En 1990, RNE creó el programa El ojo crítico, un programa diario dedicado a la cultura. Al mismo tiempo creó los premios anuales El ojo crítico de Teatro, Narrativa, Artes Plásticas, Cine, Música Clásica y Música Moderna. Son premios que reconocen y premian la labor de jóvenes creadores menores de 40 años. Desde 1997 concede el premio El ojo crítico de Poesía, que este año ha recaído en Fernando del Val, por su poemario Los años aurorales (Editorial Difácil, 2017), un poemario en el que, como él mismo ha confesado en el programa El ojo crítico, ha realizado un “tránsito del sentimiento al pensamiento”. Significa un tránsito de madurez poética y personal, porque, en él, Fernando del Val se desnuda, se abre en canal. Su lectura permite al lector percibir cómo la expresión de la hondura de los sentimientos asciende hasta la excelencia del arte.

Quienes hemos tenido el privilegio de ver crecer su pluma podemos decir que es la de un poeta que no dormita, como no dormitaba Homero -decía Horacio-, sino que construye la realidad con elementos que, precisamente por trascender la inmediatez de los sentidos, de lo aprendido y de lo dado por conocido, la eleva con un lenguaje propio que la ahonda y enriquece. Es lo que tiene escudriñar la vida con la sensibilidad y el lenguaje. La del poeta es una indagación provista de saber (de ciencia, decía Horacio), traducida en escritura con la paleta de quien dibuja con un lenguaje propio. El desnudarse del poeta y su vis poética desnudan una realidad, que intuíamos plural y rica, y que alcanza su verdadera complejidad cuando se revela en su sentido pleno a quien verdaderamente siente y es capaz de expresar los temblores íntimos que aquélla le produce. Es lo que nos regala la pluma de Fernando del Val.

La poesía fluye de la pluma de Fernando como el agua de las fuentes: con la naturalidad que imprime el pensar propio de lo natural. En su percepción de la realidad, las cosas adquieren vida y se enriquecen a través de una visión interactiva e intencional que las convierte en lo que son-para-mí, para-el-poeta-que-siente-y-escribe y para-el-lector. Su pluma convierte en poema cuanto toca: el sueño de un amanecer ideal como en Amanecer en Damasco, un rascacielos en Orfeo en Nueva York o un amor pretendido y perdido en Los años aurorales. Su prosa rezuma poesía: ahí quedan las columnas de El Mundo o sus entrevistas para la revista Turia, en cuyo número último (nº 124) acabo de leer cómo, en su presentación del compositor Javier Navarrete, dice que “el arte es capaz de meterse en la piel del relámpago” (p. 263) o que “cuando un artista da la espalda al salto mortal podemos decir que está muerto” (p. 264).

La poesía es una expresión artística, que nace de una complicidad aparentemente extraña que se produce cuando la sensibilidad y la racionalidad se encuentran y cooperan, y lo hacen sin medirse ambas, sin competir entre ellas, como si ambas fueran la misma fuerza que mueve al poeta -y al ser humano- a entender lo que acontece, más que desde lo otro, desde lo que acontece, desde él mismo. Ese conato que nos impulsa a la libertad, al conocimiento y la expresión, en el que se mezclan las emociones, los sentimientos, las esperanzas y los deseos con el análisis, la memoria y la racionalidad más pura constituye el cimiento de la poesía, la fuerza que eleva la visión de la realidad, la separa de la vulgaridad y de su supuesta objetividad e impulsa al ser humano a, convertida en algo-para-él-, elevarla a realidad-con-sentido-humano, a sublimarla. Esa realidad sublimada se siente más que se conoce, y solamente puede expresarse con palabras que venzan y superen las inercias de la propia lengua y vayan más allá de la pura gramática. La poesía exige la superación de lo pura y rigurosamente gramatical y llama a la puerta de la sensibilidad del lector. La belleza no existe en ninguna parte, ni la identidad, ni el ser; no son nada en sí mismos. La belleza existe cuando la representación de algo nos produce admiración, nos fascina y nos agrada hasta el extremo de llegar a representar la sabiduría, decía Platón. Está más en lo que proyectamos sobre la realidad que en ella misma. “Cerré el libro que hablaba / de esencias, de existencias, de sustancias, / […]. // Cerré el libro y abrióse / a mis ojos el mundo.” (Miguel de Unamuno)

Nos hemos acostumbrado a confundir al escritor con el novelista, a éste con quien tiene éxito en el mercado del libro, y a identificar al artista con el superventas y el famoso. ¡Y estamos completamente equivocados! Para nosotros, hace ya mucho tiempo que -lo denuncia Agamben, en El hombre sin contenido- “la obra de arte ya no es la aparición concreta de lo divino, que deja subyugado el ánimo por el éxtasis o por el terror sagrado […]”. La sociedad de consumo se ha encargado de retorcer los caminos de la creatividad para, simplificándolos, convertirlos en polvo volatinero útil para el negocio, aunque sea inútil para el conocimiento y el arte, porque no realiza ningún salto mortal, diría Fernando del Val. La literatura auténtica no nace de la búsqueda del éxito sino del conato irresistible que sentimos las personas por expresarnos, por entender lo que acontece, por entender y expresar cuantos rumores laten en nuestro interior. La obra de arte nace cuando a esa necesidad de comprensión y expresión se une la magia de la belleza con la que se expresan las tensiones que inundan el espacio de lo humano, y serán los pinceles, el buril, las notas musicales o las palabras los instrumentos que la traduzcan. La obra de arte, la literatura auténtica no se concibe para ser impresa, ni para ser vendida, ni para cumplir obligaciones contractuales, ni pensando en el éxito; no nace del oficio, aunque éste sea necesario: nace como el agua de una fuente, por necesidad imperiosa, humana y estética. Si, además, tiene reconocimiento y éxito…, perfecto.

En Los años aurorales, el amor es “la luz cicatriz”. “El mar existe por fuera / a distancia / igual que el amor”. El amor vive en “el tremolar amarillo de las hojas / en las ramas de tu pelo”. El amor, como la mirada, “ahogada en salitre” se entrelaza con el cosmos. “El tiempo de puntillas deja estelas de sal”. Darse cuenta de que la vida nos engaña: “todo es digresión / vamos camino de ninguna parte”. “Tristán sin Isolda / qué pinta qué”. “¿Quién aguó la poción dejándola sin efecto?”. “Pertenecemos a la ruina, a lo sumo a la obsolescencia”. En el amor, “tu herida sangra / cerca de mi destino”. “El amor es una chispa que nos mata sin querer: moriremos dentro de su estufa vieja”. El enamorado, en su amor perdido, “[…] sabe lo que es conquistar un continente”, aunque pide que le dejen “escuchar / el canto / dulce / del cisne”. El amor herido de ausencia, el desengañado, se hunde en la desmemoria que “barre las limaduras del amanecer” y “amontona pretéritos siempre imperfectos amargos como la vida”, y lo hace con “lágrimas endurecidas por el tiempo”, que no se sabe “de quién huye y de qué”. Para el amor perdido, “las alegaciones resuenan por los campos deshabitados”. De regreso, el desengañado encuentra su mesa como la dejó, con “un recorte de prensa sobre el / concierto de lou reed en salamanca / -qué más se necesita para ser-ˮ. “La vida postrera coincide con los años aurorales”. En todo caso, “debemos amar la vida más que el significado de la misma”.

No conozco tiempos felices para la poesía. Ha habido mecenas como aquel Gaius Maecenas del s. I a.n.e., sin cuyo patronazgo la humanidad y el arte se habrían perdido a Virgilio y a Horacio, pero no ha habido tiempos felices para la poesía, que ha persistido por la necesidad creativa y de expresión de los poetas, pero no porque le haya apetecido ni interesado a la sociedad en general. Hablar de poesía supone hoy, como ayer, colocar al “poeta en tiempo de miseria, en tiempo de mentira / y de infidelidad” (José Ángel Valente). En honor a la verdad, sin César Sanz, editor de Difácil, habría sido muy difícil disfrutar de la poesía de Fernando de Val y de tantos otros escritores.

Queda en manos de los lectores disfrutar del arte. Una lectura maravillosa, una obra, la de Fernando de Val, que permanecerá como un clásico del siglo XXI.

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