La placa que mañana se descubrirá en la fachada del Teatro Calderón en honor de Fernando Urdiales viene a hacer justicia frente a un acto de iniquidad y de perfidia que impidió hace ya siete años que la ciudad rindiera su merecido homenaje de cuerpo presente, sobre las tablas de nuestro vallisoletano teatro, a uno de sus hijos ilustres.

Fernando Urdiales (Valladolid 1951-Valladolid, 2010) fue un verdadero renovador del Teatro Clásico español a través de sus montajes del Teatro Corsario, paseando su hacer no sólo por territorio peninsular sino también por Europa y América. De que Fernando ha sido central en la renovación del Teatro Clásico español dan cuenta no sólo sus numerosos premios y los de los Corsario, sino también su posición de referencia y la creación de nuevos modos de “decir” lo clásico, a partir por ejemplo del anacronismo y el humor (así por ejemplo en Clásicos locos), o atreviéndose con textos insospechados que casi habían sido olvidados (como El Gran Teatro del Mundo o Asalto a una ciudad, en realidad, El asalto de Mastrique por el Príncipe de Parma, en versión de Alfonso Sastre). El ejemplo citado de Clásicos locos resulta revelador, pues el anacronismo era utilizado en el montaje para desenmascarar las evocaciones franquistas que un modo de entender “lo clásico” en la posguerra había sido utilizado con los textos de nuestro Teatro histórico para reforzar los valores más reaccionarios. Ese amaneramiento casposo y apolillado era hábilmente caricaturizado por él. Y no puede olvidarse que el Teatro Corsario sigue ahí, no como legado personal de Fernando, sino como herencia colectiva de un buen hacer teatral que permanece en el grupo.

Fueron por tanto razones sectarias de tipo estrictamente político, con las formas a las que nos tenía acostumbrados nuestro singular y vigoroso alcalde anterior, las que impidieron un homenaje que mañana tendrá su desagravio. Con todo, tampoco quiero olvidarme de los envidiosos. En agosto pasado, lo que debía haber sido un apacible café con un personaje del teatro de la ciudad, demasiado pagado de sí mismo, se convirtió en una retahíla de agravios sobre Urdiales y lo poco que le gustaban sus espectáculos, como si criticar a Fernando Urdiales le colocara al sujeto en cuestión en el pedestal de Talía, la musa teatral.

Frente a envidiosos y sectarios, hay que intentar colectivamente hacer de esta ciudad una ciudad más amable, mucho más generosa con los que han contribuido a su vida social y cultural. Incluso también con los envidiosos. El acto de mañana contribuye decisivamente, como un acto de estricta justicia con Fernando Urdiales y con el Teatro Corsario, en esa dirección.

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