Hoy en día está muy extendida una manera agonal de entender la política, como la plasmación de un conflicto social latente que se dirime entre cosmovisiones antagónicas. Una inversión de la célebre máxima de Clausewitz, según la cual la política no es más que la continuación de la guerra por otras vías, donde la violencia física queda sublimada en formas de violencia simbólicas. El pacto, según esta forma de entender la política, no es el libre acuerdo entre pareces diversos que asumen el relativismo de fondo que preside cualquier controversia política, sino que, como en la guerra, es una tregua, un acuerdo de “alto el fuego” para redimensionar las propias fuerzas y para calibrar las del oponente.

Se trata de élites que pactan debido al agotamiento y a la imposibilidad de lograr una victoria contundente. En este gran cementerio de oligarquias que es la política entendida en sentido elitista, el pacto no es el resultado natural de la política sino su resultado frustrado. Élites que pactan porque no pueden erradicar a sus adversarios y que esperan un mejor momento para poder hacerlo. Partidos que han decidido aplazar sus diferencias “culturales” en aras de una concordia temporal que permita contentar, al menos temporalmente, a su intelectualidad orgánica, que es la que arenga a la “votancia” qué hacer con su voto cada cuatro años

La cultura es esa idea regulativa de la posmodernidad que sirve al político para repartir el botín de lo que queda sin asignar del presupuesto institucional. El mito de la cultura permite al político practicar el nepotismo y el despilfarro sin que el votante levante la voz y muestre su indignación ante el enésimo mangoneo de lo público. La cultura, ese concepto del que ni los antropólogos se ponen de acuerdo en qué es, lo justifica todo. Contratar a parientes, repartir subvenciones sin criterio alguno, dar trabajo a pseudo artistas varios y sobre todo le hace creer al político de pocas luces que es una especie de moderno Prometeo que reparte dones insustituibles para el normal desenvolvimiento de la sociedad.

Hay que hacer “culta” la ciudadanía, como si la cultura fuera algo que se puede otorgar por decreto previa asignación conveniente de fondos al cliente del político de turno. Esta visión de la cultura tiene poco o nada que ver con un sincero esfuerzo por elevar el nivel cultural de la ciudadanía y tiene mucho más que ver con el sentido etimológico de la palabra inculturación, que hace referencia a la integración del otro en el propio credo ideológico. Es una versión moderna del culto propio de la religión natural, el famoso “do ut des”, te doy para que me dés algo a cambio. Te doy “fiestas bañadas en kalimotxo” a cambio del sentido favorable de tu voto, te contrato como artista afín al régimen a cambio de que hagas proselitismo de mi causa entre los miembros de tu “clan”. Es el famoso panem et circenses, esa peyorativa locución latina que hace referencia a esa insidiosa condición gregaria del ser humano que le lleva a mercadear con su dignidad por un compensación crematística o por una zafia y banal forma de entretenimiento.

Frente a esta visión mercantilizada y degradada de la cultura, tan cara los políticos de cualquier signo ideológico, merece la pena recuperar la noción de cultura como reivindicación del humanismo, en la línea del pedagogo aleman del siglo XIX Niethammer o de Erich Froomm que hacía hincapié en la recuperación del concepto de hombre como sujeto autoconsciente, libre y responsable frente al espíritu gregario que preside la idea de cultura como mera domesticación de las masas según las conveniencias del poder de turno.

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