A León Felipe, a todos los poetas que fueron y son acallados, censurados, encarcelados, asesinados, despreciados, exiliados….a todos ellos.

A Lorena, a la amistad que nos une, cavada en deíficas moradas, parábola inacabable, sin límites y sin final conocido….

A Carlos Barrio, amigo y compañero de últimoCero, porque es de las pocas personas que no altera, distorsiona, adultera o deforma la realidad para acomodarla a sus intereses y porque es profundamente humano.

 

Como siempre acostumbro a hacer, salí de casa y comencé a caminar sin un rumbo definido, con cierta sensación de desarraigo, con el ánimo de un rapsoda solitario, de un buscador de belleza inefable, de cetros de piedad y salmodias en el aire.

Al llegar a la altura del puente Condesa Eylo, bajé la mirada en un acto reflejo y observé, unos cuantos mundos más abajo, un río que me pareció ser primo carnal de la muerte.

Todos los años, su lecho lodoso de llena de muertos, de imitadores extemporáneos de Virginia Wolf, que encienden sus velas negras, llenando de poemas enlutados su curso, su discurrir incesante.

Al instante, y no sé exactamente por qué razón, vínome al pensamiento la figura aún neblinosa por tantos años de exilio y de censura, de León Felipe y de su vocación de poeta promete ico, porque él mismo afirmaba, que su más hondo deseo era el de ser un poeta que llevará la luz a los hombres, el fuego sagrado que alimenta con su calor y procrea todo atisbo de vida.

Para él, los poetas malditos se afanan en una búsqueda oscura en las siniestras extensiones de tierra quemada, devastada, urdida por los demonios, crisoles del infierno.

Por eso mismo, siempre aspiró a ser un Prometeo, su vocación eterna, el lado más luminoso del creador de versos y que se incubaba en su seno interno desde el principio, desde su inicial conciencia.

“ El poeta Prometeico viene a dar testimonio de la luz.

El poeta maldito……a dar testimonio de la Sombra.”

En cuanto crucé el puente, tuve la impresión de haber arribado a otro mundo, - cosas que tenemos los poetas-, líricas ideaciones que en ocasiones nos transportan hasta nuestros más insospechados pavores.

Fue entonces, cuando caí en la cuenta que me había citado con Lorena allí mismo y que teníamos pensado hacer una breve visita a su amiga Mariví y a las niñas.

Al encontrarnos, trazamos juntos un sosegado paseo, yo con mi fajo de poemas bajo el brazo, todos viudos de amor, con un déficit de vida difícil de encubrir, y ella, con sus ojos acuosos, exégesis asombrosa de algún oculto rito que estaría por descubrir, ¿ sería su cuerpo de aleluya ese rito, la clave de todo, o tal vez lo guardaría en la profundidad de su vida, en algún lugar de constantes amaneceres, un lugar de culto y no expuesto a las miradas de los hombres?.

Llegamos a la casa de Mariví, que a pesar de la presencia de dos niñas pequeñas, Melisa y Emma, estaba sumida en un sereno silencio. Los ojitos de Melisa se entornaban y parecían tuneladoras que con sus alas dentadas quisieran penetrar en el misterio que yo supuestamente albergaba. Ella se debía preguntar, como es que un poeta como yo, no había sido aún sacrificado en los templos del practicismo, el crecimiento económico y la devastación de los sentimientos más propiamente humanos, como podría sobrevivir en medio de un sistema títere del poder económico y de un medio social títere del poder de la nada. Como es que aún me mantenía en pie sobre el frío enlosado de su casa.

Lorena la miraba con una ternura inaprensible, y la niña la respondía con las palabras propias de una materia de luz, mostrándole sus muñecas, vistiéndolas con ropajes que levitan al mirarlos, le enseñaba las muñecas como queriendo convertirlas en pequeños avatares de su compañera de juegos en esos momentos.

Yo sabía que las niñas acudían a un colegio, situado a escasos metros de su casa, el C P León Felipe, una diminuta y avergonzada placa, se erigía como la única señal de que aquel colegio había sido bautizado con el nombre del poeta más silencioso, introspectivo, pero también el más rebelde y acallado por la dictadura franquista y sus asesinos.

Con el mayor de los sigilos le pregunté a Melisa si sabía quien había sido el tal León Felipe, ella balanceó la cabeza en sentido negativo, mirándome con asombro, con la perplejidad de la que siempre se ve imbuida la dimensión infantil.

Decidí relatar brevemente la biografía del poeta, hacerles ver, tanto a las niñas, como a Mariví y a Lorena, allí presentes, cuán grande había sido la figura de León Felipe para nuestras letras y nuestra reciente historia.

El 11 de abril de 1884, vio la luz en la pequeña localidad de Tábara en Zamora.

Su vida discurrió entre diversas localidades, Santander, donde paso gran parte de su infancia, Madrid, en la que llevó una vida bohemia acosado por las deudas y finalmente en Almonacid de Zurita, en la que regentó una farmacia.

En 1920 aparece su primer poemario titulado “ Versos y oraciones de caminante”, que se desarrolla en un tono de plegaria, admonitorio, de búsqueda y encuentro con su particular sentido de la religiosidad, de contemplación de la vida y de la muerte desde una pequeña ventana de la Alcarria.

A éste, le siguen libros como “ Drop a Star” o “ Ganarás la luz”, pero yo destacaría de entre todos ellos “ Español del éxodo y del llanto”. Su poesía, exódica por excelencia, es fascinante, llega a alcanzar inusuales profundidades de dolor, del exilio perpetuo vivido en Méjico, de la distancia inaccesible de la propia tierra, de la abisal ausencia de los elementos y de los seres más queridos, por esto mismo, se le llamará el poeta del exilio y del llanto, el llanto de todos los españoles que se vieron obligados a huir del pestilente fascismo que acosaba al país. Este sentimiento exódico se manifiesta muy claramente en el poema titulado “ El llanto es nuestro” :

Españoles:

El llanto es nuestro

Y la tragedia también,

Como el agua y el trueno de las nubes.

Se ha muerto un pueblo

Pero no se ha muerto el hombre.

Porque aún existe el llanto,

El hombre está aquí de pie,

De pie y con su congoja al hombro,

Con su congoja antigua, original y eterna,

Con su tesoro infinito

Para comprar el misterio del mundo,

El silencio de los dioses

Y el reino de la luz.

Al caer la noche y después de una larga conversación, abandonamos la casa de Mariví. Nuestras miradas se cruzaban con ímpetu, con la ansiedad propia de una amistad deseosa de ir a más, la amistad entre un hombre y una mujer puede llegar a generar una dosis letal de ternura, y ese, creo yo, era nuestro caso, en eso se fundamentaba el imperecedero cariño que tan unidos nos mantenía.

Mientras caminábamos agarrados de nuestros corazones, sonando su sangre delicada, las lágrimas me brotaban incontenibles y venían a mi memoria aquellos versos de León Felipe:

Toda la luz de la tierra

La verá un día el hombre

Por la ventana de una lágrima…..

Unos días más tarde, paseando errabundo a lo largo de los márgenes del Canal de Castilla, por el mismo lugar por el que en tantas ocasiones he transitado con ella, agitado por su calor corporal, por su amistad, siempre de la mano de un universo en expansión, pude observar como un manto de hojas del color amarillo de la larga soledad, alfombraban el camino por el que me interné, las ramas de los árboles desnudos se agitaban ante mi paso y me recordaron que un día tuve un sueño, revelado en éste último poema de L.F:

 

Es mi voz y tu voz, nuestra voz,

Nuestra voz aquí dentro,

Nuestra voz aquí abajo,

Nuestra voz ronca que retumba

Contra el cóncavo barro de este cántaro hueco,

Nuestra voz negra que golpea vencida

En la panza obscura del mundo,

En el viento ceniciento de todos los horizontes apagados.

 

 

 

 

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