Estos hombres cambiaron el mundo, y todos nosotros podemos también. Pocos cambiarán por sí mismos el rumbo de la historia, pero cada uno de nosotros podemos esforzarnos en cambiar una pequeña parte de los acontecimientos, y la suma de todos estos actos será la historia que escriba esta generación.

Es en base a innumerables actos de valentía y esperanza como la historia humana queda escrita.

Robert Kennedy

 

Es más fácil para el mundo aceptar una simple mentira que una verdad compleja

Alexis de Tocqueville

 

 

Deseo dedicar estas humildes reflexiones a dos personas que siento muy cercanas, a una de ellas la conocí personalmente y a la otra no, pero no importa, a ambas las siento como próximas, contemplado de una manera misteriosa por ellas.

A Víctor Noir, periodista francés que fue asesinado en tiempos de la Comuna de París por un reaccionario de la familia Bonaparte. Y es que la necedad y la ignorancia siempre han sido homicidas.

A mamá, Pilar Carretero González, a la que tanto echo de menos, echo de menos el destello de cometa de sus ojos, de menos su empeño en la búsqueda de la verdad, de menos sus manos de mujer armenia, es decir, de mujer sufriente y traspasada de tanto amor en aquella su última mirada.


Son aproximadamente las dos y media de la tarde, y mientras me sirven un café, curioseo uno de esos suplementos de fin de semana con el que los periódicos suelen obsequiar a sus ya escasos lectores. En él aparece una fotografía que atrae mi atención de inmediato, en ella se puede apreciar la imagen de un hombre derruido, íntima y exteriormente, sus ojos de topo muerto reflejan un horror difícilmente calibrable, el vacío y la carcoma de la que están inyectados espantan y obligan a plantearse las últimas preguntas de la existencia.

Dos policías, ataviados con sombreros tejanos, le flanquean y custodian, sin mirarle, sin percibir apenas que entre sus manos tienen a un ser humano, a un hombre con idénticos sentimientos, angustias y necesidades que las suyas.

Hay que retroceder unas cuantas horas atrás, en la mañana del 22 de noviembre de 1963, una comitiva de varios vehículos acompañaban a la limusina descubierta en la que viajaban John F. Kennedy y su esposa por las calles de la ciudad tejana de Dallas.

Jhon F. Kennedy.
Jhon F. Kennedy.

El ambiente era demasiado hostil, la ultraderecha local llevaba días divulgando propaganda en contra de la visita presidencial y calificando al presidente como poco menos que un comunista camuflado de liberal.

Aquella mañana del 22 de noviembre, los cielos de Dallas se habían despejado como en un augurio luminoso, la amenaza de lluvia ya disipada, declaraba la promesa del entendimiento entre los hombres, entre las diversas facciones que habitaban el país, entre los eternos norte y sur de una América atribulada durante décadas por luchas intestinas, rabia generacional, batallas por los derechos civiles, grandes avenidas desangradas por la intolerancia de proclamas totalitarias, idealistas jeffersonianos contra rudos y toscos caudillos del sur que una vez describieran Willian Faulkner, Carson McCullers y tantos otros.

Eran las doce y media PM, y en esos momentos el agente especial Bill Geer gira el volante de la limusina presidencial, tomando una amplia curva hacia la izquierda para dejar la calle Houston y encarar la calle Elm. Al cabo de unos minutos, el convoy llega a la plaza Dealey, es en ese preciso instante, según testigos y según la versión de la Comisión Warren, cuando se efectúa el primero de los disparos procedente de la sexta planta del Texas School Book Depository, este disparo no consiguió hacer blanco al ser desviado por un árbol y herir levemente a un testigo.

El segundo disparo impactó en la espalda de J F K, saliendo por su garganta y alcanzando en cuestión de décimas de segundo el torso, la muñeca y el muslo del Gobernador de Texas Jhon B. Connally Jr, que viajaba en los asientos delanteros de la limusina.

La esotérica e increíble trayectoria que tuvo que seguir la bala para causar por sí sola todas esas heridas, le valió el sobrenombre de” bala mágica”.

Para los defensores de la teoría de la conspiración, todo esto se podría explicar con la posible existencia de más de un tirador, insinuando así, que el tirador apostado en la sexta planta del edificio del depósito de libros, Lee Harvey Oswald no actuó solo.

Posteriormente, varios testigos indicaron a la policía, haber sentido como desde la empalizada que cubría un montículo de césped, justo enfrente de la comitiva presidencial, procedían algunos de los disparos.

El tercer disparo alcanzó a Kennedy en la cabeza, causándole la herida responsable de su muerte y volándole literalmente uno de sus hemisferios cerebrales.

La teoría oficial aseguró que este tercer disparo, habría sido efectuado también desde el Texas School Depositary, sin embargo, en el video casero realizado por Abraham Zapruder se puede observar algo que parece contradecir esta versión.

En la grabación tomada a 18 fotogramas por segundo, se puede comprobar que entre los fotogramas 312 y 313 la cabeza del presidente se desplaza unos 5 cm hacia adelante, para inmediatamente después experimentar una violenta sacudida hacia atrás de más de 21 cm ( entre los fotogramas 313 y 321).

Esta sacudida es fácilmente explicable con la existencia de al menos un segundo francotirador que hubiera realizado un disparo frontal.

Un tiempo después, y en su informe de conclusiones, la Comisión Warren, declararía que los disparos que mataron al presidente e hirieron al gobernador Connally fueron efectuados desde la ventana del sexto piso en la esquina sudeste del Texas School Book Depository, y que éste actuó totalmente en solitario, armando un nido de francotirador, aún siendo un pésimo tirador, y haciendo tres disparos en 6 segundos, y lo más extraño, sin dejar una sola huella de nitrato en su mejilla.

Transcurridos unos segundos, bajó las escaleras del edificio y extrajo una bebida de la máquina de refrescos, antes de irse a casa, donde cogió algunas de sus pertenencias, atravesó la calle, disparó al policía J.D Tippit, entró en un cine y esperó estoicamente el momento de ser arrestado.

Una vez detenido, la policía de Dallas decide trasladar a Oswald a la cárcel del condado, el 24 de noviembre de 1963, mientras Oswald era conducido a través de los pasajes subterráneos de la comisaría, un hombre de complexión fuerte y rostro enmohecido se abrió paso violentamente entre la nube de periodistas y camarógrafos que asediaban a Oswald, asestándole un tiro en el estómago e hiriéndole de muerte. Este hombre, llamado Jack Ruby, era un conocido empresario y proxeneta propietario de clubs nocturnos y patética figura de cuarta de los más bajos fondos y del hampa estadounidense.

Pues bien, ante este cuadro émulo y competidor de las mismísimas pinturas de pesadilla de Lucian Freud, ante este descenso a la locura, plagado de personajes estrafalarios, de tiradores fantasmagóricos, de seres atormentados por su pasado, de entes de ideologías atravesadas por un orden perturbado, de castristas pero al mismo tiempo anticastristas, de pro-rusos y de furibundos anticomunistas, de Nikitas Kruchevs acobardados, de marines humillados, de mafiosos de baba colgante, de ingenuos y manipulados cuerpos policiales, de agentes de la KGB reclutados y desertados.

Ante todo esto, cabe hacerse muchas preguntas, ¿quién era realmente Oswald?, ¿por qué acabó convirtiéndose en el mayor cabeza de turco de toda la historia, muy a su pesar?, ¿cuáles fueron las motivaciones de esas fuerzas oscuras que formaban parte de la más que probable conspiración encargada de fraguar el magnicidio?

Como diría el fiscal Jim Garrison, cuanto mayores son las mentiras, si están bien disfrazadas, más las cree el pueblo.

Hace ya tiempo que albergo una creencia al respecto de este caso.

J F K se presentaba ante el público con la imagen de un joven vigoroso y un hombre de acción, pero la realidad nada tenía que ver con esa apariencia, durante su primer mandato como congresista le habían diagnosticado la enfermedad endocrina de Addison y posteriormente sufrió de hipertiroidismo, problemas de próstata, deficiencia suprarrenal, dolencias digestivas y dolor de espalda crónico. Su precaria salud le determinaba físicamente, espiritualmente, psicológicamente, el lo sabía y a causa de esto experimentó una metamorfosis interior, fue renunciando tímidamente a su anticomunismo de partida, adquirió una visión más global del mundo exterior, soñaba convertir su mandato presidencial en una forma, en una subespecie de corte artúrica, según su esposa Jackie, siempre manifestó un especial interés por la última frase que se pronuncia en el musical “ Camelot”: “ No dejes que caiga en el olvido que, por un fugaz momento, hubo un reino resplandeciente llamado Camelot”. Yo diría que se vio deslumbrado por un resplandor idealista, en ocasiones, el sufrimiento agudo provoca tales estados.

Es entonces cuando comenzó a incurrir en los pecados capitales que ni la C I A, ni el F B I, con un individuo tan siniestro como Hoover al frente, ni Giamcana, ni los lobbies de la industria armamentística, le perdonaron.

Para algunos oficiales de la comunidad militar y de los servicios de inteligencia, Kennedy era culpable de más de tres traiciones: era culpable de no apoyar lo suficiente la invasión de la bahía de Cochinos, de restarle poder a la C I A y despedir a sus cabezas visibles y de optar por una solución neutral en Laos, de firmar el tratado de restricción de pruebas nucleares, de los planes de retirada del Vietnam, de procurar el final de la Guerra Fría y de aceptar una solución negociada en la crisis de los misiles cubanos, además de trabajar activamente por una cada vez mayor integración racial y en pro de los derechos civiles de los afroamericanos.

Tras el asesinato de J F K, Lindon B. Jhonson, J. Edgar Hoover, la C I A, Sam Giamcana, entre otros actores, propiciaron el ascenso de un gobierno invisible en los Estados Unidos de América.

Desde entonces, un extraño desasosiego sobrevuela las cabezas y los corazones tanto de historiadores, como de sociólogos, politólogos y ciudadanos en general, y es que a partir de los magnicidios de J F K, como de Salvador Allende en Chile, se produjo un punto de inflexión en la historia, la política dejó de ser política, los gobiernos se convirtieron en meros manojos de peleles al servicio de oligarquías ocultas y de poderes en la sombra.

La sospecha cada vez más generalizada de que la democracia burguesa en una ficción, una mentira no piadosa, que no existe como tal democracia, que la libertad es un constructo delirante de la razón, que las naciones son artificios maniáticos y absurdos que llevaron a las dos guerras mundiales con un resultado de más de ochenta millones de muertos, se extendió en las últimas décadas de extremo a extremo del mundo, al menos entre esa parte de la sociedad que aún es pensante.

Lo único de lo que realmente tenemos fidedigna constancia, es que a día de hoy, las naciones no existen, las naciones actuales son las grandes corporaciones empresariales, los monopolios, los oligopolios, las multinacionales y las transnacionales globalizadoras, el “homo sapiens” se siente perdido, vulnerable, porque como dicen los voceros del poder económico, el mundo ha sido un negocio desde que el hombre salió arrastrándose del barro.

No pretendía ni mucho menos, hacer ninguna hagiografía de la vida y los hechos de J F K, únicamente tuve la intención de señalar que, incluso dentro del ámbito en el que vivió y se desenvolvió, con todas sus contradicciones, puede surgir, habitar y sobrevivir el más hermoso de los idealismos, lo más bello del espíritu humano.

La voluntad y el espíritu de los hombres están cargados de anhelos maravillosos, son capaces de transformar las más negras y crueles circunstancias en un espacio nuevo, rehumanizado.

Son las 20 h. de la tarde, y mis pensamientos están centrados en el hecho de que mañana tendré que reincorporarme a mi empleo, en el sector del telemarketing.

A lo largo de mi vida, jamás había sido testigo directo del ejercicio de una violencia tan cruel, brutal y descarnada sobre las personas, hasta que llegué a trabajar a ese sector.

Esas faltas de respeto hacia nosotros, esa despersonalización de los trabajadores, esos despechos y esos silencios, esas invectivas esquizoides de ciertos mandos contra nuestra integridad. Todo esto confundíame en tantas ocasiones haciéndome sentir inmerso en medio de una cualesquiera novelas de lumpen de Dickens.

A pesar de todo, a pesar de los magnicidios, a pesar de la explotación del hombre por el hombre en aras del simple beneficio, a pesar de la perversión del lenguaje para justificar el camino errático y equivocado de la Humanidad, a pesar de todo esto, no quiero dejarme arrastrar por la fácil tentación de concluir que todos vivimos bajo el paraguas de una vasta estructura de violencia.

Hace ya algún tiempo, una mano amiga me cogió del brazo y me susurró suavemente que la victoria en las grandes batallas no estriba tanto en las multitudes o en el número, sino en la fuerza que viene del interior.

Nada está perdido, todo absolutamente está por iniciar, por comenzar, por escribir. No creo en ninguno de esos determinismos históricos o materialistas que pretenden condenarnos al inmovilismo fatal.

Las personas somos fundamentalmente carne inquietada, sangre insubordinada, esquema y retrato de la utopía, estamos conformados y revelados con la materia indestructible de la utopía para que nada ni nadie nos pueda arrebatar la esperanza.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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