La pasada edición de la Seminci volvió a despreciar a los creadores españoles omitiendo cualquier riesgo de programación en su sección a concurso. Lo peor no es olvidar a quien más cerca tienes para promocionar, lo peor es el comentario escuchado a uno de los encargados de seleccionar cine español para el festival «jactándose» de que en todo el año no había visto nada con calidad suficiente para ser proyectado a concurso. Este comentario quizás no deje de ser un elogio para los no seleccionados o directamente despreciados sin ver sus obras a la vista de los criterios seleccionadores, pero gracias a ello otros festivales no tienen competencia para montar secciones enteras sólo con cine español. No estaría de más saber qué películas se han visto para sacar esa conclusión o, quizás, cuántas no se han visto o no se han querido ver.

Dos pequeños textos impresos en la pantalla sitúan al espectador y le dan una información que de otra manera sería complicado añcanzar sin romper el tono y estilo de la película. Casualmente otros dos textos complementan una de las grandes obras de la historia del cine que quedó a medio concluir, «Une partie de campagne» de Renoir; y «El señor Liberto....» también es un relato inconcluso y sin final, es un apunte de campo realizado a base de cariño y tiempo, uniendo presente y pasado donde ya no queda futuro. El texto inicial que Ana Serret introduce es importante, indica cuál es el origen de Liberto, la condición política de su familia, incluso el carácter visionario de ese padre que, además de tener unas firmes convicciones ideológicas en un momento turbulento de la historia de España es capaz de calcular que, si sólo tiene un hijo, cuando en la pobreza tener hijos era garantizar mano de obra barata, es posible que pueda pagarle unos estudios que le permitan abandonar el mundo al que está destinado. Ese admirable cálculo, que reivindica el valor de la educación para salvar diferencias de clase tuvo éxito, y aunque nada de ello vuelva en la película, salvo la escena en la que una hija habla a los nietos del invento del abuelo, el Liberto del título, es evidente que así ocurrió y permite al enfermo de ahora, gozar de la presencia familiar, mantenerse en su casa y tener personas a sueldo que se ocupen de él.

Ana Serret afronta el difícil trabajo de retratar a su familia, desnudar una enfermedad en la intimidad para ofrecerla en público y evitar el tono lastimero, pesimista, derrotado que rodea al Alzheimer. Pero esa visión «amable» del ahora de un padre que, pese a todo, es un ser impedido para valerse por si mismo, una ruina física y mental que se sostiene gracias a un sinfín de ventajas familiares de las que muchos no pueden disfrutar, no es lo importante de la película, porque como cine que es, Serret huye del documental, del día a día, del retrato de la enfermedad. En eso apenas hay variaciones, apenas el discurrir de la obra tiene mayores alicientes porque el día a día de un enfermo de Alzheimer es el progresivo e implacable avance de un deterioro definitivo, lo relevante es cómo inventar una historia, captar en imágenes algo que sea, o lo intente y consiga, parecer novedoso en un entorno tan poco dado a lo creativo, sin caer en la pornografía del sentimiento, en el panegírico de un personaje que ya no puede dar su versión ni defenderse. «El señor Liberto» es la antítesis del retrato que Wang Bing ha ofrecido este año con su «Mrs. Fang», donde Serret huye de la miseria y el encarnizamiento, Bing se recreaba en la agonía de una persona en sus últimos días como enfermo, cada uno en su estilo y en su forma de narrar dan una visión muy diferente de una misma realidad separada por un muro insalvable de culturas y diferencias económicas, ambos llenos de creatividad pero mucho más soportable el retrato que hace Serret que el descarnado análisis de Bing.

Serret propone un recorrido para llenar un vacío. Hay una persona que apenas puede comunicarse, que cuando lo intenta pronuncia sonidos ininteligibles, que cuando acaricia una mano no sabemos si reconoce a la persona o está haciendo un movimiento mecánico como el de intentar coger con la mano derecha todo lo que está a su alcance, hay un hombre en el que no sabemos si persisten los recuerdos, si puede evocar las largas tardes de música clásica en su habitación para oir música clásica sentado en su butaca de oir música clásica, pero cuando vemos esa mano que sigue el ritmo de las piezas que la familia o la persona que le cuida ponen en el equipo de música tenemos que dudar necesariamente que ese cerebro esté totalmente inutilizado. La duda, el margen de error, la sospecha de que en esa mente persiste un resto de raciocinio que no puede salir a la luz, con una idea genial, Serret lo complementa con las viejas imágenes de super8 rodadas por su padre en los años 70. El famoso «tomavistas» en el que muchas familias recogieron sus fiestas, sus cumpleaños, sus bodas, sus viajes, y que, ahora, pueden provocar más dolor que nostalgia, se transforman, de la mano de la directora catalana en la información y recuerdo que Liberto no nos puede contar. Dicen que el enfermo de Alzheimer lo que primero olvida es lo más reciente, y que lo último en perder son sus recuerdos pasados, así, entre plano y plano del presente, de este Liberto que aparenta no sentir nada mirando su jardín, o sus flores, Serret intercala esas bodas, esas hijas que van naciendo, creciendo, esos viajes, esa imagen de una mujer en bañador, besos de pareja, años que pasan. Imágenes que quizás sólo recuerda haber vivido el propio Liberto pero que para los demás son un recuerdo revivido en las filmaciones; el cine se transforma en el contenido de la memoria de Liberto y nosotros lo recreamos con él y su familia, sin perder por ello de vista a la realidad, que los recuerdos de Liberto van borrándose, desenfocándose, perdiendo brillo, contorno, color, hasta que esas flores o pájaros se convierten en manchas irreconocibles.

Cuando oímos a LIberto respirar agitadamente, sin que el plano enfoque su persona directamente, y en la profundidad del plano observamos un retrato del matrimonio, ¿podemos estar seguros de que Liberto no recuerda a esa mujer en bañador, a esa mujer que sopla una tarta de cumpleaños? Quizás deseemos pensar que el enfermo no recuerda nada para que el dolor de esa realidad nos afecte menos, nos trasladamos a esos años 70 y de la mano de un cine casero e íntimo, uno, en ocasiones, en esas tomas interiores de una familia burguesa reconoce la imagen de Rohmer o de Truffaut, reconoce los espacios de intimidad de una pareja que permanece inmortal en un recuerdo revisable. La vida sigue alrededor de Liberto aunque él no lo entienda ni pueda participar, todos asumen su presencia y el abuelo entiende estar rodeado por gente que le cuida y le quiere, más no se puede pedir, mirar es una cosa y poder mirarse y reconocerse es otra, los espacios de penumbra y contraluz que evitan el enfoque directo sobre el rostro del anciano son los espacios de los huecos que no se podrán rellenar, pero son espacios que unas manos son capaces de completar en sus movimientos, a veces inconexos, a veces metafóricos. Una gran manera de contar algo que nos rodea y que cuesta asumir, hacer cine sin caer en el lugar común, exponerse sin evitar riesgos y utilizando el lenguaje cinematográfico para contar una historia. Cuando la hija nos muestra la lista de los pequeños placeres de Liberto podemos estar casi seguros de conocer una parte importante de la historia de un hombre que, puede, ya no sepa quién es.

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