Acaban de cumplirse cuarenta años desde que mi madre me regaló un reloj de bolsillo. Era un reloj mecánico, al que había que darle cuerda todos los días y que no ha dejado de funcionar desde entonces. Tenía yo veintiocho años. Desde los diez, cuando mi padre me regaló un reloj de pulsera, mi madre había visto cómo guardaba este reloj en el bolsillo del pantalón. Nunca me agradó llevar nada atado a las muñecas, porque me obligaba a tener presente siempre la idea de la dependencia y, a mí como a cualquier otra persona, me gustaba sentirme libre de obstáculos, ser independiente hasta del tiempo. La expresión máxima de la libertad consistiría en el dominio sobre el tiempo y, como el devenir y, con él, el tiempo, están por encima de nuestra voluntad, el medio más a mano que tenía -pensaba por aquel entonces- consistía en alejarlo de la consciencia, pero sin perderlo de vista. Así pues, el bolsillo, la relojera, era un pequeño cofre en el que descansaba el incansable medidor del devenir, que invita siempre a percibir la vida de una manera mecánica y a vivirla al ritmo que marcan sus agujas.

“Que el discurrir de mi vida la determine yo”, pensaba o, más bien, sentía o quizá soñaba. Me gustaba aquel reloj mecánico, precisamente por la falta de exactitud que tenía frente a los relojes de tecnología de cuarzo, que ya existían entonces. La necesidad de ponerlo en hora cíclicamente invitaba a pensar -la ingenuidad también cuenta- que era yo mismo el que determinaba la rigurosidad de la hora, lo que parece que acerca a la sensación de libertad, porque es uno mismo el que decide la hora que marca el reloj. En la vida he conocido personas que han tenido todo tipo de gustos: hay quienes necesitan que el reloj marque la hora exacta, quienes lo llevan siempre adelantado y quienes prefieren llevarlo atrasado. Amo la puntualidad, pero prefiero que la exactitud con la que el reloj marque la hora la determine yo mismo, y es que sigo soñando con ser independiente respecto del tiempo, mejor dicho, de mi tiempo.

Me gustaría tener razón y que pudiera ser uno mismo quien determinara su propio tiempo, aquel del que es consciente uno mismo, el tiempo vivido -la duración, diría Bergson-, ese tiempo cuya medición no puede ser exacta, sino que depende de la propia vivencia: del que fluye con rapidez, por ejemplo, cuando tenemos prisa, o despacio en un ambiente calmado y tranquilo, y en ausencia de obligaciones inexcusables e inmediatas. ¿A quién no le gustaría no tener que responder a la medida rigurosa del tiempo, es decir, no depender de los demás? ¿A quién no le gustaría que el “yo superficial”, el que está en contacto con la realidad exterior a uno mismo, y de la que depende, se correspondiera con y dependiera del “yo profundo”, en el que la diversidad de lo que acumula nuestra conciencia fluye con una continuidad imparable y sin saltos? ¿A quién no le gustaría que el tiempo vivido y por vivir fuera decidido y producido por su propia determinación? Cuesta poco soñar y es fácil dejarse engañar por relatos que colocan la vida en nuestras manos, aunque carezcan de rigor. Cuesta pensar, y con frecuencia “hablamos más que pensamos” -decía Bergson-.

Cuando la palabra sobrevuela la realidad y ni siquiera trata de reflejarla, crea monstruos que pueden emocionar y que acaban produciendo consecuencias dolorosas. La conversión del relato propio en el subsuelo de la existencia y en el horizonte de la vida propia y de la sociedad genera monstruos como el dogmatismo, cuyas consecuencias hemos vivido en el siglo XX en forma de guerras, dictaduras y campos de exterminio, cuyos ejemplos, sean Auschwitz, Mathausen o Gulag, deberían habernos enseñado ya a vivir y concebir el tiempo como tiempo compartido y por compartir, como vida guiada y atemperada por el principio de convivencia -“porque debió crecer / para la luz, no para / la negación”, decía José Ángel Valente-. Los relatos inventados como los que cimientan y generan los nacionalismos, las falsedades y las mentiras atan mucho más que el tiempo que marca el reloj: alimentan un discurso crecientemente falso que distorsiona tanto la realidad que puede llegar a convertirla en algo irreconocible. Es la parte no sangrienta del monstruo; lo demás, la parte restante divide a la sociedad, enseña a rechazar al otro, al diferente, crea fronteras, aísla a los pueblos y menosprecia y rechaza la pluralidad. Convierte el tiempo vivido en tiempo irreconocible y hasta abominable.

A los objetos que duran mucho, a aquellos cuya obsolescencia parece no programada les ocurre como a Stefan Zweig, que en su corta vida conoció la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; “he visto nacer y expandirse ante mis ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”, escribía en su autobiografía, El mundo de ayer, publicada póstumamente en 1944.

Aquel reloj que nunca quise llevar en la muñeca, colocado en la relojera, quedó relegado a un plano secundario, pero el tiempo del que quise ser dueño nunca perdió su protagonismo y su capacidad rectora, cuyo contenido casi siempre se ha colocado por encima de mi propia voluntad. Así pues, el tiempo vivido, aquella duración de la que hablaba Bergson ha sobrepasado los límites de mi voluntad y ha convertido la libertad soñada en un espejismo, teñido una vez más de asechanzas superiores a mi propia capacidad de decisión. El reloj de bolsillo y lo que connotaba afortunadamente no ha dejado de ser más que un gesto, un sueño ingenuo sin una trascendencia notable ni reseñable y sin los riesgos que nos rodean ahora mismo. ¡Ojalá todo fuera tan fácil como elegir el tipo de reloj que nos gusta utilizar!

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