Fotograma de la película 'En cuerpo y alma'.

Dos seres fracturados e incompletos que sólo consiguen vivir en sueños, pero de manera insatisfactoria. De manera recurrente, ambos sueñan con una pareja de ciervos en medio de un paisaje boscoso nevado, pero ignoran que el sueño es compartido, común a ambos. Pueden considerar, por separado, que ese sueño carece de sentido en sus vidas rutinarias y monocordes, pero esa falta de comprensión hacia lo que se sueña se transforma en interés recíproco, unido a lo inexplicable de lo que están viviendo, cuando se enteran, de manera fortuita y producto de un malentendido en la empresa para la que trabajan provocado por un interés sexual que centra la vida de las personas que les rodean, que no es que compartan el mismo sueño, sino que ambos son los protagonistas de lo que sueñan; el ciervo y la cierva que de manera natural comparten pasto, paseo, agua. En medio de un paisaje que funciona como reflejo de su interior, sobre todo el interior de María, personaje de aparente insensibilidad emocional, enfrentado al de Endre, quien por su parte ha optado por un encierro interior después de fracasos amorosos. A los dos, a la tara emocional les acompaña una tara física, a Endre una parálisis le ha inutilizado el brazo izquierdo, aunque quiera acariciar el brazo válido lo necesita para sujetarse, y a María la simple idea de tolerar el contacto físico le pone enferma. Ambos se han resignado a esa situación, pero ambos, en el fondo, querrían abandonarla.

EN CUERPO Y ALMA.

Hungría. 2017.

Título original: A teströl és a lélekröl.

Duración: 116 minutos.

Dirección y guión: Ildikó Enyedi.

Reparto: Morcsányi Géza, Alexandra Borbély, Ervin Nagy, Pál Mácsai.

Música: Adam Balasz.

Fotografía: Maté Herbai.

Montaje: Karoly Szalai.

La película transita desde lo onírico y surrealista al relato industrial, de la ensoñación romántica a un mundo sin sentimientos, del flechazo instantáneo a la crudeza del interior de un matadero, del fin de la esperanza al renacimiento del deseo vital con una simple llamada de teléfono en el último segundo. Es una historia de contrastes visuales donde Endre y María deambulan por el escenario como personajes fuera del tiempo y lugar que les ha tocado vivir, aparentemente su frialdad, sus silencios, sus miradas perdidas, su falta de empatía hacia los demás, parecería que favorece su situación como jefe financiero de la empresa y como directora inflexible del departamento de calidad, aunque esa apatía en la forma de enfrentarse a las relaciones humanas se debe más a las heridas anteriores que a su propia forma de ser. Incluso la película juega a ser distinta de sí misma una vez que los sueños de la pareja se revelan como algo común que les une, pero que refuerza su diferencia frente a los demás, porque igual que asistimos a dicha representación de los mitos anhelados de una vida en pareja, aunque esté muy alejada del mundo de lo real a través de los sueños, dejamos de compartir lo que se vive de noche cuando los protagonistas deciden explorar el mundo real e intentar compatibilizar sueño y vigilia, donde comienza un duro y estimulante periodo de aprendizaje en el que parece que pronto arrojan la toalla por su incapacidad de comunicación.

El mundo exterior con el que se relacionan ambos es limitado y agresivo para su naturaleza huidiza; lo sutil y asustadizo de sus miradas, que se cruzan en la distancia que separa una ventana de un patio sin llegar a reconocerse pero atrayendo el instinto animal del «macho» hacia la «hembra», no está preparado para enfrentarse a un mundo lleno de sobreentendidos, de lo soez y violento, de lo físico inmediato. El tiempo y la mirada se vuelven necesarios para unir a ambas personas sin artificios, por mucho que se estudie nada podrá sustituir la espontaneidad de la naturaleza humana aunque el último pensamiento no sea verbalizado, frente al éxito de lo tangible, aunque sea un éxito limitado a lo efímero, Endre y María buscan la permanencia de lo intangible mediante la solidez de lo cierto, algo que sólo pueden llegar a expresar ante una situación extrema de «ahora o nunca». Existen multitud de códigos, señales no visibles, que impedirían a ambos protagonistas acercarse si no fuera por compartir algo tan íntimo, e inexplicable, como una vida en común aunque sea en sueños, un mundo paralelo donde los dos se desprenden de su naturaleza humana, precisamente la que les coarta expresarse con libertad, como de la misma manera, surgen nuevos códigos a descubrir, atractivos pero vertiginosos, cuando los sueños se saben compartidos, obligándoles a intentar vencer la barrera de esos muros invisibles con los que se han protegido para evitar nuevos contactos humanos, sintiendo una empatía por los animales sacrificados en la fábrica que no sienten por sus compañeros de trabajo. Sentimientos atípicos que surgen de un manto inmaculado pero frío, afectos que parecen imposibles en un mundo hipertecnológico e insensible, atracciones que no admiten sustitutivos ni placebos reconstituyentes y sólo pueden completarse mediante aquello que las mentes de los dos no llegan a soñar, como si quisieran aplazar hasta el infinito, y real, el momento en el que ambos consigan tocarse y sentirse sin rechazo. Lo conseguirán o no, pero en ese camino extraño al tiempo que les ha tocado vivir, un rayo de sol sobre el cuerpo transmite algo más que el calor de la estrella, transmite el calor de un roce, de un beso, de una intimidad que hace tiempo ambos han perdido y dudan si recuperar. Enyedi hace de un cuento improbable una hermosa fábula sobre lo que el ser humano puede llegar a perderse en la sociedad industrializada e individualista del siglo XXI, todo ello con un ritmo moroso, lánguido, lleno de silencios que tan bien sienta a ambos personajes, alejados de cualquier vorágine, enclaustrados en sus refugios, apartados del dolor de cualquier sentimiento hasta que lo inevitable les acierta de lleno.

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