“Puedo ser violento”, responde Joe a la petición de un padre para que haga sufrir a los secuestradores y violadores de una hija desaparecida en manos de una organización que entrega carne extremadamente joven a los poderosos de la sociedad. Con esta frase al protagonista se le define como una persona capaz de controlar sus impulsos, que su violencia o sentido de la justicia es algo meditado y calculado y no producto de un irreflexivo comportamiento. Nada nos indica que Joe sea un justiciero moral, sus actos viene precedidos o amparados en un intercambio comercial, en la película le veremos cumpliendo dos encargos, el que nos revela a qué se dedica y el que desarrolla la trama oscura, morbosa, criminal, vergonzante y corrupta que desciende desde las clases más altas hasta los más modestos integrantes de la misma, y en ambos supuestos Joe se dedica a rescatar adolescentes y entregarlas a unos padres a los que no les basta con recuperar a su ser más querido, sino que el rescate ha de completarse don una devolución del dolor vía castigo. Por eso, y por otras razones, Joe no utiliza la seguridad de un arma de fuego o un arma blanca afilada y precisa en el corte, su instrumento percutor es un martillo, herramienta de la clase obrera con la que se identifica, objeto “made in USA”, como se lee una de las veces que entra a una ferretería para adquirir lo que necesita para rescatar a Nina. Golpeando con el martillo traumatiza a sus víctimas, y al tiempo desentierra sus propios fantasmas interiores que, como un bucle interminable, se asoman de continuo a la mente de Joe.

EN REALIDAD, NUNCA ESTUVISTE AQUÍ.

Reino Unido, 2017.

Título original: You Were Never Really Here.

Director: Lynne Ramsay.

Guion: Lynne Ramsay (Novela: Jonathan Ames).

Duración: 95 minutos.

Fotografía: Tomas Townend.

Música: Jonny Greenwood.

Productora: Page 114 / Why Not Productions.

Edición: Joe Bini.

Diseño de vestuario: Malgosia Turzanska.

Diseño de producción: Tim Grimes.

Intérpretes: Joaquin Phoenix, Alessandro Nivola, John Doman, Judith Roberts, Alex Manette, Ekaterina Samsonov, Kate Easton, Jason Babinsky, Frank Pando, Ryan Martin Brown, Scott Price, Dante Pereira-Olson, Jonathan Wilde, Leigh Dunham, Vinicius Damasceno.

El estilo predomina sobre lo que se cuenta, la estética deja de ser funcional para convertirse en motor demiúrgico. Oscuridad y sombra para un personaje que no puede moverse con naturalidad a plena luz del día sin temor a que se reaparezcan sus propios miedos. La dedicación con la que cuida de una madre medio enajenada por los efectos de la edad es el pago inmaterial por haber sido su escudo durante su infancia. Víctima de abusos y violencia doméstica, Joe revive los martillazos del presente como un ajuste de cuentas con su propio pasado, el miedo sentido ante ese instrumento de apariencia inofensiva pero capaz de causar heridas irreversibles como es el martillo que oscilaba en las manos de un padre hiperviolento mientras buscaba a la madre para agredirla. Esa escena de terror familiar, unos pies desnudos en primer plano convulsionándose boca abajo, escenas de guerra en Afganistán que podemos relacionar con las múltiples cicatrices de un cuerpo más muerto que vivo, un camión lleno de inmigrantes asfixiados…..el pasado de Joe es un pasado rodeado de violencia de la que no ha podido separarse, da lo mismo que fuera el vengador de su madre en la infancia o el encubridor de una madre protectora que pusiera fín a la pesadilla de la única manera segura, Joe sigue conviviendo con la violencia, y fuera de su pasado y sus encargos, no hay vida personal alguna, es un ser encerrado en si mismo, ausente de empatía alguna hacia quien no sea su madre aunque más de una vez tiene que canalizar su ira hacia ella enfocando el presente de su convivencia con las gafas del pasado protector para no vocear o golpear a quien le cuidó de pequeño. El “Joe” desesperado que grita Nina cuando la película pega unn giro tramposo y especulativo, pero necesario para mantener una hora más la trama, es el revulsivo que el personaje creado por Joaquim Phoenix necesita para implicarse hasta el final en el rescate aunque por el camino ya no quede a quien devolver a la menor.

El problema de “You were never really here”, o mi problema con ella, es que fuera de la cobertura estética y la construcción de un personaje asumido por Joaquim Phoenix con su solvencia habitual, su deliberada ausencia de verismo (un hombre frente a los servicios secretos armado de un martillo) y su negatividad absoluta hacia el género humano me resultan insuficientes para construir un relato sólido; de hecho si a esta película se le eliminara el actor sustituyéndolo por otro, es posible que no mereciera ni una sola línea de prensa, ni la más mínima atención a un “Taxi driver” de las clases altas remozado estéticamente con los parámetros visuales y sonoros del “Drive” de Rinding Hefn. Es más, la trama respira por los entresijos de Travis sin atreverse a calcar el original, solamente tomando como inspiración una resonancia de pederastia alejada del inframundo scorsesiano, al que solo pertenece el soldado retirado que interpreta Phoenix, pero la idea de venganza contra un sistema corrupto por parte de un ser igualmente corrompido no es que esté presente, es que es idéntico en concepción y desarrollo hasta el momento final, candidato político incluído. Donde el personaje de Scorsese se agranda en su progresiva alienación como ángel vengador, el de Phoenix vale menos que su interpretación porque su hieratismo viene impuesto por la ausencia de profundidad en un personaje definido desde el primer minuto y al que, si eliminamos el flash back recurrente, dejamos desnudo y sin referencias.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

Ramsay decide, siguiendo el curso de los tiempos, solventar su vacío narrativo y su nula creación de personajes, mediante el uso del estilema como excusa. Así, la presunta originalidad de la propuesta se agarra al modelo violento sin explicitud pornográfica del mismo, a la manera del gurú de la modernidad fílmica, Rinding Refn, pero sin mostrarnos en primer plano el efecto del golpe, con quien mantiene un diálogo de neuras, psicosis y silencios más cercano al conductor de “Drive” y la anoréxica canibalizada de “The neon demon” que a cualquier otro precedente de psicología oscura y violenca física sin castigo. Que el personaje de Joe vaya perdiendo su conexión con la realidad apareciendo de manera cada vez más frecuente el delirio mental, el espejismo de un momento que se desea pero que no ocurre, lo único que nos sirve es para contemplar la compleja mente de un ser que hace mucho debió morir y que se ha mantenido por dos razones, cuidar de una madre enferma y compensar, a su manera, el mal del mundo contra la infancia. En el camino todo aquél que ha tenido contacto con Joe va a sufrir las consecuencias de no estar visiblemente alterado en su psique, produciéndose una transferencia entre rescatador y víctima de notable raíz psicoanalítica, y en la que la menor (este dato tiene un momento absurdo de guión cuando el padre encarga ese rescate) va a terminar convirtiéndose en una nueva Joe abriendo una puerta a que los débiles del mundo decidan repartir un poco de esa justicia poética que no suele operar en los tribunales cuando el poderoso pone en marcha su maquinaria de defensa. Un desecho del sistema enfrentado a las cloacas poderosas del mismo no es algo que permita vislumbrar el necesario verismo que nos haga creer en un triunfo pírrico y no lastre la sordidez absoluta que encierra la historia. A mí no me ha convencido especialmente la última película genial vacía del mes, cada vez soporto menos que la ausencia de narración se sustituya con mero artificio visual y/o sonoro, si al todo le falla alguna de sus partes el resultado no me satisface, y mucho menos si se justifica la violencia como remedio a nuestros males del mundo moderno, pero eso ya es puro subjetivismo ajeno al valor de una película que me parece muy mediana y sobrevalorada.

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