La tendencia iniciada en Silicon Valley se ha extendido ya a las empresas españolas, que buscan cada vez a más ejecutivos “abiertos de mente, con razonamiento lógico y capacidad de innovación” (Laura García Quismondo, de la empresa de selección de personal Michael Page). No se trata de que los contratados sean filósofos titulados sino de que, junto a otras cualidades, tengan actitudes filosóficas.

Pero el lugar que ocupan estos filósofos en las empresas se parece más a la de los antiguos sofistas (s. V a.n.e.) que a las de un filósofo, estrictamente hablando; aquéllos, particularmente los últimos, los de la segunda época, además de vender su conocimiento a precios muy altos, dominaban el arte de convencer y lo enseñaban a sus discípulos, que solían ser personas adineradas que pretendían hacer carrera política. En el caso de los filósofos contratados en Silicon Valley, dicen ellos mismos que ocupan puestos como “diseñadores de ética”, ayudan con sus reflexiones a entender la función, el valor y los riesgos que acompañan a las nuevas tecnologías, como “secuestradoras de la mente” (Tristan Harris). Como Peter Thiel, filósofo y fundador de Paypal, estos filósofos son conscientes de que “la Filosofía es cada vez más importante al estar alcanzando la tecnología aplicaciones muy disruptivas”. Sin embargo, este tipo de colaboración con la industria, se quiera o no, no deja de suponer una contribución a la permanencia, si no a la profundización, de un sistema que se ha impuesto no porque se considere necesario o valioso para las personas, sino útil para el mercado o, lo que es lo mismo, para el poder económico, que hasta ahora mismo ha despreciado las consecuencias que han generado y generan la implantación y generalización de las tecnologías de la comunicación, de la imagen o de la tecnificación financiera e industrial. Las tecnologías, en sus vertientes distintas, se han impuesto sin tener en cuenta las consecuencias que tienen en la salud de las personas y en su vida personal y familiar, en las relaciones laborales, en las relaciones entre las empresas y los ciudadanos, en el ejercicio del poder político, cultural, social o económico, en su repercusión sobre los derechos y libertades personales y sociales y en el sistema democrático. Se han impuesto sin que, al mismo tiempo, se hayan establecido límites para su implantación y uso, y se hayan establecido sistemas efectivos de control democrático por parte de los Estados y de la sociedad, que se han visto superados por unos hechos que tienen una dimensión universal y empequeñecen su poder y el de los ciudadanos, si es que con frecuencia no lo anulan precisamente porque lo superan.

Algunos, avezados en la vida comercial, en lugar de llamarse “diseñadores de ética” se autodenominan “filósofos comerciales”. Será quizá porque, como sucedía con los sofistas de la segunda época, su relativismo y su escepticismo es tal que ya no tiene valor alguno el conocimiento ni la búsqueda de la verdad y conceden a la retórica la importancia máxima, al mismo tiempo que la conciben como el arte de hablar con la eficacia suficiente para deleitar, persuadir y conmover a los demás, en definitiva, como el arte de convencer a cualquiera de cualquier cosa, que es lo mismo que dominar el arte de engañar, y para convertir el conocimiento en instrumento de poder, de dominio sobre los demás, sean empresas, grupos sociales o ciudadanos.

Sorprende que sucedan estos hechos, que suponen la devaluación del concepto de Filosofía, y no surjan por doquier voces autorizadas que se opongan a ellos. No es aceptable, filosóficamente hablando, que se hable de “diseñador de ética” ni de “filósofo comercial”, porque la degradación de la realidad también se lleva a cabo a través de la degradación del propio lenguaje y, con estas denominaciones, se degrada la realidad, la Filosofía, como ámbito de conocimiento y como actitud ante la realidad, y se degrada el propio lenguaje, desvirtuando el significado de las propias palabras, en este caso de términos como “ética” y “filósofo”. Es lo que tiene vivir en un tiempo caracterizado por la mediocridad, en el que campan a sus anchas los listillos.

Filosofía, necesaria pero marginada (I)

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