Al ser humano le han contado un cuento, un cuentito chino que se ha aprendido de "pe a pa". Es más, lo ha aprehendido, que tiene un matiz diferente. Bien apresadito lo tiene. Es la vieja historia de mantenerse fiel a toda costa, a cualquier precio.

Fiel a la camisa de cuadros, esa tan cómoda pero que ya no alcanza a cubrir la incipiente barriguita.

Fiel a una pareja que ya no amamos, se nos ha quedado pequeña o demasiado grande -nunca se sabe- cómo si de otra vestimenta trasnochada se tratase.

Fiel a la música que un día nos hizo vibrar y ahora suena rancia y fuera de onda.

Fiel al destino y compañero de vacaciones, cuya conjugación resulta ser una batalla campal, donde cabe todo, menos el descanso.

Fiel a ese amigo que ya no nos entiende, que habla otra lengua, que habita otro espacio y añora un lugar en nosotros extinguido.

Fiel a un trabajo cuyo único incentivo es costear las facturas y por el que pagamos un desorbitado coste.

Guardamos todas esas extrañas fidelidades -extranjeros de nosotros mismos- en nuestro cajoncito de ciudadanos modélicos y por encima de ellas flotan, como cadáveres nada exquisitos, sus correspondientes adicciones.

A una ropa que ya no nos cubre,

al amor en cenizas,

a unas notas que no definen la BSO de nuestros compases,

a un paisaje desértico y yermo,

a una camaradería extinta y caduca,

a una labor que nos mata más que cualquier otra cosa,

mejor que ninguna otra droga.

Fieles y adictos,

consumamos nuestros miedos,

consumimos nuestras vidas. Y ahí vamos…

Hemos olvidado la transcendencia de una palabra más esencial que la fidelidad, más poderosa que cualquier adicción. La lealtad… a uno mismo.

Esa prodigiosa fuerza centrífuga,

ese puñetazo a la cotidianeidad que lleva

a vestirse de lunares,

con la piel de un ser nuevo,

que descubre su propia melodía,

que compone edenes personalizados,

que no mantiene una sola relación baldía,

y ocupa sus días en la dicha de la autenticidad.

Sólo entonces…

Deja de necesitar su dosis de tóxicos gin-tonics, de Malboros clandestinos, de veladas tinderas, de farlopa emocional, de pastillas para dormir, para despertar, para ser feliz, de biblias exculpatorias, de credos liberadores, de revelaciones embaucadoras, porque solamente… ES.

El miedo nos impide ver que lo mejor está siempre por llegar.

Y lo mejor, no siempre es permanecer…fiel.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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