La muerte. Esa señora tan incómoda que cuando viene a visitarnos lo pone todo patas arriba.

Los niños y la muerte.

No hace demasiados años, se moría el abuelo y toda la familia, incluidos los benjamines vivenciaban ese trance como lo que verdaderamente es, la otra cara de la vida. Un momento para abandonarse al sufrimiento con el mismo brío que después uno se entrega a algún festejo familiar. Ahora ya no.

En esta desconcertante era de asepsia emocional, hemos borrado cualquier asomo de cercanía y desnaturalizado por completo el proceso de despedirnos de un ser querido.

No tocar, no visibilizar, no oler la muerte, maquillar, disfrazar. Ponemos cristales y ostentosas flores que oculten cualquier vestigio de la parca.

Si mueres en un hospital, rápidamente te alejan de los vivos dolientes.

Si mueres en casa, ídem de lienzo… ¡qué el cuerpo inerte desaparezca veloz de la escenografía de los supervivientes! Con impactante celeridad se quitan el muerto de encima y lo retornan envuelto en papel celofán y… los niños, bien lejos. Este modo de obrar no ayuda.

Ellos viven la muerte con una naturalidad que ya quisiéramos para nosotros, es necesario recordar que vienen de allí… hace menos tiempo estaban en "ese lugar" y saben con esa clarividencia infantil, que los difuntos tan sólo retornan ahí, que todo gira y gira en un baile de eternidad perfecto.

Mi hijo. Mi pequeño clarividente ha perdido a su querida abuelita hace apenas un par de semanas. Hoy, mientras desayunábamos, en un intento de "Madre ejemplar" -“He leído todo lo habido y por haber… debemos verbalizar nuestros sentimientos"... Ya saben, ese discurso de MAMÁ hipster de la nueva crianza-le he preguntado si estaba bien, si se acordaba mucho de ella. Mi hijo me ha lanzado sus azules profundos para verbalizar:

“Mamá prefiero que no me lo recuerdes, porque así puedo seguir creyendo que sigue en la residencia y no se ha marchado”. Touché. -Y ha agregado-. “Soy un niño. No quiero hablar de emociones”. Tal cual.

Entonces hemos pactado que no volvería a mentárselo, a cambio, èl sí expresaría lo que necesitase -cuando lo necesitase- en relación al tema.

Más tarde, cuando se ha fijado en "lo chula" que es una lata de las de colacao -heredada de la abuela- y en el esplèndido òleo que preside el salón -pintado por sus manos- ha llegado la gran revelaciòn: "Aita siempre va a estar con nosotros”. Aún así ha insistido: “Sí Mamá, pero no hablemos de emociones”.

Perfecto -he pensado- mantendremos su presencia en las cosas cotidianas, en nuestro ajuar doméstico, sin embargo, nada de remembers a destiempo.

¡Qué sabios son estos pequeños maestros!

Los adultos y la muerte.

Cuando Papá fue a comunicarle la noticia, el rubito se adelantó y puso sonido al nudo en la garganta de su progenitor, en ese dolor silenciado se alojaba su desgarro por ver marchar a su progenitora. Papá mudo, amoroso y protector querría librar de todo dolor a su propio vástago.

“La abuelita ha muerto”. Expresó su voz infantil con increíble templanza. Después no hizo falta más que un abrazo.

Eso sí, la criatura me confesó a la mañana siguiente que le hubiese gustado asistir al entierro de su abuela. Hasta eso intuye… la trascendencia de la despedida.

Ni en el mejor libro hubiésemos encontrado una lección tan valiosa como que la que porta su mirada profunda de infante. Adioses y bienvenidas. Así es, Cohen.

Ya sé que lo sabes.

Descansa abuelita.

En memoria de Marisol Sánchez,

El Amor de Francisco Javier Valdés.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios