El día 12 de diciembre de 1930 se proclamó la república en una pequeña localidad aragonesa, Jaca.

La sublevación contra el régimen de la llamada “dictablanda” del general Berenguer fue llevada a cabo por dos capitanes al mando de 700 soldados de las guarniciones militares locales.

Berenguer, el “dictador blando” había sido nombrado Jefe de Gobierno por el rey Alfonso XIII. En su discurso de toma de posesión, Berenguer aseguró a la nación que su objetivo principal era “la pacificación del país y la vuelta a la normalidad constitucional” mediante la convocatoria de elecciones generales.

Durante todo el año 1930 se habían producido acercamientos y conversaciones entre las diferentes fuerzas políticas republicanas, que habían cristalizado en agosto con la firma del que se conoció como “Pacto de San Sebastián”, promovido por Alianza Republicana, y que logró reunir tendencias muy diferentes y afrontar con altura de miras y perspectiva política las diferencias que podían hacer imposibles los acuerdos mínimos imprescindibles.

Una de estas diferencias era precisamente la posición frente al problema catalán, que se trató en el apartado "Otros pormenores": "el problema referente a Cataluña, que es el que más dificultades podía ofrecer para llegar a un acuerdo unánime, quedó resuelto en el sentido de que los reunidos aceptaban la presentación a unas Cortes Constituyentes de un estatuto redactado libremente por Cataluña para regular su vida regional y sus relaciones con el Estado español, acuerdo extensivo a todas aquellas otras regiones que sientan la necesidad de una vida autónoma".

Era un punto de partida que desbloqueaba uno de los obstáculos que dividían e incluso enfrentaban a los partidos de la oposición: el tema catalán.

Estando así las cosas, las fuerzas republicanas comenzaron a trabajar para la instauración de la II República, y se formularon fechas y procedimientos. Una de las fechas barajadas fue el 12 de diciembre de 1930, pero enseguida se entendió que no existían condiciones suficientes para llevar a cabo una acción de aquel calado, que iba a requerir el consenso, la comprensión y el apoyo de la mayoría de los ciudadanos, por lo que los organizadores decidieron posponer la fecha.

Pero el día 11 de diciembre nevó mucho y los encargados de llevar la noticia de la cancelación de los planes a Jaca llegaron tarde. En la madrugada del 12, los capitanes Galán y García Hernández proclamaron un bando de apenas dos líneas, proclamaron la República desde el balcón del ayuntamiento de Jaca y colgaron la bandera tricolor por primera vez entre los gritos de alegría de los vecinos.

Pero el sentimiento republicano no era unánime, y se produjeron enfrentamientos en las calles de Jaca entre los sublevados y las fuerzas que intentaron impedir el pronunciamiento, pertenecientes sobre todo a la guardia civil y al cuerpo de carabineros, que se saldaron con tres víctimas.

Los capitanes se pusieron en marcha hacia la capital, Huesca, al frente de dos columnas; pero el gobierno, enterado de lo ocurrido, envió fuerzas a su encuentro, y tras una breve lucha, la sublevación quedó sofocada y sus protagonistas detenidos.

Al conocer la noticia, se alzaron muchas voces exigiendo al gobierno un escarmiento ejemplar. El argumento más repetido desde la prensa escrita hacía referencia al derecho constitucional conculcado por los sublevados, un crimen que pedía una respuesta contundente.

El gobierno de Berenguer (que además de Jefe de Gobierno era Ministro de la Guerra) actuó con una celeridad pasmosa: dos días más tarde, el 14 de diciembre, tras un Consejo de Guerra celebrado en la ciudad de Huesca, los dos capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández fueron fusilados en un polvorín de las afueras de la capital oscense.

La impresión ocasionada por este fusilamiento fue tremenda. En todo el territorio nacional se produjeron manifestaciones en contra, y también a favor; y estas últimas eran mucho más visibles porque tenían altavoces potentes: la prensa escrita, los periódicos adeptos al régimen, se lanzaron a fondo contra el pronunciamiento, alabando la premura gubernamental, justificando los fusilamientos y muchos de ellos solicitando la misma contundencia contra los demás detenidos, condenados a cadena perpetua.

La reacción del gobierno contra la proclamación fallida originó justamente lo contrario de lo que pretendía. Su feroz aplicación de la justicia (ajustada a derecho, como se ponía de manifiesto continuamente), consiguió hacer reaccionar a los ciudadanos; convirtió a los dos capitanes en símbolos; los elevó a la categoría de mártires y como consecuencia de todo esto, cuatro meses después de los fusilamientos se proclamaba en las urnas la Segunda República.

El gobierno de Berenguer actuó con una torpeza inusitada. No solo desoyeron las multitudinarias manifestaciones, las peticiones de indulto dirigidas desde todos los rincones del país y hasta la huelga general llevada a cabo el 15 de diciembre, sino que además actuaron de forma extraordinariamente feroz, provocando una reacción entre los ciudadanos que acabó volviéndose contra ellos y contra la monarquía.

La proclamación de la república en Jaca no tenía la más mínima posibilidad de triunfar. Lo más significativo era la manifestación de descontento de una gran parte de la ciudadanía, la exhibición de intenciones. Era un síntoma de la situación política que el gobierno no supo leer y que pretendió ahogar por la fuerza. Claro es que Berenguer tenía sobre él la presión implacable de las fuerzas reaccionarias que le exigían sangre, cuanta más mejor, y justificaban sus pretensiones en el derecho constitucional.

 

“… ¿para qué se hace? ¿para traer la República, para reorganizar el Estado, para cambiar la Constitución? Todas estas aspiraciones tienen camino en la legalidad.... pero no es una revolución lo que pretenden los revolucionarios, ni sueñan con su posibilidad ni se engañan con sus medios, sino que van a sabiendas al desorden estéril, al escándalo, a la obstrucción a la política normalizadora, a vejar el crédito exterior de España, a hundir la moneda y los valores públicos, a sembrar la inquietud, a estimular los instintos de rebeldía, a producir el mayor malestar posible…Tenga declarado el Gobierno y en su nota de la madrugada reitera el propósito de proceder con rigor inexorable al castigo de la sedición. Muy necesaria es, absolutamente necesaria, la ejemplaridad que debe corregir de una vez el estado de cosas que inquieta al país, el ambiente de provocación en que se agitan unos cuantos conspiradores aventureros. La flaqueza del Poder sería estrago mucho más grave que el de la sublevación….” (ABC, 17-12-1930)

La estupidez se define como la acción que perjudica a otros sin beneficiar al que la promueve, y la reacción del gobierno Berenguer aplicando la fuerza bruta (aunque legal, eso sí), contra sus oponentes, tuvo mucho de eso.

Por fin, en el mes de marzo, y con un país en shock, los restantes detenidos por la intentona de diciembre recibieron el indulto. Las elecciones municipales iban a celebrarse en abril y el gobierno intentaba congraciarse con una opinión pública indignada y enfervorizada, a la que él mismo había llevado al límite.

Pero ya era tarde. El día 12 de abril, tras la apertura de las urnas, se proclamó la República de forma incuestionable. El gobierno de Berenguer pasó a la historia y la monarquía se exilió; y los capitanes Galán y García Hernández pasaron a la historia como mártires y símbolos republicanos.

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