¿CON LA CRUZ A CUESTAS?

En 1620, Francis Bacon publicó una obra fundamental para la filosofía y la ciencia, su Novum organum. En ella, en el proceso de explicar el método inductivo, Bacon hablaba de cuatro “ídolos” que impedían el acceso al conocimiento. Los ídolos se asemejan a los prejuicios, son nociones falsas que generan percepciones y concepciones falsas de la realidad. Los “ídolos de la tribu” proceden de sostener que el ser humano es la medida de todas las cosas, lo que conduce a confundir nuestra concepción de las cosas con lo que éstas son en realidad. Los “ídolos de la caverna” se refieren a la propia naturaleza del ser humano que “lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de aquellos a quienes cada uno reverencia y admira […]”. Los “ídolos del foro” proceden de la vida social y del uso vulgar y mal construido del lenguaje que utilizamos para comunicarnos, porque “[…] las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo […]”, lanzando a las personas “[…] a controversias e imaginaciones innumerables y vanas”. Por último, Bacon habla de los “ídolos del teatro”, que podríamos asimilar hoy a los dogmas de las ideologías heredadas del pasado, que contribuyen a forjar “mundos ficticios y teatrales”. A estos cuatro ídolos, Max Scheler (1874-1928) añadió los “ídolos del conocimiento de sí mismo”, o sea, aquellas percepciones que proceden de nuestra propia percepción interna, que ni es necesariamente evidente ni está exenta de error. La consciencia de la presencia de “ídolos” en nuestro presente y en el pasado común allanaría el camino hacia el conocimiento, alejaría el error, frenaría la manipulación de la historia y nos colocaría más cerca de la verdad. Pero esto sigue siendo un deseo.

Desde que tenemos conocimiento de la historia de la humanidad, los humanos hemos crecido y creado historia construyendo relatos, que nos hemos creído porque necesitábamos asideros a los que agarrarnos para poder seguir viviendo y, en su caso, mantener nuestro statu quo de seres o de sociedad dominante. Ahí están las mitologías, cimiento de todas las civilizaciones, sean, por ejemplo, greco-romanas, egipcias o judeo-cristianas. En el caso de los mitos, no importa si los relatos son racionales o no lo son mientras sirvan para explicar emocionalmente el mundo y mantener a la sociedad tranquila y controlada. La historia de la humanidad demuestra el valor y el significado del poder que tiene la mentira.

Se puede engañar a los demás, pero la peor mentira es la que uno se cuenta a sí mismo. La manipulación de la historia y la de la información son ejemplos de esto. La verdad, como la mentira, la construimos los humanos. La realidad, que teóricamente es algo en sí, solamente es en tanto que conocida y contada, por lo que vive siempre alojada en el relato que construimos nosotros mismos. Siempre cabe el error, que se produce, entre otras cosas, por el uso de una metodología inadecuada o por falta de información, atención o capacidad del narrador, pero también cabe la mentira, que consiste en la construcción intencionada de un relato falso. Del error se sale cuando el narrador percibe su yerro, mientras que la falsedad está construida para que resulte difícil salir de ella. Las convicciones suelen convertirse en una cárcel que impide ver y comprender el horizonte de la verdad. Con frecuencia la mentira está construida a la medida de nuestras emociones, aspiraciones y deseos; de esta falsedad es muy difícil salir si no se manifiesta la verdad como un rayo de luz cegador, como el que derribó a Pablo de Tarso de su caballo, o si no existe pedagogo alguno que nos saque de la caverna, como le sucedió al prisionero del que habló Platón en su República.

Una cosa es esa cierta subjetividad que contiene todo acercamiento a la realidad y al intento de encontrarle sentido y significado, y otra bien diferente ser infiel no sólo a la verdad sino a la propia búsqueda de la verdad, como en los ejemplos que planteamos en la primera entrega de esta colaboración. El “en sí”, que puede representar la verdad ideal se convierte en un “para mí”, porque el saber y el deseo de saber siempre están ligados al ser humano, que desea de saber, y al modo de acercarse a la realidad, es decir, al conocimiento. Sin embargo, esa subjetividad no devalúa el conocimiento, cuando el acercamiento a la realidad la realizamos despojándonos, en la medida de lo posible, de todo tipo de prejuicios (“ídolos” los llamaba Francis Bacon) que heredamos y pueden rodearnos, y nos dotamos de un método que nos aleje lo más posible de la subjetividad. En el caso del historiador -y en el de los intelectuales en general-, la norma básica consiste en recurrir a las fuentes, ser respetuosos con ellas, atenerse a los hechos probados y demostrados y, siguiendo de alguna manera a Husserl, hacer “epojé”, es decir, “poner en suspensión” las doctrinas, las opiniones e incluso nuestra percepción actual de la realidad, cambiar la actitud respecto de los contenidos, relatos y seguridades que hemos heredado o nos hemos construido, desnudarnos de cuanto pueda prejuzgar la realidad. Esta es la actitud propia del intelectual y del científico verdadero. No se trata de negar cuanto hay, de renunciar a quienes somos o a lo que conocemos, sino de ser capaces de separarnos estratégica, metódicamente de todo ello, para conseguir que las manos trabajen con libertad y honradez, y para que no alteren lo que tocan. Pero esta es una actitud difícil de mantener que, como veremos en la próxima entrega, sigue siendo un horizonte deseado.

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