Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

Árida, dolorosa, claustrofóbica, hiriente, deshumanizada, fría, hermética, lacerante, penosa, sin salida, así es la primera película de Kantemir Balagov, así de incómodos y brutalmente agitados hemos de sentirnos asistiendo a una obra en la que la puesta en escena lo es todo, o casi. Desde esos planos iniciales, con un formato permanentemente cuadrado (formato 4:3) que ayuda a sentir esa falta de aire, de espacio, de libertad por el que moverse. Los personajes de Balagov apenas pueden disponer de movimientos libres en una región donde el territorio es inmenso, como el dolor, el daño, la ira y la violencia. La película empieza en un foso, y de ese foso para reparar automóviles apenas podremos salir si no es con una huida hacia no se sabe muy dónde. El foso en el que Ila ayuda a su padre en el taller es el lugar en el que la comunidad mayoritaria musulmana quiere que la minoritaria judía permanezca tras siglos de persecución que, la presunta civilización no ha eliminado, pero sí ha perfeccionado. Una ciudad que parece despoblada y arrasada, Nalchik, capital de la república rusa de Kabardino-Balkaria, en el Cáucaso norte, pero sólo en la apariencia del plano cercano a los edificios donde vive la comunidad judía, porque en los pocos planos donde el objetivo se abre y se sitúa en el espacio libre, se advierten otras estructuras, otras realidades, otros barrios alejados del abandono institucional hacia la minoría.

Rusia, 2017.

Título original: Tesnota.

Director: Kantemir Balagov.

Guión: Kantemir Balagov, Anton Yarush.

Compañías productoras: Example of Intonation – Alexander Sokurov’s Fund, Lenfilm.

Fotografía: Artem Emelianov.

Sonido: Andrey Nikitin.

Montaje: Kantemir Balagov.

Reparto: Darya Zhovner, Olga Dragunova, Artem Tsypin, Nazir Zhukov, Veniamin Kats.

Duración: 119 minutos

Da lo mismo que los musulmanes beban alcohol, escuchen música electrónica o rock, o que las nuevas generaciones judías intenten romper con las tradiciones de una comunidad mucho más cerrada e impermeable cuanto más perseguida se siente. Al final el odio que generan las religiones, los estereotipos de comportamiento, los tabúes hombres-mujeres, convierten en irrespirable la vida de unos y de otros, generando una ira interna que emponzoña las relaciones e impide una mínima libertad y elección de las decisiones a seguir, mucho peor si eres mujer, judía y joven. Ese viaje final de Nalchik a Voronezh, cerca de 1200 kms de distancia, no busca recuperar una libertad coartada en un medio hostil, sino permitir otro tipo de prisiones invisibles, las que la religión impone a sus individuos, haciendo que la familia de Ila consiga integrarse en una comunidad menos perseguida. “Demasiado cerca” acierta de principio a fín con su título, todo está demasiado cerca en esta película, demasiado cerca del espectador que siente la asfixia interior de cada uno de los personajes, todos cuestionados por su entorno más inmediato, todos sabiendo que su comportamiento es evaluado por el resto de su grupo, el judío en modernos ghettos sin puertas ni rejas pero con territorios delimitados de los que salir equivale a un peligro, los que no quieren pertenecer en exclusiva a una comunidad porque son directamente despreciados por todos, el que quiere disfrutar de la vida porque no estamos ante un mundo hecho para el placer.

Balagov habla de la violencia, y de la inutilidad secular de la misma, las relaciones entre todos los personajes se cimentan sobre un poso de irracionalidad y fanatismo que cualquiera se cree con derecho a imponer. El detonante de la historia comienza tras un abrazo entre hermanos (otra vez la falta de espacio, la absorción familiar que impide respirar) previo a una fiesta de compromiso para anunciar la boda del hijo de la familia (y hermano de la protagonista) para pasar a otra falta de espacio real pero que juega como símbolo, el secuestro de la pareja de novios por un grupo que nunca va a ser identificado aunque todo el mundo sabe quién es, un grupo que opera paraoficialmente, un grupo respecto del que resulta absurdo reclamar ayuda policial porque del secuestro y extorsión no sólo hace medio de vida, sino elemento disuasorio hacia las minorías étnicas o religiosas que se ven obligadas a abandonar la región para sobrevivir, favoreciendo, así, el poder e influencia de las mayorías. Balagov mezcla lo personal de un núcleo familiar desintegrado por la presión interna y externa con la realidad de una región sometida a los vaivenes de la violencia más cruel desde hace siglos. Para ello el director se sirve de la realidad. Si el modo de rodar, la imagen oscura y tenebrosa, el duro grano que alimenta lo que vemos ya son suficientes para otorgar verosimilitud al relato, la contemplación de un video grabado en la guerra de Chechenia (muy próxima a la zona donde se ambienta la historia) nos permite asumir cómo es, en realidad, la vida diaria de estas personas, cuáles son las reales amenazas que se ciernen sobre la población de ambas facciones enfrentadas. La tortura, el degollamiento, la amenaza verbalizada de una muerte a la que asistimos como espectadores sin capacidad de elección, desfila ante nosotros como ante el grupo de jóvenes que asiste al visionado, imágenes reales de una guerra donde el exterminio es la manera más fácil de solventar un problema que, de esta manera se perpetúa y se extiende. Las victimas del video son jóvenes soldados rusos a manos de combatientes chechenos, los que miran son cabardianos, pero en el fondo, parte de ellos sienten más simpatía por el verdugo que por la víctima porque saben que, llegado el caso de una invasión, estarían dispuestos a hacer lo mismo.

La imposible historia de Romeo y Julieta que libera un tanto la tensión étnica y religiosa de Ila no puede tener futuro. Como si sólo cupiera unir a los iguales, Ila y su novio Zalim (musulmán) comparten el rechazo a la violencia en una especie de tierra de nadie inaceptable para el resto, incluso el sexo entre ellos no es algo natural y deseado, sino una salida que se busca la joven para no ser obligada a casarse con el hijo del rabino local que asumiría el pago del rescate de los secuestrados a cambio de la joven. No siendo virgen no puede ser aceptada ya como esposa, la joven asume un “sacrificio” sangriento como respuesta a otra forma de violencia, la del propio grupo dispuesto a eliminar la libertad personal para mantener su identidad religiosa. Demasiado cerca de todo lo malo, marcharse de la ciudad no es huir, sino esperar un lugar donde, por lo menos, haya espacio. Un personaje sin espacio para respirar termina tomando conciencia de su soledad en medio del gentío que asiste a una fiesta “rave” con alcohol y música electrónica. El ritmo sincopado, la música estridente, el juego de luces de la actuación, que funcionan como si fueran luces estroboscópicas que hacen de Ila un ser que se mueve lentamente y nos difumina su perfil, termina por desembocar en la conciencia de la inutilidad de la rebeldía y la oposición en ese entorno. Rendirse un momento para continuar la lucha más adelante, aceptar un mal menor con tal de abandonar una casa que es una cárcel en medio de un desierto de sentimientos y solidaridad. Otro abrazo marca la despedida del hermano, un abrazo que, ahora sí, sabe a definitivo, buscando perder de vista la violencia cotidiana.

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