La Comisión Europea propuso el jueves 21 de diciembre un listado de derechos laborales mínimos que mejoren la transparencia y las condiciones laborales generales de los trabajadores con contratos precarios, es decir, según la Comisión, para quienes trabajan con contratos temporales y en el servicio doméstico. Algunos dirigentes políticos, como la señora Marianne Thyssen, Comisaria Europea de Empleo, Asuntos Sociales, Capacidades y Movilidad Laboral, se dan cuenta ahora de que la llamada “flexibilidad laboral” ha acarreado la precarización del empleo y, lo que es peor, la pérdida de derechos laborales, la degradación de los derechos humanos en el ámbito laboral y, por consiguiente, la degradación de la dignidad de las personas. La intención de la Comisión es suavizar las formas nuevas de desigualdad.

“No es poco”, dirán algunos; otros subrayarán que “la medida es buena, aunque llegue tarde”. Vivimos tiempos en los que los ciudadanos nos conformamos con poco: de esta pasividad se sirve el poder.

La clave del cambio está en que la Comisión matiza la “noción de trabajador”: “un trabajador -dice ahora la Comisión- es una persona que realiza servicios durante un periodo de tiempo determinado por y bajo la dirección de otra persona a cambio de una remuneración”. Han descubierto los océanos, porque esto es lo que el común de los mortales entiende en general por trabajador. Aún así, quedarán fuera del concepto de trabajador los autónomos y quienes trabajen menos de ocho horas al mes, los becarios; en román paladino, los trabajadores más precarios. Ya se sabe lo que le sucede al perro flaco…

El término “Noción” procede del latín “Notio”, un término introducido por Cicerón que significa, entre otras cosas: noción, idea que se forma, conocimiento, inteligencia, fuerza, significación de las palabras, etcétera. En la actualidad se utiliza con el significado de concepto, conocimiento o idea.

Como Cristóbal Colón, que creyó haber llegado a las Indias, cuando había arribado a la isla de Guanahaní, a la que bautizó como San Salvador, la Comisión ha descubierto la trascendencia de la “noción” de trabajador y ha decidido redefinirla ahora. Pero la Comisión no está ciega, porque sabe que el 53% de los trabajadores que se beneficiarán de esta nueva normativa tienen empleos temporales, ocasionales o trabajan de manera intermitente, el 22 % trabaja con contratos inferiores al mes de duración, el 15% trabajan menos de ocho horas semanales, el 5% lo hace en el servicio doméstico y el 3% corresponde a quienes trabajan a través de plataformas digitales o con remuneración de cupones de trabajo. Aun así, dejan a los más precarios fuera de los nuevos derechos laborales.

La Comisión quiere limitar los periodos de pruebas a seis meses a menos que haya causas “objetivas” que justifiquen un periodo mayor; que desaparezcan las cláusulas de exclusividad y competencia, para permitir que puedan trabajan para otras empresas -es el caso, por ejemplo, de los llamados contratos de “cero horas”-; que los trabajadores conozcan si estarán sujetos a un periodo de pruebas eventuales; cuándo se les puede pedir trabajar; si se les ofrece formación; la remuneración de las horas extraordinarias; la información sobre el tiempo de trabajo para quienes tengan horarios variables así como la institución de seguridad social en la que se abonan sus contribuciones. El ejecutivo europeo quiere que los trabajadores tengan esta información por escrito o en versión electrónica como muy tarde el primer día de trabajo. Asimismo, la Comisión quiere que los trabajadores tengan la posibilidad de reclamar un puesto de trabajo permanente o con condiciones mejores si alguno queda vacante en la empresa y que se cree una “Autoridad Administración” que garantice el cumplimiento de los requisitos de información y que exista una “presunción positiva” cuando falte información por escrito, en cuyo caso el trabajador “tiene más derechos de los que debería tener”. La sola lectura de los objetivos que persigue la Comisión permite darse cuenta de lo que sucede ahora mismo en el mercado de trabajo.

Cristóbal Colón realizó cuatro viajes al Nuevo Mundo, ¿cuántos ha realizado la Comisión Europea para percatarse de las consecuencias que han acarreado sus políticas laborales y económicas aplicadas en Europa y las impuestas por organismos tan poco democráticos y opacos como el G7, el G20, la O.C.D.E., el F.M.I. o el Banco Mundial? Ni siquiera en este viaje afronta las consecuencias de la precarización que sufren los trabajadores en Europa. Ni siquiera se propone romper la equivalencia entre trabajo y pobreza, mientras la legión de mileuristas crece y el trabajo precario está convirtiendo a los trabajadores en un ejército de pobres, que ya no ven el trabajo como la solución frente a la pobreza sino como una condena que lleva el peligro añadido de la marginación. Un ejército, el de los trabajadores pobres, que se encuentra solo y que no dejará de ser un granero potencial de adeptos y de votos para quienes sean capaces de ilusionarlos con sueños de mundos nuevos, aunque utópicos: ahí, a la vuelta de la esquina están los populismos y los extremos ultras de cualquier signo, todos ellos en alza. ¡Y la comisión y los gobiernos ciegos! Será porque carecemos de oftalmólogos…

Pero no se hagan ilusiones, porque lo que la Comisión ha hecho público por boca de la señora Thyssen, no es sino una propuesta que debe ser negociada y, en su caso, aprobada por la Eurocámara y el Consejo Europeo, es decir, por los gobiernos, y todos ellos ya han recibido las advertencias de la patronal europea Business Europe y de la Unión de Pequeñas y Medianas Empresas (UAMPE), que vaticinan un descenso de las contrataciones, si se aprueban estas medidas, que suponen, según estas organizaciones, “introducir por la puerta de atrás nuevos derechos sociales”.

Una recomendación, si vale, para quienes tengan que decidir sobre la propuesta de la Comisión: lean el primer libro de Las Confesiones de J.J. Rousseau, una buena lección sobre las consecuencias de la tiranía en el trabajo; den un repaso a la noción de trabajo, como origen de la riqueza que existe en la sociedad, en La riqueza de las naciones de Adam Smith y, por qué no, lean el capítulo de El Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels dedicado al trabajo asalariado. Y, puestos a desempolvar libros, lean Germinal de Emile Zola, Oliver Twist de Charles Dickens o Los Miserables de Victor Hugo. Y aquellos a quienes se le hayan trastocado sus seguridades que se aventuren con lectura de Mileuristas: cuerpo, alma y mente de la generación de los 1000 euros de Espido Freire y de El Capital en el Siglo XXI de Thomas Piketty.

 

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