Rebautizarte con el nombre de una estrella del rock, si pretendes ser músico, te sitúa a medio camino entre la presunción y la performance reivindicativa. Tus padres eligieron Declan para ti, pero ellos qué sabían de nombres. Más aún: qué sabían de ti. Probablemente ni de ellos tenían noticia. Dicen que a un gato no hay que bautizarlo hasta tiempo después de nacer, cuando ha tenido tiempo de demostrar, a través de la conducta, el nombre que merece o le pega. A las personas, que somos mascotas del universo, nos condenan otras personas, o sea, nuevas mascotas, cuando todavía no hemos dejado de respirar por el cordón.

Unos arrastran la fama, otros la culpa, hay quien arrastra deudas y hay quien arrastra su nombre. Declan sonaba a pieza de ferretería. Estoy seguro de que te diste cuenta. “Deme un dos cajas de tornillos y un declán”. O a estuche de Rotring para llevar al instituto. Tu apellido, MacManus, lo imagino en la espalda de un futbolista, pero no en la portada de un disco: hiciste bien en tirar por la ventana el carnet de identidad. Porque la identidad es una cosa entre filosófica y libresca, y nada tiene que ver con la partida de nacimiento.

Puesto a elegir, elegiste al rey. La ficción empieza en tu nombre. Eso quiere decir que sabes quién eres. La ficción empieza en tu nombre… y también la realidad empieza. A mayor desdoblamiento, mayor unión con uno. Nos quieren unidimensionales. Y bajo la teórica democracia de elegir nombre para el vástago entre millones de posibles, está el totalitarismo de arrastrarlo, industrialmente, de por vida como una cadena. Cambiamos de vestuario, de gustos, hasta de cara. Pero nos recordarán, si es que nos recuerdan, con el nombre que nos pusieron antes de nacer. Menos mal que ahora no llevamos el santo del día. Válgame dios.

Así que Elvis Costello.

Los vecinos se harían cruces. Para colmo, pillaste el apellido del de tu madre antes casarse, o sea, antes de perderlo. Cuando los familiares leyero en el diario –porque antes la gente leía- que sacabas disco, si la noticia no iba acompañada de foto, no te pudieron identificar. Porque no te conocían. Tampoco se conocían ellos. Y si venía con foto, peor. “¿Es o no es?”. “¿Este quién se ha creído?”. Tenemos madera de jueces sin toga. Tú eras quien eras o deseabas ser, y te creíste quien al final serías. La escisión no es disolutiva, al revés: es un tegumento que protege del exterior. Cada canción es una máscara y un espejo. Y tú cada día escribes una –Everyday I write a song, 1983-.

Traiciones las justas: en el primer disco avisaste de tener las cosas claras. Pero más que en el título -My aim is true-, en la portada, probatoria de que una pose no tiene por qué ser artificial. Todo es representación, empezando por la ropa y el nombre que vestimos. Que nos visten. Los más mentirosos son los que huyen de aspavientos. Son los esclavos de una representación que piensan caída del cielo, como si las representaciones cayeran del cielo, y que llevan, como un hatillo, de la manera más velada posible. Creen que no hacen ruido, pero, confundidas en el paisaje, ruido hacen hasta las ovejas. A ellas no les gusta el rock porque no entienden que el rock es el ruido convertido en música. Y que no hay cencerro mayor que el silencio puritano. El aspaviento nunca estuvo reñido con la discreción.

Si, como dice Del Pozo, un artículo es una novela de quinientas palabras, una canción tendrá que ser una autobiografía de tres minutos. Y para que sea completa deberá incluir alguna fantasía. De lo contrario, sería realidad. Y la realidad no necesita ser contada. Se ve. Me refiero a la realidad realista, claro. La profunda es indiscernible.

Y, entre cambios de nombre, teclas de piano y piernas largas, el que eras el siglo pasado huyó de contarse en un libro [Tomemos nota: contar la vida es, pues, contar el pasado. O sea, somos lo que he hemos sido. Sólo somos el tiempo que nos queda cuando leemos a Caballero Bonald].

“Con las canciones me basta”, decías. Yo no tenía del todo claro que un poema tuviera que partir casi obligatoriamente de la experiencia hasta que se lo escuché a Gamoneda. Y el siglo XXI necesita no sólo personas que dejen huella -la que sea, de mosquito, no hablo de campanadas-; sino personas que cuenten la huella que han dejado. Esto es lo fundamental. La posmodernidad necesaria, no la chusca, de orden político, más diluente que el acetato de etilo. La artística, digo. O, mejor expresado, el posmodernismo convertido en modernidad. Siglo XXI, cambalache.

Tu habilidad, Costello, ha sido contar las huellas que fuiste dejando con la punta de los pies. Porque las has contado. Otros clavan el tacón o piensan que sus pies son las manos de una actriz arrodillada en Sunset Boulevard, lo que lleva a la mitad de la gente a mirar la acera del paseo y a la otra mitad, a mirar la fama de su culo. El cambio de siglo trajo un nuevo orden y tú te lanzaste a narrar quién eras y, al acabar, descubriste que había ficción. Que la persona era un personaje. Aquel personaje inserto en el primer long play.

El primer volumen de tus memorias salió en 2015. Será una trilogía. En ella renuncias, como un caballero, a los momentos de gloria. ‘Siempre los instantes previos o posteriores a las épocas triunfales’. O sea, la vida en las preguntas. Habrá ficción en el libro, pero la memoria que contiene es kilométricamente más cierta que la de Ricardo Piglia. Menuda impostura la del argentino. En el primer tomo habla por boca del adolescente con la voz de sus setenta, intentando hacer creer que las páginas están volcadas de sus diarios reales. Yo creo que lo reescribió todo. Que habla el joven con las lecturas del viejo. Que profanó al que fue, metiéndose en su cuerpo y llenándole de reflexiones de las que carecía. Una pena porque ese hecho me desanimó de empezar el segundo volumen. La experiencia del primero es descorchar un vino joven y encontrar un reserva. Han rellenado la botella sin cambiar la etiqueta.

Costello no da gato por liebre, y digo Costello porque se puso Elvis para que todo el mundo le llamara por el apellido. Tampoco mintió en 2005 cuando aprovechó la reedición de dieciséis discos para escribir unos libretos en los que explicaba el porqué y el cómo de cada canción. “No, no quiero escribir biografía”, repitió. “Ahora preparo un libro con mis letras, pero, ¿una autobiografía? Mi vida no ha sido tan excepcional para ser encuadernada. En esos textos explico el proceso creativo pero no hay nada de mis amores, mis excesos, mis broncas. Bueno, sí: menciono algunos episodios lamentables que afectaron a mi música o a mi carrera”. ‘Mi vida no ha sido tan excepcional’… lo mismo dice Jagger y, él sí, parece no nos va a conceder su visión de los hechos. Pocos años después, muy pocos, Costello se puso con la dichosa autobiografía. A veces no deseas hacer algo, pero te sientes obligado. Entrar en disputa contigo, bien desdoblado, como un jersey antes de entrar en el armario, es la mejor forma de autoconocimiento. De ser tú. De ser uno.

Y para colmo, se le sienta a horcajadas Diana Krall.

Costello. Tío. ¿Gime como canta? Cuéntalo. Un poco. En el tercer volumen.

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