Sabía que el viernes 12 de enero sería la última vez que escucharía en vivo y en directo a Maria Joao Pires, una maga del piano. Hace tiempo que se había anunciado en los medios de información. Esta mujer físicamente menuda, pero grande como persona y como intérprete, hace tiempo que decidió retirarse de los escenarios, porque dice que hace ya tiempo que no disfruta en ellos. Era consciente de que su interpretación del concierto número 3 para piano y orquesta de Beethoven sería lo último que podríamos disfrutar en directo.

Maria Joao Pires.
Maria Joao Pires.

El viernes pasado el auditorio se quedó pequeño. Sin embargo, esas manos pequeñas pero increíblemente veloces, precisas y expresivas llenaron el espacio de arte, de arte verdadero. Lástima que la música sea un arte evanescente que solamente existe mientras se ejecuta. Sin embargo, me resultará imposible olvidar el colorido, la luz que el viernes pasado percibí que salía del Steinway & Sons en el que interpretó a Beethoven, y que está firmado por ella misma desde que en marzo de 2007 lo estrenara en el concierto inaugural del Auditorio Miguel Delibes. Un piano que tiene nombre: es “el María Joao Pires”, y que sonó tan claro y aterciopelado como el primer día o quizá mejor que aquel día, porque parecía que, como los vinos buenos, había madurado con el paso del tiempo.

Mujer rebelde y dulce, a la par que elegante y creativa, artista mágica y sensible que entiende como pocos el “lenguaje espiritual” que significa la música (lo dice ella), Maria Joao Pires se ha considerado a sí misma como una “outsider” desde la infancia. Se pasea por los escenarios con sencillez, con ropa de algodón, suelta y cómoda, ajena a cualquier tipo de moda. Es el ejemplo de la anti diva y de la artista verdadera, sublime, en la que se funde, en una síntesis perfecta, técnica, sensibilidad, capacidad interpretativa y expresiva, conocimiento y autenticidad. Los artistas verdaderos no necesitan exhibirse: su autenticidad se manifiesta en una actitud de sencillez, que permite a los artistas transmitir la verdad que encierran las partituras a través de sus propias emociones, y permite asimismo al espectador dejarse seducir por el misterio que encierra la música, sin perderse entre las bambalinas de las apariencias y del aparato de superficialidad que esconde la teatralidad con la que se manifiestan muchos intérpretes.

María Joao Pires extrae del piano matices casi imposibles, inverosímiles con unas manos pequeñas, aparentemente incapaces de pasearse por las 88 teclas del piano, pero rebosantes de sensibilidad y técnica, y es que, como decía Daniel Barenboim, el piano, como cualquier instrumento musical, no se toca con las manos sino con una cabeza que vaya de la mano de la sensibilidad y de la creatividad artística. La música es el arte más humano, porque toca de lleno el ámbito espiritual de las personas. “Sólo quien actúa con toda el alma no se equivoca nunca. No necesita de argucias, pues ninguna fuerza se le opone” (Hölderlin, Hiperión).

Somos muchos quienes nos sentimos incapaces de vivir sin el hechizo que produce la música, que pervierte y absorbe, sin la que la vida sería un error, una fatiga, un exilio (F. Nietzsche). La música representa la vida, la voluntad en sus distintos grados de objetivación; no es un ejercicio oculto de la aritmética -como decía Leibniz- sino un arte tan grande y magnífico que actúa poderosamente en lo más íntimo del ser humano precisamente porque no es una copia de las ideas sino de la voluntad misma, “cuya objetividad son también las ideas: por eso el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el de las demás artes, pues éstas sólo hablan de la sombra, ella del ser”, ya que representa no al fenómeno sino “sólo la esencia interior, el en sí de todo fenómeno, la voluntad misma” (Schopenhauer).

Maria Joao Pires extrae del piano música convertida en luz, un sonido que emociona desde la primera nota que ataca. Ha representado -y representa- a la artista auténtica, que entrega al público sin reservas las emociones que le producen las obras que interpreta. Más allá de la técnica necesaria para sentarse ante un piano, lo que caracteriza al artista verdadero es la conversión del conocimiento y de la técnica en emociones, en latidos interiores que dibujen la vida con emociones y sentimientos, porque “la obra musical está en el sonido” (M. Heidegger, Arte y poesía). Maria Joao Pires conmueve, seduce y cautiva con el sonido que extrae del piano. Es una artista que trabaja “sobre las espesuras de gritos que han quedado/ […] / sobre […] / la indiferencia de los pájaros que cantan / […]” (Juan Gil-Albert).

Los melómanos echaremos de menos a esta mujer rebelde, que se siente ciudadana de mundo, comprometida con él, capaz de exiliarse y de abandonar a la Deutsche Grammophon, con la que había grabado siempre y con la que había sido superventas, acusando a la poderosa empresa discográfica de colocar el mercado por encima de la calidad y de los propios músicos como personas, de servirse de una imagen de los artistas “completamente ajena a lo que debe ser un intérprete”. Echaremos de menos a una artista comprometida con la sociedad, que ha entregado buena parte de su vida a acercar la música a los más desfavorecidos mediante la creación de talleres artísticos en psiquiátricos, cárceles y en hospitales, coros para niños desfavorecidos y escuelas musicales para potenciar a los jóvenes.

María Joao Pires deja los escenarios para poder pensar y hacer lo que quiere. Nunca le gustaron los escenarios. No entiende la parte positiva que tiene el éxito, porque “somos seres sociales, no estrellas”. Sentimos ya su ausencia, aunque, tras casi setenta años como intérprete, tiene bien ganado el derecho a poder vivir tranquilamente, en paz, a inventar y ser útil a otra gente. Tiene todo el derecho del mundo a “sentirse en los anales de la vida / bajo la brisa rubia del espacio” (Juan Gil-Albert).

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