Con frecuencia, las palabras emergen en nuestra conciencia como hitos, cuyo significado se coloca por encima de la realidad y se erigen en luminarias que, al mismo tiempo que iluminan una parte de la vida, ensombrecen y hasta oscurecen el resto. Es algo que sucede sin que nos demos cuenta de ello: es preciso distanciarse de la realidad y cuestionársela para percatarnos de que la abundancia de luz genera más sombras, es decir, dudas e ignorancia, que evidencias. Ocurre en el lenguaje ordinario y especialmente en los discursos políticos, en los que algunas palabras redoblan su significación, llegan a convertirse en el leif motiv de la acción y son fundamentales para explicar el devenir de determinados hechos históricos. Sucede, por ejemplo, con palabras como izquierda, derecha, progresista, conservador, revolución o progreso. Ahora mismo, cuando pensamos en Cataluña, emerge inmediatamente una palabra, independencia, cuyo significado no es tan claro como puede parecer.

Platón, Unamuno o Borges recomendaban acercarse a las palabras -ideas- a través de su etimología -¡cuánta claridad e inteligencia nos regaló Platón en el diálogo Crátilo!-. La búsqueda etimológica del significado de las palabras nos acerca a sus raíces y nos aleja del bosque de sensaciones, pensamientos y emociones que llenan el presente y nuestra propia subjetividad. Consiste en un viaje que conduce al conocimiento de los cimientos del lenguaje y nos ayuda a entender la realidad y el presente. Así pues, “independiente” es el “no” (in-) “dependiente” que, aplicado a las personas, significa el que no depende de otro, el que tiene autonomía (DRAE). Es aquella persona a la que le gusta obrar por sí sola, sin unirse a otras o sin darles participación en lo que hace; la que no necesita afecto o amistad de otro; aplicado a las cosas, significa lo que está separado de otras cosas o carece de relación o dependencia de otras (Diccionario de María Moliner). Como señaló María Moliner, el independiente es un francotirador, un individualista, alguien que se mete en sí mismo, hace rancho aparte y campa por sus respetos.

Con los pies en la tierra, la independencia -si es posible- “es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes”, decía Nietzsche (Más allá del bien y el mal). A poco que busquemos, encontramos un bosque de reflexiones, que van de Paul Verlaine a Napoleón Bonaparte, de John Stuart Mill a Saint Exupery, de Voltaire a Nelson Mandela, Octavio Paz o Karl Popper, que presentan la independencia como un deseo o una isla rocosa, como deslealtad a los ídolos y a los fetiches de la multitud o que la relacionan con la autonomía de la propia inteligencia. Karl Popper sentenciaba diciendo que “la idea de que existen unidades naturales como las naciones, o los grupos lingüísticos y raciales, es enteramente ficticia. El intento de ver el Estado como una unidad 'natural' conduce al principio del Estado nacional y a las ficciones románticas del nacionalismo, el racismo y el tribalismo".

Más allá de la inteligencia y del criterio de autoridad que acumulan tantos pensadores, poetas o estadistas, el enfrentamiento con el término independencia o independiente nos coloca en una vertiente doble: la personal, individual o psicológica y la política. En el ámbito personal, independencia nos sitúa ante una pulsión y un conato presentes en todas las personas, que van unidos íntimamente a la inclinación hacia y la necesidad de libertad que forma parte de la naturaleza humana. La libertad es tan importante para los humanos que forma parte de nuestra propia esencia, como dicen filósofos como Jean Paul Sartre, Martin Heidegger o José Ortega y Gasset. En el plano político, nos obliga a ver a los Estados como organizaciones políticas que disponen de recursos, organización y legislación propia y, por tanto, autónoma respecto de los demás Estados.

Esto es cierto, y esta es la teoría, pero, cuando aterrizamos y contemplamos la vida entre el cúmulo de circunstancias, relaciones e interacciones de todo tipo que la configuran, la condicionan e incluso la determinan y, cuando contemplamos al ser humano no como una abstracción sino como alguien concreto, en su singularidad, nos percatamos inmediatamente de lo que decía Aristóteles: de que somos seres sociales por naturaleza, de que no somos autosuficientes

Pero, ¿sucede lo mismo en el plano político, económico y cultural? El mundo en el que vivimos está tan interrelacionado en todos los ámbitos y sentidos que es un mundo interconectado globalmente. Ningún Estado, ningún grupo social y ninguna persona pueden existir ni vivir dignamente siendo, sensu stricto, independiente. La globalización y la interdependencia económica; la complejidad a la que las redes sociales han llevado la vida de las personas, de las empresas, de los gobiernos y de los Estados; la interacción, cooperación y dependencia existente en el ámbito científico, investigador, en el del pensamiento y de la creación artística; la dependencia que tenemos respecto de las materias primas o de la tecnología; la interdependencia financiera que tienen todos los Estados, las empresas y la sociedad en general; la competitividad a la que todos estamos expuestos, gobiernos, empresas y trabajadores, conducen al aumento de tamaño de las organizaciones políticas -la U.E. es un buen ejemplo de ello-, al crecimiento del tamaño de las empresas, a la creación de equipos de investigación complejos, interdisciplinares e internacionales, a la interrelación de los pensadores, creadores y artistas, y de los propios ciudadanos que, cuando viajamos, leemos, disfrutamos del cine, del teatro, de las artes plásticas o de la música nos relacionamos con los demás y disfrutamos de su aportación a la cultura, que cada vez está más vinculada a la de las demás personas o pueblos. La interdependencia del mundo es tan grande y tan visible que ahora mismo sabemos que cualquier movimiento económico, social, cultural, político, artístico o de otro tipo, por pequeño que sea y lejano que parezca, repercute en el resto del mundo: son las consecuencias de la globalización y de la interdependencia que caracteriza el mundo en el que vivimos. Es lo que descubrió Edward Lorenz, padre de la teoría del caos y del concepto del efecto mariposa.

En el ámbito político, para que un Estado sea independiente, no es suficiente que sus ciudadanos decidan serlo, en un referéndum o en un parlamento, sino que necesita, entre otras cosas, suficiencia de recursos de todo tipo que le den autonomía, capacidad organizativa y de gestión, legislación propia, seguridad jurídica, estabilidad social y algo fundamental, una condición política necesaria: el reconocimiento de los demás Estados. Pensando en Cataluña, su declaración unilateral de independencia ignoraba las condiciones necesarias y suficientes para poder declarar la independencia. Realmente era un sueño que, de haber culminado, habría colocado a Cataluña fuera de la Unión Europea y la habría llevado al aislamiento político y económico, con lo que todo esto implica. Este sueño ha provocado la división de la propia sociedad catalana, ha puesto en riesgo la democracia en España y ha creado un conflicto muy serio con el resto de España, unas heridas que tardarán mucho tiempo en restañarse. Si ha dejado alguna consecuencia positiva, consiste en una incógnita: este conflicto obliga tanto a la sociedad española en su conjunto y a sus instituciones a trabajar en todos los ámbitos de la vida con el fin de crear un espacio político común y de convivencia que permita vivir unidos y en paz, como sucedió con la constitución del 78. Está en juego la convivencia y la democracia en España.

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