Mientras en España, las Humanidades y, en concreto, la Filosofía camina hacia la marginalidad en el currículo de Educación Secundaria y Bachillerato, en Silicon Valley, que asociamos con empresas donde trabajan ingenieros, desde hace ya un tiempo buscan y contratan a filósofos. Se dice que lo hacen porque plantean cuestiones incómodas que ayudan a reflexionar y a que las empresas mejoren, pero a nadie se le escapa que estas contrataciones tienen una finalidad mercantil. Los emprendedores de Silicon Valley entienden que plantearse las cuestiones adecuadas significa emprender el camino de la felicidad, aunque, cuando se refieren a ella, no definen en qué consiste. Universidades como la de Stanford promueven graduados en un programa llamado “Symbolic Systems”, dedicado al estudio de ámbitos filosóficos centrados en problemas tecnológicos. De hecho, han nacido incluso en España “Escuelas de Filosofía” fuera de la propia universidad, frecuentadas por ejecutivos que buscan completar su formación.

Muchos empresarios han “descubierto” el papel central que tiene la Filosofía en la vida personal y social y se han lanzado a contratar a filósofos como parte del personal de sus empresas. No está claro que les interese la metafísica o la gnoseología. No sería poco que, en los tiempos que corren, se hubieran percatado de la utilidad que tiene situarse frente a la realidad para analizarla, poder entenderla y, con ello, conocerla, conocernos a nosotros mismos y, en definitiva, saber vivir, porque todo ello conduce a vivir mejor. A empresas como IBM o Google les interesan los filósofos por su capacidad de razonamiento, porque son capaces de ver más allá de la circunstancia inmediata, de entender el mundo y proyectar su pensamiento hacia el futuro. En el fondo, reconocen que la Filosofía, en tanto que actitud cuestionadora de cuanto acontece, -como amor a las preguntas, a la curiosidad, al asombro, decía Emilio Lledó- es útil, si no necesaria, para vivir e incluso para la vida de las empresas, que necesitan traspasar los convencionalismos para mantenerse vivas. Esto sería digno de aplauso si los empresarios reconocieran el valor que la Filosofía tiene en sí misma y no se acercaran a ella por el valor añadido que puede aportar a su actividad mercantil y como instrumento para el mantenimiento del modelo de persona y sociedad que hace viables y lucrativas a sus empresas.

En una entrevista que hicieron a Zygmunt Bauman con motivo de la publicación de su ensayo titulado Extraños llamando a la puerta, en el que analiza el problema de los migrantes y refugiados, decía (El Mundo. 07/11/2016) que “en el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda. El reverso de la moneda es que, al ir a las tiendas para comprar felicidad, nos olvidamos de otras formas de ser felices como trabajar juntos, meditar o estudiar”. Y, ante la pregunta sobre cuál es la sociedad más parecida a una sociedad feliz, decía: “¡Ja! Me niego a contestar esa pregunta. Mi papel como pensador no es señalar qué es una sociedad feliz y qué leyes hay que aprobar para llegar a ese lugar, sino interpretar la sociedad, averiguar qué se esconde tras las reglas que cumplen sus ciudadanos, descubrir los acuerdos tácitos y los mecanismos automáticos que convierten las palabras en acciones concretas. En definitiva, ayudar a los ciudadanos a entender lo que ocurre para que tomen sus propias decisiones. Sí, entiendo que es difícil encontrar sentido a la vida, pero es menos difícil si sabes cómo funciona la realidad que si eres un ignorante”. Pero cuesta creer que las empresas contraten a filósofos para realizar una labor verdaderamente filosófica, cuando las empresas tienen como objetivo fundamental la rentabilidad económica.

En todo caso, llama la atención que, mientras las empresas tecnológicamente más punteras disponen de filósofos en sus plantillas, en el sistema educativo español la Filosofía, junto a las Humanidades, sea un área que roza la marginalidad, y que el parlamento y los responsables del Ministerio de Educación ignoren que la ciencia y la tecnología han nacido y crecido sobre el cimiento del pensamiento filosófico y que sin él nuestra civilización no sería la que es. Ortega y Gasset decía que la ciencia, el “admirable mito europeo” flota en mitología (¿Qué es filosofía? Lección III). El propio Zygmunt Bauman señalaba que, para construir una sociedad sana son necesarias cuatro condiciones: las tres que, según él, plantea el Papa Francisco, recuperar el arte del diálogo con personas que piensan de manera diferente a uno mismo, reconocer que la desigualdad está fuera de control en el ámbito económico y en el sentido de ofrecer a las personas un lugar digno en la sociedad y reconocer la importancia de la educación como medio para recuperar el diálogo y luchar contra la desigualdad y, una cuarta, el acceso universal a la educación. Si reconocemos como cierta o, al menos, como valiosa esta propuesta de Bauman, el problema es cómo construir una sociedad sana mientras damos la espalda, entre otras cosas, a la formación filosófica.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios