En febrero de este año el Ministerio de Fomento, a través del Administrador de Infraestructuras Ferroviarias, ADIF, dejó claro que no va asumir el coste que supone soterrar el ferrocarril a su paso por Valladolid. Una noticia que dudo que sorprendiera a quienes han dirigido la ciudad en las últimas décadas, al menos hasta 2015, y que tampoco creo que sorprendiera a los responsables del Ministerio de Fomento, ni los actuales, ni los anteriores.

Los planes para financiar el soterramiento se basaban en unas cuentas que promovían, de hecho necesitaban, la especulación, con las ventas de los terrenos “liberados” al mejor postor, y el endeudamiento público para acometer una obra de un gran impacto ambiental, social, y económico.

Los barrios al este del ferrocarril, Pilarica, Pajarillos, Delicias, llevan más de 30 años esperando soluciones a sus múltiples y complejas necesidades. El soterramiento de las vías se mantuvo durante estos 30 años como la esperanza en un proyecto que resolviera los problemas de esta zona: desempleo, falta de inversiones sociales, cierre de pequeño comercio de proximidad, infraviviendas, desestructuración social. Este sueño, soterrar las vías para acercarnos al centro, ha sido el espejismo al que agarrarse en tantas décadas de túneles y pasos provisionales. La utopía que se iba alejando en el horizonte y nos ayudaba a caminar.

El cierre del paso a nivel de Pilarica, en septiembre de 2015, la instalación de muros a ambos lados del paso, con un semáforo permanentemente en rojo, y la insultante pasarela, provisional, instalada y desmontada pocas semanas después, agudizó el sentimiento de abandono de esta zona de la ciudad.

Se hace necesario, por supuesto, respetar los sentimientos individuales y colectivos. Pero ni los sentimientos ni las emociones pueden ser la guía para la gestión pública. La búsqueda del bien común, entendido como el avance hacia el respeto y garantía de todos los derechos, para todas las personas, debe guiarse por razones sólidas que puedan argumentarse con criterios éticos y técnicos. Los recursos son limitados, siempre, y debemos exigir a nuestros gobernantes la gestión más justa, razonada y solidaria posible, con nuestras vecinas, y con las generaciones que nos sigan.

No hay dinero para el soterramiento, ni lo va a haber. Por mucho que nos empeñemos. Y está bien que así sea. Una obra de semejantes dimensiones hubiera causado un impacto ambiental tremendo, dado el movimiento de tierra necesario, el consumo de agua y energía y las emisiones de CO2 que hubiera generado. El impacto económico en las arcas públicas, tanto en las municipales como en las autonómicas como en las estatales, lo hubiéramos estado pagando durante décadas. Y esto conlleva un grave impacto social. Lo que nos hubiéramos gastado en soterrar, y los costes de mantenimiento posteriores, no se hubiera invertido en otras necesidades, mucho más acuciantes.

La obra se basaba en la especulación, promovida por las instituciones públicas. También la expectativa de transformar la vía en un bulevar, nos hizo caer en el cuento de la lechera, echar cuentas, y soñar con que un día nuestros barrios se revalorizaran de manera sustancial. Buena parte de las vecinas y vecinos de la zona caímos en la trampa, y ahora nos damos de cabezazos contra el muro.

En la época de las vacas gordas, en plena burbuja especulativa, el megalómano alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, embarcó a la ciudad en el soterramiento de la M30 a su paso por el Manzanares, el ramal sur. El convenio para iniciar las obras se firmó en 2004, y en ella participaron prácticamente todas las grandes constructoras de este país. Los túneles de la M30 fueron inaugurados en 2007, y en 2011 se inauguró el parque Madrid Río, el supuesto espacio verde que justificaba ambientalmente la mega obra.

El presupuesto inicial de la obra era de 1.700 millones de euros, aunque terminó costando 3.600 millones y se calcula que podría llegarse hasta los 9.400 millones de euros en 2040 debido a los términos del convenio que se firmó con las empresas responsables del mantenimiento. ACS (Florentino Pérez) y Ferrovial (Rafael del Pino), se llevaron la mayor parte del pastel.

La obra eludió la Declaración de Impacto Ambiental utilizando la artimaña de fragmentar el proyecto en partes, actuación que fue declarada nula de pleno derecho por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid en 2011, sin ninguna consecuencia práctica ya que la obra estaba terminada.

Los gases emitidos por los miles de coches que a diario circulan por los túneles de la M30 salen al exterior por los pozos construidos al efecto, lo que conlleva que el ajardinamiento superior, cercano a las viviendas del Nudo Sur, en los distritos de Latina y Carabanchel, estén soportando ahora niveles de contaminación superiores incluso a los que había antes del soterramiento.

¿Y el impacto social? La faraónica obra, ¿ha mejorado las condiciones de vida de las personas que viven “al otro lado” de la autopista? Se han soterrado 10 kilómetros de M30 bajo la ribera del río Manzanares. El tramo Este y Norte de la M30, y el Oeste, siguen siendo en superficie. Si analizamos el precio de las viviendas de segunda mano como indicador de riqueza/pobreza, podemos ver que las viviendas de los distritos al Sur de la M30 no han incrementado su precio en el período 2001-2014, en algunas zonas incluso su valor se ha reducido, mientras que en los barrios del Norte, Este y Oeste, en los que la M30 va en superficie, el precio de la vivienda usada se ha incrementado en ese periodo hasta un 40%. Los ricos cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. Para los barrios ricos, la M30 nunca fue una barrera. Para los barrios pobres, las barreras se agudizan, aunque cambien de forma.

La deuda contraída por el consistorio para pagar la obra limita gravemente la posibilidad de afrontar otro tipo de inversiones, que tanto necesitarían los barrios más desfavorecidos.

¿Podría haber ocurrido algo similar en Pilarica, Pajarillos, Delicias? ¿Ver cumplido el sueño del soterramiento del ferrocarril hubiera supuesto por sí solo resolver las múltiples y complejas necesidades de estos barrios?

No podremos ya dar respuesta a estas preguntas, porque el sueño se ha desvanecido. Y posiblemente sea mejor así. En estos momentos, deberíamos dedicar nuestras energías a proponer inversiones en estos barrios que permitan ir enfrentando los problemas que a diario sufren. Pensar y exigir recursos para enfrentar el desempleo, la desigualdad, la falta de oportunidades de las personas que allí viven. Proponer que se elaboren y ejecuten planes a medio y largo plazo que comprometan recursos económicos y humanos, con la participación vecinal, que ayuden a que los vecinos y vecinas se sientan cómodos en el barrio, y que atraigan a más gente a vivir allí y hacer vida de barrio. Quizá un plan que incluya viveros de empresas, apoyo a iniciativas de desarrollo comunitario, espacios polideportivos públicos, lugares para la cultura, el ocio y la educación popular.

Podríamos también aprovechar la oportunidad abierta para impulsar un corredor de cercanías, con trenes convencionales, que faciliten la comunicación entre Palencia, Valladolid, Medina del Campo, los pueblos de la ruta e incluso la parte norte y sur de la ciudad de Valladolid.

No es tarea fácil, no hay varitas mágicas, pero si facilitamos el desarrollo de la creatividad colectiva, es posible ir transformando y mejorando nuestras condiciones de vida. Empeñarse en reclamar algo que ya no es posible, es un derroche de energía que no deberíamos permitirnos.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios