De la celebración Literatura de los Inocentes y “como recuerdo a los que son humillados a diario” pretendo, quisiera, me gustaría, hacer una pequeña aportación al margen sobre lo que considero una parte de ese colectivo de “humillados a diario” que no es sino una forma como otra cualquiera de denominar también a las mujeres. ¡Vaya por Dios! Y sí, mujeres pero más concretamente a las que escriben o desde siempre han escrito apañando su libertad como si fuera un pañuelo escondido en su manga para cuando la urgencia se les haga insostenible.

Libertad para interrogar, provocar, concebir alternativas sobre la propia vida o la de los demás.

Libertad para jugar con la noción de que el día podría ser la noche y el amor, odio.

Libertad para ver que nada es demasiado sagrado que no se pueda transformar gracias a su imaginación.

Libertad para llamar a las cosas por su nombre o por otro diferente si les place. (Escribir es renombrar).

Libertad para amarse a sí misma. Libertad para imaginar.

Aunque claro está, sin perder nunca de vista (por más que intenten distraernos) un pequeño detalle: Para hacerse dueñas de estas libertades hay que revisar la tradición porque lo que es evidente es que el ser humano hembra que trata de cumplir las funciones hembras en la forma tradicional NO, y repito, NO-es-com-pa-ti-ble con las funciones subversivas de la imaginación.

Aunque claro, darse cuenta de esto, despertar a esa clase de conciencia no es como cruzar una frontera: un paso y… ya estás en otro país. No, aquí se necesitan muchos pasos y el primero de todos suele empezar con un grito de dolor antes de convertirse en furia. Furia necesaria antes de entrar – pero también después de haber entrado - en el mundo de la Literatura donde el colectivo de mujeres se ve claramente humillado un día sí y otro también.

Y en esas estamos:

Cuando nos llaman poetisas.

Y hablan de la Literatura de Mujeres (en vez de Literatura a secas),

O de Literatura Feminil y sus lectrices.

O de Literatura “Intimista” frente a la orgía de objetividad y valores universales recreados por los varones.

Y olvidan que el sacrificio y la furia que experimentan las mujeres no son intimistas, son reales y tienen un origen real en la vida real y “están incorporados dentro de la sociedad, en el lenguaje y en las estructuras del pensamiento” (Adrienne Rich) y nadie puede negarlos y tampoco mantenerlas ahí quietas, con el mismo fatalismo y el pesimismo profundo del que hacen gala algunos de sus compañeros escritores ante las posibilidades reales de un cambio sea en este campo, en la sociedad o, simplemente, en lo personal.

Pero que no se descuiden, una nueva generación de mujeres (poetas o no) ha empezado ya a trabajar sobre toda esa energía liberada moviéndose hacia lo que la filósofa feminista Mary Daly describe como “un espacio nuevo” conquistado en las cerriles fronteras del patriarcado. Un espacio libre del uso raído y familiar que se hace de las mujeres (y también de la naturaleza) como redentoras por un lado y arpías por el otro. Libre del odio y del sadismo falocéntrico. Y libre también de esa poesía que escriben los masculinos entrenados para simular que están hablando en nombre de los oprimidos cuando en realidad lo que hacen, como machos, es hablar de sí mismos como elementos activos y bien activos de un sistema bien asentado de opresión sexual.

Siempre han creído que el enemigo estaba fuera de ellos, que la lucha estaba en otra parte. Están equivocados. Pero lo que sí está pasando es que la energía creativa del patriarcado ya sea en la Literatura o también en otras Artes se está acabando y ahora nos toca a nosotras, las mujeres en general y las escritoras en particular, coger el relevo: tenemos mucho trabajo a la vista.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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