historia de España, y han creído que la independencia trae consigo la Arcadia Feliz, Gracián les diría, por ejemplo, que “[…] Nunca lo real ha igualado a lo imaginado, porque es fácil concebir algo perfecto, pero muy difícil realizarlo con exactitud. La imaginación se casa con el deseo y crea una fantasía que es lejana a lo que puede dar la realidad” (Ibídem, § 19). Este pensador universal, renacentista, aragonés, nacido en Belmonte, una aldea que fue pedanía de Calatayud (Zaragoza), que vivió algunos años en Tarragona, Lleida y Girona, recomendaba caminar siempre “a la luz de la razón”, porque “más vale un grano de cordura que muchas arrobas de intrepidez” (Ibídem, § 91). A los independentistas catalanes y hasta es posible que a muchos de nosotros se nos ha olvidado que “[…] hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza”. (Marco Aurelio, Meditaciones)

Hay mucha sinrazón en el día a día y en la historia: la oscuridad abunda por doquier. La sinrazón enloquece, la manipulación esconde la realidad e impide encontrar verdad alguna, el individualismo y el egocentrismo impiden ver a los otros como nuestros iguales, los mitos contribuyen a perpetuar la mentira, el miedo somete e impide actuar con libertad y todo ello junto se convierte en un caballo de Troya para la convivencia en paz y armonía. Destruidos los valores democráticos, pisoteada la fraternidad, el respeto, la libertad, la fraternidad, la ayuda mutua, la decencia y la justicia, por más intentos que Laocoonte haga para sacarnos del pozo de falsedades y mentiras en el que vivimos, como intentó en Troya frente al engaño del caballo de Troya urdido por los griegos, no podrá salvarnos de caer por el precipicio. Y, lo que es peor, heridas las sensibilidades mutuas, ¿quién podrá restañar las heridas y cuánto tiempo tardaremos en superarlas?

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